¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿Qué quiero ser? ¿Hay, de verdad, mucha gente que se haga estas preguntas? ¿Qué sucede si uno no se las hace?
21 de Enero.- Querida Ainara (*): el otro día, mientras corría en el gimnasio (que es cuando se me ocurren las mejores ideas) pensaba yo que muchos de los problemas que ocupan al mundo hoy en día podrían ser traducidos, y mucho mejor comprendidos, en términos de identidad.
¿Qué soy? ¿Qué quiero ser?
Mi primer pensamiento fue el de “claro, la mayoría de la gente no sabe quién es” o sea, no se pregunta por lo que es, no tiene claro lo que es y ese vacío interior les produce una desazón perniciosa que lleva a lo que lleva.
Pero lo cierto es que esta carencia de reflexión sobre la propia posición en el mundo explica solamente una parte del problema.
Entonces, empecé a pensar que lo que le sucede cada vez a más gente es que, en realidad, sí que saben lo que son, pero sucede que les da miedo ser lo que son o se produce un conflicto entre lo que son (y no tienen más remedio que ser) y lo que les han enseñado o ellos creen que deberían ser.
A poco que uno se fije, detrás de cada fundamentalista, detrás de cada racista, detrás de cada homófobo, no es nada difícil detectar esta inseguridad sobre la propia identidad que lleva, inexorablemente, a que actúe otra de las leyes que mueve el comportamiento humano: la ley de la compensación.
Cuando no estamos seguros de algo, sobre todo cuando ese algo roza esa frontera tan delicada en todos nosotros de nuestro sentido de la pertenencia a un grupo, a una etnia, a una religión, a una “opción” sexual o a un prototipo o rol sexual (lo de opción lo pongo entre comillas porque yo creo que la tendencia sexual no se elige, sino que nos viene dada y que, por lo tanto, no somos ni “culpables” ni “inocentes” de ella) cuando se recrudece ese conflicto, digo, se activa inmediatamente el miedo a la soledad, a la propia unicidad y, como en un mecanismo de relés, fatalmente, se activa también el deseo de demostrar a toda costa que pertenecemos a lo que nos han enseñado a ver como “la ortodoxia”, aunque esa ortodoxia esté a años luz de la razón o de la realidad.
Ejemplos no faltan: desde los hijos de andaluces nacidos en Cataluña y convertidos al más furibundo de los nacionalismos hasta los turcos austriacos, que a pesar de no hablar el idioma del país de sus abuelos sienten una necesidad casi beligerante de demostrar su “turquicidad” .
El extremista: ese ser en la frontera
Si miras con atención, Ainara, el fundamentalista, el racista, el homófobo, es invariablemente un ser mestizo, en la frontera o que, por lo menos, cree que lo está. Solo el mestizo o el que cree que no es fácilmente adscribible a determinado grupo humano se toma la molestia de invertir tiempo y energía en dejar bien sentada ante los demás su propia identidad.
Por ponerte un ejemplo inocente y no tener que llegar al yihadismo: todos los que hemos vivido en un país extranjero hemos tenido enfrente a algún ejemplar de ese especímen tan coñazo que son algunos hijos de extranjeros y de ciudadano(a)s del país que nos acoge. Delante de nosotros, son los más españoles que la españolidad pueda inventar pero, cuando les conviene, naturalmente, se acogen a su “austrianidad” (en mi caso) y, si los españoles que vivimos aquí ejercemos nuestro legítimo derecho a crítica, inmediatamente nos dirán que no entendemos nada porque somos “suficientemente austriacos” y que “si no nos gusta lo que vemos, ya sabemos dónde tenemos la puerta”.
Ganarán siempre, claro, porque juegan siempre con las cartas marcadas.
Es, en cierto modo, una variante del que también aqueja a los simpatizantes de ciertas ideas de extrema derecha. La manía de la pureza de la sangre no deja de ser otro fanatismo más de los que despierta el miedo a no ser aceptado. En este caso, el miedo a la soledad frente a una sociedad que se considera hostil («el infierno son los otros») activa y exacerba los mecanismos de la pertenencia, el intento desesperado de anular el conflicto entre la identidad real (en el caso de los yihadistas, por ejemplo, el inevitable proceso de “aculturación” que supone que, en el día a día, los musulmanes salafistas como los católicos extremos vivan exactamente igual que cualquier hijo de vecino) con la identidad deseada, una perfección inalcanzable en la que se elimine cualquier aspecto gris o borroso y en donde estén delimitadas a la perfección todas las fronteras.
Aunque, quizá lo que sucede, Ainara, es que en realidad la gente disfruta poco del sexo. Si f*llara más, ya ibas a ver cómo se les quitaban todas las tonterías.
Besos de tu tío
(*)Ainara es la sobrina del autor
NOTA: aquí dejo otra visión que yo creo que es complementaria de la mía. Está expresada en un artículo que mi amigo Gonzalo Moreno ha publicado hace dias en su blog Coreuropa.
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