Doña Juana ¿La loca? (IV)

cariátideOtro capítulo de la apasionante historia de esta pobre mujer con quien todo el mundo hizo lo que quiso. El anterior, para que no nos perdamos, aquí.

6 de Septiembre.- En 1500, murió el único descendiente varón de la hija mayor de los Reyes Católicos, el infante don Miguel y el Reino de Castilla se quedó sin sucesión válida en el caso, cada vez más previsible, de que Isabel de Castilla cascase (la pobre).

Isabel y Fernando decidieron que, con objeto de preparar la sucesión, había que llamar a la siguiente en la lista, que no era otra que nuestra Juana, la cual estaba en los Países Bajos ocupada en dos tareas fundamentales: parir churumbeles (había dado ya tres hijos al catacaldos de Felipe el Hermoso) y consumirse de celos (a medias reales, supongo, y a medias imaginarios, fruto de una forma de ser más bien neurótica).

Con quién vas a estar tú mejor que con tu madre

Obedientes, Felipe el Hermoso y Juana  liaron el petate y, partiendo de Bruselas, tardaron seis meses seis (¡Medio año!) en llegar a Toledo. En mayo de 1502, una vez les dio tiempo de darse una ducha y eso, para quitarse el polvo del camino, los archiduques juraron como herederos al trono de Castilla.

Hecho lo cual, Felipe el Hermoso se volvió a Flandes con sus tres hijos, porque los asuntos de estado le reclamaban. Juana se quedó en Castilla bastante triste (devorada sin duda por el pensamiento de los jardines que estaría regando Felipe mientras estaba de Rodríguez en Flandes).

Aunque hubiera querido, no hubiera podido salir de viaje de todas formas, porque la archiduquesa Juana (para ti, princesa heredera Juana, perdona, bonito) estaba embarazadísima de su hijo Fernando.

-¡Con quién vas a parir tú mejor que con tu madre! –dijo la reina católica y claro, la princesa, pues tuvo que quedarse en Castilla hasta el alumbramiento.

A los minutos diez de haber terminado de dar a luz, Juana ya le estaba pidiendo a su madre volverse a Flandes para estar con Felipe el hermoso, pero la reina Isabel no estaba muy por la labor y le dio largas a su hija. Juana, cabezota como era, siguió insistiendo. La reina volvió a hablar y, hablando, demostró un cariño maternal que sin duda tiene pocos parangones en la Historia:

-Jamía ¿Cómo te vas a ir a Flandes con los caminos como están? ¿Se te ha olvidado que estamos en guerra con Francia?

-Que no, mama, pero yo quiero estar con mi Felipín.

-Anda, anda, ponte a bordar un poco. O a rezar, que estás hecha una roja de no te menées. Como sigas así, te desheredo,

-¡Pero mama!

-¡Ni mama ni mamo, hombre, coñioyá! Se ha terminado el tema este ¡Fonseca! –por el arzobismo del mismo nombre.

Apareció, genuflexo, el arzobispo.

-Señora.

-¡Que se lleven a la pánfila de mi niña al castillo de La Mota! La metes allí presa y te tragas la llave! ¿Estamos?

Al final, sin embargo, Juana se salió con la suya e Isabel le dio permiso para que se fuese a Flandes por mar.

El rey Fernando mueve ficha

La Reina Católica murió en 1504 y, aunque Isabel había cumplido su promesa de desheredar a su hija por no querer ir a misa ni confesarse, Fernando el Católico (maestro de la realpolitik) debió de pensar que Juana sería una reina fácil de manejar y que, el Habsburgo, al que se le entendía poco y mal, de todas maneras debía de ser medio panoli, como todos los guiris, con lo cual, el Rey católico traspapeló el testamento de su difunta y proclamó a su hija Reina de Castilla y, mientras se resolvía otra cosa, se hizo él mismo cargo de los asuntos del reino.

Tú, reina mora –le escribió a Juana- quédate en Flandes, que ya verás: te voy a tener el reino niquelao.

Pero Felipe el Hermoso no estaba por la labor de que le quitaran a su señora –y por tanto a él- la corona de Castilla y forzó un pleito que se resolvió con la llamada Concordia de Salamanca (1505) mediante la cual se planteaba un menage a trois gubernamental. Los asuntos de Castilla se decidirían a pachas entre Fernando el Católico, Juana (entonces, aún, la cuerda) y Felipe el Hermoso.

Felipe y Juana se quedaron en Bruselas mientras la archiduquesa paría o no a su última hija, María de Austria.

Después del nacimiento de la niña, se organizó a toda prisa una gran flota para trasladar a España a la nueva familia real castellana.

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