Variaciones en la población mundial de tontos

Publico¿Hay más personas exasperantes desde que existen las redes sociales o se trata solo de una percepción falsa? Este post trata de despejar la incógnita.

modorro, rra: inadvertido, ignorante, que no distingue las cosas (Usado también como sustantivo). Diccionario de la Real Academia.

2 de Julio.- Querida Ainara (*) : una de las cosas más chulas que me pasan desde que escribo este blog todos los días es que la gente me para por la calle para saludarme. Y lo hacen como si me conocieran de toda la vida, cosa que me llena de gran alegría, porque yo soy un hombre de natural afable y me encanta ser simpático y cariñoso con los demás (sobre todo, si, además, los demás son cariñosos y afables conmigo).

Esta intimidad que mis lectores tienen conmigo se debe a que, al escribir todos los días, la gente se puede hacer una idea bastante exacta de cómo soy y de, como suele decirse, “cómo respiro”.

Así me pasa a mí con otras personas, por ejemplo con mi amigo Rafa Barceló, al cual, a pesar de no haberme encontrado nunca con él en persona –se da la desdichada circunstancia de que nos separa un océano – tengo la sensación de conocer de toda la vida a fuerza de leerle.

Es Rafael una de las pocas personas de mi Facebook  en quienes se da esta circunstancia, pero creo que no me equivoco si digo que Rafa es una persona ilustrada, paciente, exquisitamente educada, risueña y de gran bondad. Cualidades todas que aprecio muchísimo y que procuro buscar a la hora de escoger a mis amigos.

La semana pasada, publicó Rafa un texto en su en el que, pidiendo mil disculpas de antemano, echaba pestes de la falta de “calidad” de los contenidos que la gente compartía en las redes sociales. El texto se puede leer aquí.

Dejando aparte que yo estoy convencido de que el 60% de las actualizaciones de Facebook se deben a que la gente no sabe estar callada (ese horror vacui que nos inspira el silencio) y dejando aparte que habría personas a las que habría que prohibirles la lectura de libros de Paulo Coelho creo que lo que le pasaba a Rafa es que, en Facebook, se elimina una de las discriminaciones que, todos (y cuando digo todos digo todos, absolutamente todos) practicamos en nuestra propia vida a veces sin apenas darnos cuenta.

Es una discriminación sumamente impopular y hacerla expresa es una gran falta de educación y de tacto, pero sucede que todos, cuando decidimos qué hacer con ese recurso tan escaso que es nuestro tiempo, procuramos pasar nuestros ratos de ocio con personas parecidas a nosotros. Y claro, un factor decisivo para decidir si alguien se nos parece es el juicio que nos hacemos sobre su inteligencia.

Los psicólogos han demostrado que un factor fundamental para el éxito de una pareja es que sus miembros sean de coeficiente intelectual parecido. Y parece razonable que así sea. Una persona inteligente con otra mucho menos brillante no tarda en aburrirse o en exasperarse y, al revés, la persona menos dotada termina por frustrarse, al no poder correr a la misma velocidad que quien le acompaña.

Naturalmente todos, en nuestra vida, terminamos por relacionarnos con personas más inteligentes que nosotros, menos inteligentes que nosotros e igual de inteligentes que nosotros, con preferencia a centrarnos con nuestros iguales, que nos hacen sentir más cómodos (entre otras cosas porque así no tenemos siempre presente que hay gente que nos da sopas con onda).

La mayoría, nos encontramos en esa confortable zona central de la campana de Gauss pero, sin ir más lejos, en los miembros de todas las familias hay de todo. Hay incluso gente que se cree todavía esas cosas de “por cada me gusta, este niño enfermo recibe un dólar” (yo, a los modorros que inventan esas cosas, las publican o las comparten les cortaba internet hasta que Bill Gates fichase por Apple) o hay personas cuya capacidad neuronal no les da nada más que para un tema – para más inri, suele darse la circunstancia de que ese tema sea especialmente enojoso, y aquí puede poner el lector el temita que más nervioso le ponga-.

En la vida real, nuestro instinto y la natural propensión nuestra al placer, nos llevan a evitar frecuentar excesivamente a estas personas contra las que, faltaría más, no tenemos nada pero que, en dosis excesivas, no tardarían en ponernos de los nervios, provocando quizá una subida –nada deseable- de la criminalidad.

En Facebook estas barreras saltan por los aires y nos vemos expuestos a una especie de panópticum, o panorama general de nuestras amistades. De todas. Incluso de aquellas que podemos soportar solo en dosis controladas.

Dado que, desgraciadamente, suelen ser los más tontos los que más hablan y, dado que, generalmente, causan mayor impresión en nuestro ánimo aquellas cosas asociadas a una emoción –y, entre las emociones, la exasperación que nos provocan los modorros es una de las más intensas- nuestra percepción puede terminar por deformarse y podemos terminar creyendo que el mundo, de repente, se ha llenado de indocumentados, rascachorras, pinchauvas y abrazafarolas, cuando la realidad es que la población de imbéciles siempre ha estado ahí y que, a pesar de los esfuerzos de los organismos culturales por condenarla a la extinción, se ha mantenido estable.

Aún considerándome, como Rafael, un filántropo al cual nada de lo humano le es ajeno –mi diversión favorita es que la gente me cuente las historias de sus vidas- no soy inmune a la exasperación que producen las personas imbéciles. Y cuanto más viejo  (aviso) me cuesta más armarme de paciencia ante la estupidez. Procuro sin embargo echarle al asunto todo el sentido del humor y la paciencia que soy capaz de reunir y procuro también no ofender mucho a la cuota de atontolinados que me toca en suerte soportar (bastante tienen los pobres con ser como Dios les ha hecho). Asimismo, no se me escapa que habrá gente que me considere a mí gilipuertas perdido (vamos, de hecho, hay personas que me han dado cumplidas muestras de que así es) con lo cual a esto se aplica lo del un día por ti y otro día por mí.

Alguien podría decir: “en Facebook puede usted filtrar y, si no le apetece ver lo que escribe una persona, dejar de verlo para siempre”. Sin embargo, no hay que despreciar el gran servicio que los bobos nos hacen, y es el de aprender a apreciar ese bien tan escaso que es la brillantez, la sofisticación, la variedad de intereses, la cortesía, el respeto por la opinión ajena, la humildad y la sencillez al expresar las propias. Todo, impagable.

Besos de tu tío,

(*) Ainara es la sobrina del autor

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