The mamas y algún que otro papa

DesiréeHoy se ha presentado, en rueda de prensa, el Opernball 2016; con una noticia que ha pillado a (casi) todo el mundo por sorpresa.

19 de Enero.- Estas navidades, mientras escuchaba los villancicos, particularmente los americanos modernos, pensaba yo que, para que el disco pudiera llegar a las tiendas en la fecha correcta, los cantantes tuvieron que grabarlos por lo menos en verano del año en que salieron. Y la verdad, no es lo mismo imaginarse a Michael Bubblé cantando la gilipuertez esa del reno de la nariz roja al lado del fueguecito de su casa que en manga corta y bermudas para soportar el verano de California.

Me ha vuelto a venir esto a la cabeza pensando en cómo escribiría el post de hoy. Veamos:

En Viena, el reloj de los años va de un Opernball o baile de la ópera, al siguiente. Entre una edición y otra pasan aproximadamente doce meses durante los cuales la Ópera Estatal de Viena mantiene su función de teatro (vetusto ya, agradablemente incómodo, como todas esas cosas incómodas que nos obligan a una disciplina que más tarde agradecemos) y, en algún lugar de la ciudad, mientras tanto, se organiza el baile de la ópera del año siguiente. Debe de ser una proeza de la imaginación pensar en un evento invernal en pleno agosto, con el asfalto vienés hirviendo bajo la canícula.

El Opernball es una institución muy conservadora que hunde sus raíces en los oropeles del imperio. Es bicéfalo: el aspecto musical, o sea la apertura (ese espectáculo más o menos vistoso con el que comienzan todos los bailes en esta época del año) lo lleva el director de la Ópera Estatal y para ocuparse de la parte frívola, se busca a una señora de buena familia, que garantice que aquello no se convierta en un botellón amenizado con música de vals.

Al objeto de aportar el necesario glamour, existe una así llamada „Ballmutter“ que organiza todo sin cobrar (de ahí que, forzosamente, tenga que ser una persona que lo haga por el honor de hacerlo y que tenga la vida resuelta). Una señora que, siguiendo el ejemplo de las organizadoras de los bailes del siglo XIX convierta el antiguo edificio de los señores Sicard von Sicardsburg y Van der Null en un palacio provisional en el que recibir a sus amigos (!Ay, esta cultura austriaca de la hospitalidad!).

Desde la „restauración“ del Opernball tras la guerra mundial ha habido cuatro señoras que se han ocupado del aspecto „cuqui“ del evento.

La primera fue Christl Schönfeld (minuto 10 del documental sobre estas líneas) que fue la que más tiempo lo hizo (entre 1956 y 1980, con lo cual más que „Madre del Opernball“ se la hubiera podido llamar „Abuela del Opernball“. La señora tenía un pedigrí irreprochable, una cultura también irreprochable y estaba casada con un antiguo conde de la Monarquía Austro-Húngara. Qué más se puede pedir. Ambos, la señora y el aristócrata, trabajaban en la antecesora de la ORF. Él era el locutor de las noticias y, para no manchar el aristocrático apellido (Schönfeld), el hombre salía a las ondas con el nombre de guerra de Rudolf Hornegg y así se convirtió en un locutor de esos que lo mismo plancha un huevo que fríe una corbata, lo cual en su caso quería decir que lo mismo te presentaba las noticias que te hacía concursos.

Después de que la señora Schönfeld se jubilara, recogió el testigo la que a mí me parece la señora más señora de las que han organizado el Opernball: Lotte Tobisch la cual, en mi opinión responde mucho al ideal de lo que debería ser una dama al antiguo estilo. Graciosa, culta, educada, discreta, con un puntito de sal…Un amor. De joven, Tobisch era muy guapa, con esa belleza fría que también tenía Maria Dolores Pradera. De familia de rancio abolengo (se pueden seguir sus antepasados hasta el siglo XIII) Tobisch disfrutó de una educación estupenda y habla varios idiomas. Existe también un volumen de su correspondencia con el filósofo Adorno, o sea que tonta no es. Yo me la encontré una vez en el Stadtmuseum en Karlsplatz, en donde estuvo viendo la misma exposición que yo y era chulísimo verla a ella, en compañía de sus amigas, todas viejis como ella, con sus abrigos de piel de los años ochenta y sus gafas de montura enorme, hechas la imagen de la distinción. Para lo que nos ocupa: organizó el Opernball entre 1981 y 1996. El trabajo le pillaba cerca de casa, porque desde 1951 vive en un edificio vecino a la Ópera estatal.

Con la siguiente organizadora, Elisabeth Gürtlerla primera a la que yo conocí en activo- el baile de la ópera adquirió un tono más profesional. Gürtler, como persona, debe ser un poco sargento, pero solo esa fuerza de carácter explica que sea una de las profesionales más exitosas de Viena. Es la dueña del hotel Sacher, al que sacó de la viejunez y de la ruina; dirige también el hotel Bristol y, como la Escuela de Doma Española del Hofburg pasaba por horas bajas, y aprovechando que Gürtler, en su juventud, había sido una avezada amazona, se hizo cargo de la gestión. Desde 2010 a imagen del Opernball, pero con daiquiris veraniegos, Gürtler organiza la Fete Imperiale.

Desde 2008, organiza el Opernball Desirée Treichl-Sturgkh. Casada con el director del Erste Group, Desirée pertenece a la aristocracia desde que le pusieron el primer babero y, como persona, debe ser ese tipo de señora al que determinado tipo de hombre se complace en chinchar. Con el actual director de la ópera estatal, Dominique Meyer, se lleva fenomenal (se les ve en las ruedas de prensa a partir un piñón) pero con el anterior, el rumano Ioan Holänder, hubo sus más y sus menos, porque Holänder debía de tener un sentido del humor más bien bronco y Desi es de ese tipo de señora que todo lo resuelve con pellizcos de monja.

Hoy, Desirée, en la presentación del Opernball 2016, que será el sexagésimo, ha anunciado que ha tenido bastante de organizar bailes y que el año que viene será otra la que cargue con el muerto de desasnar a las debutantes y mantener a raya a Richard Lugner. Qué va a hacer Alfons Haider. Va a haber que abrir un crowdfunding para comprarle clínex.


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