House of Cards: la serie que te hará sentirte inteligente

Munich München BayernHay series de televisión que te hacen disfrutar porque te hacen sentirte mejor (quizá mejor de lo que eres). House of Cards es una de ellas.

28 de Abril.- Una de las razones por las que Apple es lo que es, es porque ha conseguido convertir sus productos en un símbolo de estatus.

Naturalmente, y aunque los usuarios de Apple hagan muecas de asquito ante esta posibilidad, hace muchísimo tiempo que los ordenadores de Apple no son, objetivamente, ni mejores ni más innovadores que los de la competencia (o, mejor dicho, los ordenadores de la competencia son igual de ingeniosos e innovadores que los de Apple).

Sin embargo, todos, vemos una manzana a medio morder sobre una cubierta plateada y nos hacemos una idea mucho más favorable del dueño de la máquina que si vemos otro logotipo.

Un producto que da una imagen de ti

Los compradores de productos de Apple no pagan solo por una máquina que les ofrezca determinadas prestaciones, sino porque sus conocidos, amigos y compañeros de trabajo piensen que son personas inteligentes, que han visto las últimas películas independientes, que comen productos derivados de la soja  mientras tienen ideas ingeniosas e innovadoras y, por qué no, que tienen un nivel de ingresos que les salva de cualquier contingencia.

Apple es un caso de libro de explotación de nicho de mercado, y la marca de Cupertino (como la suelen llamar los escritores de neurona floja) compensa lo restringido de su público potencial haciendo que ese público potencial solo quiera comprar productos de su marca.

Hasta ahora, les ha funcionado.

De Pocoyó a Kant

Con las series de televisión pasa igual.

Por poner un poner: en España, la industria de la televisión vive esclava del llamado “producto familiar”. O sea, que el producto ideal de una cadena española es una serie que le guste igual, pongamos por caso, al público de Pocoyó que al sesudo lector de la Crítica de la Razón Pura.

Y, vistas las cifras de audiencia, “Con el culo al aire” (¡Qué gran título, señora!) les da la razón a los que piensan que es la estrategia empresarial correcta.

En Estados Unidos, en cambio, lo que las cadenas quieren es hacer productos de nicho, pensados para un público determinado, fácil de fidelizar y encantado de ser fidelizado y que se gaste los cuartos en los productos que publicitan esas series.

(¿Y en Austria? –se preguntará el inteligente lector- pues en Austria…Bueno, en Austria las series de televisión son como el pescado. O sea, que los aborígenes no le terminan de encontrar el punto).

House of cards

El jueves pasado, tras haberme resistido a ello durante algunos meses me compré la primera temporada de House Of Cards y desde que vi el primer episodio estoy que muero (de gustirrinín).

(aquellos de mis lectores que sean unos piratones, que sé que los hay, pueden descargarse la serie en alguna covachuela delictiva de internet: el riesgo merecerá la pena, se lo puedo asegurar).

House of Cards está basada en una serie británica (BBC) del mismo título (ahora tengo muchísima curiosidad por verla) y es una vivisección de las tripas del Poder.

¿En qué se parece a un ordenador de Apple? En primer lugar, en que House of Cards no es una serie que pueda disfrutar todo el mundo y está hecha para que, viéndola, te sientas una persona más inteligente y con pleno derecho a mirar por encima del hombro a tus contemporáneos. O sea, que los creadores quieren que tú digas que ves House of Cards y que tus convecinos te miren como si te hubieras comprado un Ferrari.

Respect.

No es How I met Your Mother ni esa ordinariez de Two and a Half Men (Por cierto ¿A quién c*ño de este planeta puede hacerle gracia Charlie Sheen?)

O sea, para poder verla, hay que tener a) un alto nivel de inglés –aquí vemos las series en versión original, oiga- porque los personajes no solo hablan a una velocidad endiablada, sino que también utilizan un vocabulario culto, sabroso y lleno de matices. Esta serie NO se puede ver doblada porque te pierdes gran parte del placer.

B) Para ver House of Cards hay que ser una persona informada y estar interesada en los mecanismos que mueven a la sociedad. O sea, que si usted cree que los políticos son esas personas que se dedican a promover el bien común o que se puede ser Ministro de Asuntos Exteriores sin haber cumplido los treinta años –y merecerlo- váyase a ver cómo Charlie Sheen se levanta un par de jamelgas (qué gran concepto) siliconadas.

Y, para terminar, creo que debo contar un poco la historia.

House of Cards trata de un congresista estadounidense –magistral Kevin Spacey casado con Claire –Robin Wright- una mujer elegante, ambiciosa, fría –solo en apariencia-. Los dos forman un equipo perfecto. Un par de tiburones acostumbrado a moverse por las procelosas aguas de Washington, presumiblemente infestadas de tiburones. El personaje de Kevin Spacey es un experto en los quid pro quos de la alta/baja política estadounidense. Llega un nuevo presidente a la Casa Blanca y Spacey piensa que va a ser nombrado secretario de Estado. No es así, y entonces empieza su venganza.

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