Viena, capital de la diplomacia

uno city viena27 de Agosto.- Cuando yo era chico, Julia Otero tenía un programa buenísimo en la tele, del que sin duda algunos de mis lectores se acordarán. Era aquel 3×4 que impuso un peinado entre las señoras (esa media melenita peliteñida de la Otero, con la parte de arriba un poco de punta: ochentero,pero dentro de un orden).

Un niño que parecía del Opus

Un día, en ese programa, Julia entrevistó a un diplomático y, a partir de ahí, fascinado, quise serlo yo. Me acuerdo que me preguntaban mis profesores:

Francisco Javier –entonces nadie me llamaba Paco- y tú ¿Qué quieres ser de mayor?

Y yo, modosito pero firme,contestaba:

Diplomático.

Y ellos decían:

Joé con este niño, parece del Opus.

Luego, corrió el tiempo, y el conocimiento de lo que es la vida me impuso cierta sensatez y, teniendo en cuenta mis orígenes humildes, renuncié a mi pretensión.

Viviendo en Viena, sin embargo, es inevitable enfrentarse a la existencia de lo que podríamos llamar “el hecho diplomático”.

En esta capital que el Danubio riega (e inunda de vez en cuando) tienen su sede incontables organismos internacionales (la ONU y las agencias que le cuelgan, la OPEP) por no hablar de muchas más embajadas de las que una ciudad de su tamaño puede digerir (de España, por ejemplo, hay tres legaciones). Es inevitable, en algún momento, coincidir con personas que ejercen de representantes de sus países y, tratándoles, dejar de envidiarles un poquito.

El diplomático: ese ser

Las siguientes apreciaciones se basan en percepciones totalmente subjetivas y espero que, si hay algún diplomático entre mis lectores, no se me ofenda.

Todos los diplomáticos que he tratado me han parecido, en general, personas con un punto melancólico que trataban de disimular con todos los medios a su alcance. Y siempre he tenido la sensación, particularmente entre los de más edad, de que estaban aquejados de cierta deformación profesional que les llevaba a estar hablando contigo pero, al mismo tiempo, estar pensando en otra cosa que les tenía siempre al borde del suspiro.

En el curso de mis conversaciones con ellos han salido inevitablemente los motivos. Son personas que, por lo general, saben que sus jefes (La Nación a la que representan, así con mayúsculas) les va a mandar a trabajar muy lejos de su casa, pero saben también que, probablemente, antes de aprender a amar el país de destino o, simplemente, de empaparse de la idiosincrasia local, se van a tener que ir.

Esto de haber llegado para irse condiciona mucho determinados aspectos de la vida que contribuyen decisivamente a la felicidad de una persona. Por ejemplo, encontrar una pareja. No es fácil en estos tiempos encontrar a una persona que se sacrifique por ti hasta el punto de renunciar a cualquier esperanza de vida profesional normal, que tenga hijos y le mole la idea de educarlos hoy en Lisboa, mañana en Quatar y pasado en Filipinas.

Los diplomáticos suelen ser gentes pues, casi necesariamente desarraigadas.

Es quizá por esto que, en la vida diplomática y en las agencias internacionales de la ONU abunden los homosexuales. Por dos motivos: muchos gays que pueden permitirselo abrazan la carrera diplomática para huir de países con legislación homófoba o sociedades asfixiantes (hay que tener en cuenta lo que decíamos al principio, que la mayoría de los diplomáticos proceden de las capas altas de las sociedades de sus países y esas clases dirigentes, en muchos sitios, no se distinguen precisamente por ser tolerantes); la carrera diplomática representa un pretexto perfecto para llevar una vida anónima y suficientemente discreta, lejos de miradas impertinentes, y con la ventaja de que la familia puede presumir de tener un hijo que está sirviendo en el exterior (y que no encuentra novia por no haber conocido a la mujer adecuada). Por otro lado, los gays suelen ir por la vida más ligeros de equipaje (sin hijos, por ejemplo) y las relaciones suelen ser más volátiles que en la parte heterosexual del universo.

¿Vida anónima? ¡Que te crees tú eso!

Aunque esto de la vida discreta y anónima, por lo que yo tengo visto, en realidad es otra trampa. Los universos organizados alrededor de entornos concentracionarios (y una embajada lo es) son lo menos anónimo que existe. Todo el mundo se conoce, todo el mundo cotillea a propósito de todo el mundo y, por lo tanto, todo el mundo vive aterrorizado por el qué dirán y el esfuerzo que se emplea en esconder los detalles menos presentables de la vida privada debe de ser absolutamente matador.

En muchos sentidos, además, la labor normal de muchos diplomáticos se centra en aspectos que solo son valorados y reconocidos por otros diplomáticos y que se alejan mucho de los trabajos que tenemos las personas normales, lo cual refuerza, a mi entender, la percepción de vivir en una burbuja que tienen muchos de los que se dedican a esto.

Por no hablar de que, casi sin excepción, tienen que luchar contra esa percepción, sin duda falsa, de que lo que hacen es “inútil” (con todas las comillas del mundo). Las personas normales tendemos a creer (sin duda desacertadísimamente) que, por ejemplo, en el ámbito de la Unión Europea, las embajadas están todo lo sobredimensionadas que se puede y un poquito más y que, con una oficina en la que se pudiera renovar el pasaporte y realizar ciertos trámites burocráticos inevitables íbamos todos que nos matábamos (¡Pero qué vamos a saber los profanos! Además, tampoco es cosa de mandar a nadie al paro).

Y luego que, señora, nunca se sabe cuándo se va a presentar Evo para tomarse un café.

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2 comentarios en «Viena, capital de la diplomacia»

  • el agosto 27, 2013 a las 8:47 pm
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    Hablas de diplomaticos. Si hablases de cientificos tendrias solo tendrias que añadir el hecho de que cobran menos, que no vienen de familias bien, y que no “son enviados” a otro sitio, sino que se lo tienen que buscar ellos por su cuenta. Solo una ventaja..al no ser de familia bien, es mas facil ser gay.

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  • el agosto 28, 2013 a las 12:25 am
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    Hasta con un título que dice “no lo abras, que este post es aburrido” me parto! Ja ja…

    Respuesta

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