Lo que Austria puede hacer por ti

MuseoCuando yo llegué a Austria, había Facebook, pero no estaba tan extendido. Eran los últimos estertores del mundo antiguo. No sé todavía cómo podíamos sobrevivir entonces.

10 de Febrero.- Todos hemos pasado por la situaciónn siguiente: ante un asunto caliginoso, de esos en los que alguien hace promesas que nos parecen complicadas de cumplir, para curarnos en salud (horrible expresión), solemos pedir (o aconsejamos a otros que lo pidan) un papel con una garantía escrita. Acto seguido, decimos cargados de razón eso de que “las palabras se las lleva el viento”.

Hombre leyendo el periódico

Verba volant, scripta manent

No sabemos que estamos citando un popular dicho latino, cuya traducción literal es: “las palabras vuelan, lo escrito permanece” (o, mejor, se queda quieto).

Un refrán que, cuando se inventó, no se usaba para lo que nosotros lo utilizamos.

Cuando un contemporáneo de Julio César decía aquello de “verba volant, scripta manent” quería significar que lo escrito es torpe, fijo, que es incapaz de defenderse a sí mismo y que las palabras, para el hombre que las maneja bien, son mucho más eficaces.

Eran unos tiempos en los que la escritura empezaba a extenderse y el saber escribir empezaba a ser una cosa cada vez más frecuente, aunque aún conservaba esa atracción que ejercen sobre la gente simple las cosas que se perciben como tecnológicamente superiores.

Hubo una larga etapa de transición en la que el mundo, más allá de en ricos y pobres, enfermos y sanos, descreidos y religiosos, tontos y listos, se dividió en dos tipos de indivíduos: los que habían nacido en un entorno de personas que sabían escribir y para las que la escritura no era nada extraordinario (lo que, en el lenguaje actual, podríamos llamar “nativos alfabéticos”) y aquellos que, a trancas y barrancas, pasaban por el aro de trazar signos en pergaminos y tabletas de cera.

Los últimos, con el rencor que caracteriza siempre a los vencidos cuando se baten en retirada, echaban pestes sobre aquella nueva moda de la pluma o la caña aguzada:

-Pues de toda la vida nos hemos arreglado muy bien sin esas tontás –decían- la escritura hará a la gente más imbécil, ya lo veréis. No necesitarán utilizar la memoria: les bastará ir a esos…¿Cómo se llaman? Libros. Cuando les haga falta cualquier tontería, irán a ellos y lo encontrarán todo escrito. Se volverán idiotas porque no tendrán que recordar cosas ni tendrán que pensar para encontrar soluciones creativas. Además, cualquiera podrá engañarles porque ¿Quién sabe si es verdad lo que pone en el libro? ¿Estará su autor ahí para defender lo que ha escrito? ¡No, claro! El muy canalla, igual deja escrita una trola marinera y se marcha.

O sea que, al principio, aquello de que “lo escrito permanece y las palabras vuelan” no era lo que se dice un elogio de las letras.

Menos trabajo y más copas

Vivimos hoy, como entonces, una transición brutal. De un lado estamos situados los que, más pronto que tarde, estamos llamados a extinguirnos: aquellos que, si querían hacer un trabajo en el colegio, tenían que acudir a la enciclopedia (de papel) o al diccionario Sopena, aquellos para quienes preguntar algo era el último recurso antes de poder encontrar las respuestas por nosotros mismos, aquellos que tenían que memorizar y que se esforzaban en pensar (porque el sistema les había entrenado para que pensasen y habían sobrevivido en el sistema educativo porque eran capaces de apañárselas). Del otro, está la generación de los que nacieron y crecieron con internet.

La generación Facebook (ahora que Facebook ha cumplido una década de vida y ha marcado el ingreso en la juventud y en la vida adulta de toda una generación de personas) se caracteriza porque, por lo general, tienen un nivel de resistencia a la frustración que, a los que vivíamos en el espartano sistema de antes, nos resulta escandalosamente breve.

Cuando yo llegué a Austria, no había Facebook y, si quería enterarme de la ruta que hacía un tranvía o de qué establecimientos vendían tal o cual artículo, aplicaba el sistema antiguo: o sea, para el tranvía, me iba a la parada más cercana y cogía un mapa, y para lo otro, me pateaba las calles en busca del comercio que me interesase.

Tampoco preguntaba mucho, un poco por vergüenza torera, por sentirme útil, por rendir una especie de culto (algo absurdo) al concepto que yo tenía de mí mismo. Ahora, ya no es así, y probablemente sea mejor: lo que se pierde en privacidad de las propias miserias, se gana en tiempo que se puede dedicar a jugar al Candy Crush.

Esa quizá sea, queridos lectores, la raiz del progreso y de la civilización del ocio: o sea, menos trabajo y más copas.

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Hay muchos, pero ninguno tan bueno como este. Media hora de risas e información aseguradas. Es Zona de Descarga, el podcast de Viena Directo.

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