Volk, begnadet für das Schöne

khmVolk, begnadet für das Schöne, vielgerühmtes Österreich. Hoy, celebraremos la faceta más evidente de los austriacos: su gusto por lo bello.

25 de Octubre.- Se puede decir que los austriacos son, como dice su himno, un pueblo dotado para la belleza y es que la belleza, incluso en lo poco (ningún país como este, en donde “lo bonito” suplante tantas veces a lo bello) es una característica nacional, que incluso empapa en el lenguaje.

En Austria, el adjetivo “schön” no solo alude a la belleza material de las cosas o de las personas, sino que también, curiosamente, puede calificar actos, acciones y situaciones. De algo desfavorable se dice que “ist nicht schön” o sea, que no es bonito y se diría que la vida de muchos austriacos es un esfuerzo constante por alcanzar lo hermoso, aún a sabiendas de que, para hacerlo, como mi primo dejó escrito en este blog, con frecuencia hay que meter la porquería debajo de las alfombras para que no se vea o, simplemente, mirar hacia otro lado y obstinarse en que el elefante, contra todas las evidencias disponibles, no ha entrado en la habitación.

Sin embargo, no aludiremos a esto que las lenguas de vecindonas, pudieran reputar como un defecto de los habitantes de Esta Pequeña (pero adorable) República, a la cual se trata de honrar, y nos concentraremos en la cantidad de cosas hermosas, verdaderamente hermosas, que los austriacos han creado para el mundo.

Esa música, señora. Empezaríamos y no terminaríamos con la cantidad de austriacos dedicados a mezclar los siete sonidos (a veces, los doce) de la escala, para producir melodías que están en la mente y el corazón de todos.

El pequeño Mozart

Los valses de Strauss, las operetas, que son el equivalente musical de los mullidos Renoirs, de los Manets, de esa región del arte en donde siempre hace sol y no parece posible dar una voz más alta que otra, y todo está en armonía y siempre es sábado. Y luego, conforme el siglo se fue torciendo, también fue volviéndose más oscura la música y apareció Mahler y aprendimos que la creación ya no era inocente; aunque claro, siempre podíamos consolarnos con Mozart, del que alguien dijo (y yo lo creo) que es la voz de Dios, si es que Dios existe. O la bonhomía, tan ancien régime, de Haydn. Pero no nos reduzcamos a lo clásico, ni a Wolfgang Amadeus, ese Maradona de la música (un genio para lo suyo pero bastante patoso para todo lo demás) y pensemos en la música “moelna”, en Falco, en STS, en Reinhard Fendrich, en Conchita, la que se puso el mundo por montera y la barba tapándole el escote y, como una Agustina de Aragón televisiva puso a Austria, por fin, en el mapa de la tolerancia.

¿Y qué decir de la pintura? Tenemos a Schiele, también a este…¿Cómo se llamaba? Sí, hombre, este que no hacía más que tapas para cajas de bombones, este…Klimt, eso, Klimt ¿Y en el rutilante mundo del cinema? Ulrich Seidl descuella, indudablemente, lo mismo que Christoph Waltz (modernamente) pero también, si retrocedemos unos años, tenemos al bueno de KlausMa(ria Brandauer) también gigantesco actor de teatro (aunque a mí, personalmente, no me haga mucha gracia) y también, por supuesto, a la Romanita Sastre (Romy Schneider) esa chica que tanto y tanto luchó para separarse del estereotipo de azúcar y nata montada a la que Sissi estuvo a punto de condenarla; y no podemos olvidarnos de los estupendos documentales que Austria ha producido y de los Oscars que llevamos ganando de unos años a esta parte (que parece que no, pero a lo tonto a lo tonto, estamos nominados todos los años) y en el Olimpo, Hedy Lamarr, “la marr” maravillosa de las vienesas, una belleza hipnótica que no solo era schön por fuera, sino que tenía una mente privilegiada que salvó muchísimas vidas y que hoy, hace posible que todos nos comuniquemos por los móviles.

Por esto, y por toda la lista interminable de cosas que podrían apoyarlo, decimos, con Paula von Preradovic que, efectivamente, Austria tiene todas las razones para ser famosa y querida a los cuatro vientos del mundo.

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