En pocos lugares del mundo la literatura está tan presente como en Viena.
Para mi primo N., fellow traveller
16 de Junio.- Los lectores de libros tenemos una gran ventaja sobre el resto de la gente y es que, de cuando en cuando, encontramos espíritus afines cuando no almas gemelas, en los sitios más inesperados. Es un sentimiento extraño, muy difícil de comunicar a esos cuya vida está virgen de letra impresa. Extraño, pero no por ello menos definitivo, menos real.
Las palabras de los muertos habitan, vivísimas, en los libros y a nosotros, los lectores, nos es dado que nos lleguen al corazón como si hubieran sido escritas directamente para nosotros. Es uno de los consuelos de la vida. Y no de los menores.
Por ejemplo: hace unos meses, de la manera más casual, yo encontré a mi amigo Mijail Bulghakov (mis lectores fueron testigos) y desarrollé un deseo imposible e irrazonable de tomarme algún día un café con él, porque intuí inmediatamente que Mischa Bulghakov y yo nos hubieramos echado unas buenas risas juntos. No podrá ser, claro. Bulghakov lleva por lo menos ochenta años muerto (el pobre) pero, gracias a sus libros, sigue vivo para mí y para millones de otros lectores que disfrutan de la deliciosa sátira de “El Maestro y Margarita” o que no pueden evitar cerrar el libro, con un poco de ascopena, cuando leen “Morfina”.
Bulghakov era médico y aprovechaba sus ratos libres entre amputaciones, forúnculos y traqueotomías para echar un párrafo, párrafos que, una vez puestos uno debajo del otro, se convitieron en libros (algunos, como “El Maestro y Margarita” permanecieron, como joyas escondidas, ocultos durante muchos años, porque la Unión Soviética la gobernaban una reata de canallas sanguinarios o peor, de canallas serviles de los canallas sanguinarios, que no se sabe que es más tremebundo).
-¿Y esto qué tiene que ver con Austria y los austriacos? –me pregunta un lector que acaba de llamarme por teléfono y yo le contesto acto seguido:
Hoy, paseando por estas calles de Viena impregnadas de literatura (quizá solo en París la literatura esté más presente que aquí) no dejaba de pensar en una cosa que yo creo que a la mayoría de los lectores no se les alcanza, y es esta: la mayoría de los libros que leemos fueron escritos en los ratos libres que el mundo de los “no lectores” les iban dejando a los pobres escritores. O sea, que la mayoría de los escritores a lo largo de la Historia han sido como cuando nosotros éramos niños y merendábamos pan con chocolate (que siempre parecía que te comías tres kilos de pan antes de llegar a las tres onzas de chocolate que siempre te pareían pocas).
Los ejemplos son incontables, pero mientras cruzaba la Wiednerhauptstrasse con gran riesgo para mi integridad física (yo cuando pienso presto poca atención a los pormenores del tráfico) pensaba yo en Kafka (gran escritor austro-húngaro). Franz, aparte de un ser de imaginación portentosa (imaginación que no le hubiera dado de comer) era administrativo en una compañía de seguros.
Yo me imagino a Kafka pensando en las musarañas y, de pronto, llega su jefe (por detrás, el jodío de él, con inquina):
-¡Herr Kafka! ¿Se puede saber que capirotes está usted pensando? ¡Qué ha pasado con la póliza 12578962B?
Y el pobre Franz, que debía de un tipo frágil, como un niño disfrazado de persona mayor, blanco como la pared, temiéndose el finiquito próximo, corriéndole un sudor frío por la espalda, diciéndole a su jefe:
-Pues, mire, no lo sé…
-¡¿Cómo que no lo sabe?! Le voy a dar una a la remanguillé que se va a usted a enterar.
-¡No se ponga usted así, que hora mismito lo investigo!
Y el jefe mirándole de hito en hito:
-¿Ya lo ha vuelto usted a hacer?
Y Kafka:
-¿El qué?
–Pues eso, escribir. Ya me lo dicen sus compañeros, que se pasa usted las horas pensando en tonterías y luego las pólizas las “bearbeitea” Rita die Sängerin ¡A ver! Abra usted el cajón.
-¿Qué cajón?
-El de su mesa y no se haga el tonto que me tiene usted más caliente que yo qué sé.
Y Kafka, pillado, que abre el cajoncillo de su escritorio. El jefe mete la mano y le arrebata los papeles:
-¡Lo que me imaginaba! A ver…La Metamorfosis...Y esto ¿Qué mierda es?
-Pues…Pues…Una de las obras maestras de la literatura universal.
-¡Qué coño de obra maestra de la literatura universal ni qué niño muerto! A la próxima, le echo.
(Lo sé: se me va mucho la pinza)



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