En la vida, hay pocas ocasiones de entrevistar a un superhéroe. El protagonista de hoy ha hecho el milagro de crear, de la nada (o casi) el Vienna International Streetworkout.
8 de octubre.- Hace unos días, hablando con alguien sobre Viena Directo, al saber la cifra de lectores que tiene el blog, mi interlocutor movió la cabeza con aire socarrón y dijo:
-Claro, y con la publicidad debes de ganar mucho dinero.
Y yo le dije que no, que mi pago, mucho mejor, era la cantidad de satisfacciones que el blog me da. Por ejemplo, la de tomar contacto con gente extraordinaria. Auténticos superhéroes que, para otra gente, pasan desapercibidos. Como el personaje del que hablaré hoy.
Entrevistar a un superhéroe, a una persona con esa anchura y ese tamaño espiritual y físico que, antaño, se atribuía a los santos, no es fácil, porque los superhéroes, lo mismo que los santos de antes, viven en el centro de una espiral de energía muy potente que ellos desarrollan (a veces sin darse cuenta) y que les sirve para convencer a los demás de que se sumen a su causa.
Los grandes místicos de la antigüedad consideraban que una energía así solo podía venir de Dios y comparaban este poder de convicción, de liderazgo, con el fuego. Y aún se dice, si bien en contextos literarios, que alguien está “inflamado” de entusiasmo o sea, y literalmente, que se consume entre las llamas (la flama que le in-flama) de una euforia espiritual que le devora el alma.
El hombre, así entendido, como una hoguera dispuesta a extenderse, como un cuerpo celeste que emite pulsos de energía, bombea hacia el exterior una fuerza tal que, si se orienta hacia un objetivo, puede mover cualquier montaña que se le ponga por delante.
Esta y no otra es la impresión que cualquier persona con dos ojos en la cara recibe al conocer a Oleksii Odnolkin, un ucraniano de 25 años, residente en Viena pero nacido en Járkov, cerca de la frontera entre Ucrania y la Federación Rusa.
Trabé contacto con él a través de unos compañeros de trabajo, que me dieron su nombre, como impulsor principal del Vienna International Street Workout; un movimiento que empezó en un parque más bien tristón, junto a la estación de metro de Rosauerlände, en el Donaukanal, como una cosa de aficionados al culturismo que vivían fuera de los prudentes límites de la clase media (eran gente que no podía pagarse un gimnasio y que utilizaba los recursos gratuitos que la ciudad ponía a su alcance) y que, gracias a la tenacidad de Oleksii, ha conseguido crecer hasta llamar la atención de los políticos austriacos al más alto nivel, como por ejemplo la Ministra Austriaca de Salud o la Stadtratin Ulli Sima (SPÖ, durante un tiempo, su nombre sonó como sucesora del canciller Werner Faymann).
Quedé con Oleksii precisamente en Rosauerlände, en el lugar en donde hace ejercicio a diario, haga frío o calor.
Llegó junto a mí, me dio la mano y lo primero que hizo después fue quitarse la camiseta de manga corta que llevaba puesta, para dejar al descubierto un torso musculado de gimnasta olímpico. No se la volvió a poner en toda la tarde, por cierto, porque así, sin camiseta, es como Oleksii entrena si la temperatura es mayor de dos grados bajo cero. Era el caso del día en que se desarrolló nuestra conversación. Después, se puso a hablar en un alemán bastante correcto, si bien con el típico deje del este y tampoco paró en las siguientes dos horas.
Al escuchar a Oleksii se pueden medir las subidas y bajadas de su entusiasmo (siempre a un nivel bastante más alto que el de la media de las demás personas) por la corrección de la gramática alemana. Cuando, cabalgando en la ola de su poder de convicción quiere que tú, como interlocutor, te enteres bien de algo que él desea que quede muy claro, su gramática trastabilla un tanto y se diría que lucha contra las palabras, que intenta vencer su resistencia, hasta que él considera que te ha dado a entender exacta, concienzudamente, lo que quiere decir.
Después de conocerle creo que la misma actitud que Oleksii tiene para forzar los límites del idioma, la usa en su vida en general. O sea: Oleksii se fija un objetivo, Oleksii encuentra un obstáculo, Oleksii piensa cómo se puede remover o rodear y, sin darle más vueltas al asunto, Oleksii lo remueve o lo rodea hasta que se sale con la suya.
Así se dio cuenta de que en Járkov, su ciudad natal, debido a la situación de susto político crónico de Ucrania, era bastante improbable que pudiera dedicarse a lo que él quería, o sea, investigar en el campo de la oncología. De manera que atravesó el país (Ucrania es aproximadamente igual de grande que España) y con la vista puesta en Europa, se puso a estudiar alemán en Lviv (Leópolis) y debió de hacerlo de la manera en que Oleksii hace todas las cosas, sin reparar en la energía que le iba a suponer, comiéndose a bocados el reto que se haya puesto (me cuenta, por ejemplo, que dormía con los auriculares puestos y que escuchaba, tanto de día como de noche, grabaciones de cursos de alemán). Después, pasó a Berlín, ciudad que tampoco consideró adecuada para llevar a cabo sus planes y terminó recalando en Viena, en donde reside actualmente.
Otra cosa que aprendo intentando entrevistar a Oleksii es que es una de esas personas que necesitan estar en movimiento.
Cada vez que intento que se siente y me cuente cosas, me dice que no, que prefiere hacerlo mientras hacemos la sesión de fotos que ilustra este reportaje. Entre ejercicio y ejercicio (me doy cuenta de que está entrenando al mismo tiempo que le entrevisto) me explica que empezó a hacer gimnasia en el recreo del colegio, a los siete años y que no viene de una familia especialmente deportista.
Luego, se vuelve a colgar de la barra y, de un salto, se sienta en ella con facilidad, saca dos bandas del bolsillo y empieza a trabarse las muñecas a la barra.
Me explica que lo hace por seguridad (porque los ejercicios que hace son peligrosos, un movimiento en falso y podría salir despedido y desnucarse). Fotografío las muñecas atadas a la barra, en primer plano, porque me parece interesante. Pero no: él quiere que la fotografía sea de otra manera. Oleksii iene muy claro cómo quiere salir en las fotos y me indica constantemente el ángulo más eficaz para fotografiar los ejercicios. Al cabo de un rato desarrollamos una especie de método de colaboración. Él me va indicando en cada caso el punto exacto en donde van a llegar su cabeza o sus piernas y yo me tiro por el suelo o me ladeo y él da vueltas, sube, baja, se pone cabeza abajo y, mientras tanto (sé que parece increibe pero es exactamente así) me cuenta que cuando llegó al parque de Rosauerlände los aparatos estaban hechos un asco y que eran peligrosos y que él empezó a moverse y a recoger firmas. Me cuenta que el ayuntamiento de Viena cambió los aparatos, que les ha puesto hasta una farola, para que cuando se haga de noche no se partan la cabeza entrenando.
Entretanto, como decía más arriba, la iniciativa de Oleksii ha crecido y, sobre todo, el público al que va dirigida también se ha hecho más variado. Él mismo me lo dice:
-Antes, solo venían hombres. Ahora vienen, mujeres, niños…
Y luego, se lanza a explicarme las bondades del ejercicio, sobre todo, para los más desfavorecidos. A lo largo de nuestra conversación, Oleksii repite constantemente que no le mueve un afán egoísta, “no hablo por mí”, dice, sino que él quiere sobre todo ayudar a otros. Y lo ha conseguido. Por ejemplo, con los refugiados, que acuden a entrenar a Rosauerlände.



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