Los austriacos y el francés (el idioma, o sea)

Un hombre francés23 de Abril.- Hoy empiezo confesándoles a mis lectores un secreto. Yo sé que, dado lo prolífico que soy con el teclado, muchas de las gentes que me leen me tienen mitificado. Piensan, como mismamente mi santa madre, que esto es como abrir un grifo. Uno va, se sienta, y hala. Pero no: la mayoría de los días es así (Gracias a Dios) sin embargo hay días (pocos, es cierto), como hoy, en que uno llega a las diez y cinco de la noche y no se le ha ocurrido nada.

Estos días de sequía quizá se deban, también, a que lo de escribir un post diario, en mi caso, tiene mucho de acto ritual. Me levanto, me tomo mi café, me voy andando camino del metro, luego cojo un periódico, lo hojeo (también lo ojeo) y,en un momento dado, hay un pequeño detalle, una noticia, algo que me llama la atención. Empiezo a tirar del hilo y ¡zasca! En un cuarto de hora sale el folio diario.

En estos momentos, sin embargo, estoy de vacaciones. Mis padres están visitándome y, la verdad, entre ponernos al día de lo que nos ha pasado y enseñarles la ciudad, es que no me ha dado tiempo a sentarme ni a meditar.

Sin embargo, para eso están la amistad ¡Qué sería de un hombre sin sus amigos!

Estaba yo devanándome los sesos para ver de qué escribiría hoy, cuando me ha llamado mi amigo J., para preguntarme qué tal habían llegado mis padres. Después de contarle las novedades, le he explicado mi problemática (o sea, esto de que hoy no se me ocurría nada) y él me ha dado un tema. Uno que, además, viene que ni pintado hoy, que es el día del libro y parece que se impone hablar de algo relacionado con el idioma. O sea, y antes de que se me olvide ¡Gracias, J.!

Cuando uno coge los periódicos vieneses –cuanto más zarrapastrosos peor, o sea, los gratuitos- llama la atención la cantidad de anglicismos crudos que, por molar, meten los redactores en los contextos más inhóspitos. Una cosa que, a los que a fuerza de querer integrarnos nos hemos convertido en talibanes de la pureza lingüística, nos pone de los nervios.

Así, por ejemplo, en el Österreich –gran periódico- o en el Heute, no existen ya lugares, sino “locations” y la gente no canta canciones, sino “Songs”. Una ordinariez, o sea. No siempre fue así, sin embargo y, a pesar de la secular enemistad que unió (bueno, más bien separó) a las dos naciones, a partir de 1809, justo después de que Napoleón les tirara a los austriacos sendos zambombazos e invadiera el país, el alemán fue llenándose crecientemente de términos importados de la feliz Francia los cuales, andando el tiempo, se han quedado en el idioma (particularmente en la versión austriaca del alemán) dándole una pátina estilo imperio que, si bien un poco demodé entre la juventú yeyé que puebla las discotecas, sigue fuertemente enraizada.

El francés penetró primero por la aristocracia funcionarial y luego, por imitación (igualito que el inglés haría ciento cincuenta años más tarde) bajó hasta extenderse por toda la escala social. Una de las cosas más graciosas es que el francés sirvió, sobre todo, para elaborar eufemismos algo cursis. Así, el Babylon, el puticlub con las pupilas más finas de Viena es un etablissement. Cuando, después de haberse pimplado unos cuantos vinetes, los vieneses tienen una urgencia, acuden a desaguar al pissoir. Por supuesto, sacan los dineros para pagar de un portamonnaie, se dan un baño de pies llenando de agua calentita un lavoir. Pies que, por supuesto, se han cansado a base de caminar por las aceras (trottoirs). Si les pones en un brete, les pondrás en la bredouille y, si el que está en un aprieto vive en el entresuelo vivirá, en alemán, en la mezzanin. Si le gusta la ópera (o el fúmbol) se comprará un Abonnement y, si se emborracha para olvidarse de lo mal que le ha salido un slalom, es muy probable que lo haga en una Aprés Ski Party (pronunciado, por cierto, “apreshí”).

En fin, una larga lista que, aquellos de mis lectores interesados, podrán consultar en este enlace.

(¡Qué contento se queda uno cuando termina un post!). En fin: mañana, más.

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