Doña Juana ¿La loca? (V)

Grafiti renacentista en Eggenburg¡Madre mía! Hace más de quince días que tengo colgada la serie sobre Juana la Loca. Aquí sigue. Para ponerte un poco al día, puedes pinchar aquí, en el último capítulo.

28 de Septiembre.- El 10 de Enero de 1506, la archiduquesa Juana, acompañada de Philip the beautiful, emprendió el viaje en barco hacia Castilla desde Flandes. Al pasar por el Canal de la Mancha, sin embargo, la flota estuvo a punto de tener un disgusto. Se desató una tormenta que casi da con la flamante reina de Castilla y su santo en el fondo de los mares. Por suerte, la pericia de los marineros evitó la tragedia y los Reyes de Castilla encontraron refugio en la bonita localidad inglesa (marco-incomparable-de-belleza-sin-igual) de Portland, en donde la armada tuvo que permanecer durante tres meses a la espera de que las condiciones del mar permitieran proseguir la travesía.

Los aprovechó bien doña Juana, porque pudo tomarse un par de chatos de vinete con su hermana Catalina (esto fue antes de que Enrique VIII Tudor, de los Tudor de toda la vida, le cortase la cabeza a la pobre mujer). Hacía diez años que no se veían y seguro que tuvieron mucho de qué hablar ya que a ambas Dios (y sus señores Padres, los Reyes Católicos) les habían dado sendos maridos puteros y amigos de triscar en corral ajeno.

Felipe el Hermoso declara a El Mundo de Castilla: “Mi suegro me tiene manía”

Los archiduques Juana y Felipe zarparon otra vez en abril de 1506, ya calmado el piélago y, en vez de poner rumbo a Laredo, en donde Fernando el Católico les esperaba con intenciones sospechosas –aquel hombre no dejaba de maquinar- pusieron proa hacia La Coruña. Y es que Felipe el Hermoso, que apenas podía cerrar las quijadas pero no tenía un pelo de tonto, no se fiaba de su suegro ni tanto así, y quería ganar tiempo para reunirse con los nobles castellanos a fin de presentar con ellos un frente compacto antes de echarle la vista encima al rey de Aragón que, además de católico, ya era viudo por aquellos entonces (y buscaba desesperadamente una esposa nueva).

Mucho les prometería (igual una relaxing cup of café con leche en la Plaza Mayor que entonces no existía) porque los nobles, que ya se sabe cómo son, le garantizaron su apoyo y Fernando el Católico, previa firma de un tratado, la Concordia de Villafáfila (lugarejo de apenas 600 habitantes sito en la provincia de Zamora) se retiró a Aragón eso sí, una vez se agenció compensaciones económicas por lo que dejaba atrás.

Las cortes de Aragón coronaron a Felipe rey de Castilla bajo el nombre de Felipe I en junio de 1506.

En septiembre de ese año, día 25, Felipe el Hermoso la espichó (angelico). La versión oficial fue que, después de un juego de pelota, el Rey, sediento, le echó un buen trago a una botija llena de agua fría, sufrío un corte de digestión y, sintiéndose morir, dispuso que su corazón fuese enviado a Bruselas (¿En salazón? ¿Ahumado? Porque entonces estaba la cosa mal para conservar las carnes) y el resto de su cuerpo se enterrase en Granada.

La versión oficiosa fue que el rey de Castilla había sido envenenado, quizá por algún agente de su suegro Fernando el Católico el cual, como siempre, andaba corto de efectivo y largo de hambre de poder y que, además, necesitaba las riquezas del Reino de Castilla.

Fernando el Católico declara a El País de Aragón: “Lo de mi yerno ha sido una pérdida terrible, pero hay que aceptar la voluntad divina ¿No? Pues eso”

La viuda, Juana, estaba, para no variar, embarazada de la hija póstuma de Felipe el Hermoso.

La reina viuda de Castilla, con el rey de cuerpo presente, decide llevarse el cadáver de Burgos y transportarlo hasta Granada, siempre de noche y acompañada por un nutrido séquito de personas que, al principio, simpatizaron con el dolor de su pérdida, pero que luego empezaron a hacer correr por ahí la especie de que la reina estaba para que la atasen. Hay que tener en cuenta también que en aquella época la gente se moría con más frecuencia que ahora (o sea, más jóvenes) y que la muerte tenía entonces mucha menos importancia y la gente la veía con mucho más estoicismo. No en vano uno de los tópicos de la piedad medieval es la danza macabra. O sea, que los nobles no veían por qué la reina montaba semejante número solo por haberse quedado viuda. Por otro lado, a los nobles les apetecía seguir su vida (o sea, con sus derechos de pernada, sus feudalismos y sus ejecuciones y tal) y no el coñazo de tener que viajar con una señora que no se separaba del féretro (lógicamente ya aromático) de su señor esposo y que insistía en viajar siempre de noche.

El 14 de Enero de 1507, en Torquemada (Valencia) la reina, desentendida de los asuntos del Gobierno, cercada por una turba de nobles insidiosos, cada vez con menos apoyos, da a luz a su hija Catalina.

Los nobles castellanos no dejan de malmeter y la situación se deteriora hasta que, en 1509, el cardenal Cisneros llama a Fernando el Católico (el cual, en su forzado retiro aragonés, debió de poner la cara que ponen las mises cuando les notifican que han resultado vencedoras del concurso “¿Yo? ¿De verdad? ¡No me lo merezco!”). Frotándose las manos, el católico monarca encerró a su hija en Tordesillas (es fácil imaginarlo diciendo con cara de circunstancias “la pobre, está como un cencerro, no puede gobernar”) y la dejó en manos de un matrimonio que trató a la reina y a su hija pequeña a patadas, los marqueses de Denia.

La jugada estaba clara: Fernando el Católico dejaba a su hija fuera de combate e impedía que se formara un partido que intentase restituirla al trono si adoptaba medidas impopulares. Parecía que la carrera política de Juana estaba acabada. Pero solo lo parecía, como veremos en el próximo capítulo de esta repidante historia.

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