Por el humo se sabe dónde está el fuego

Continuamos hoy nuestro viaje por la realidad española con ojos centroeuropeos.

16 de Agosto.- Una de las cosas curiosas de Austria es que, salvo en las ciudades grandes, los bomberos son voluntarios que, bajo el patronazgo de San Florián, velan por que las llamas no consuman vidas y haciendas.

En España, los esforzados luchadores contra el fuego están pagados por los presupuestos de cada municipio y el hecho de dejarle un trabajo tan importante a gente voluntaria nos parece, en general, poco serio.

Un poco como si tuviéramos miedo de que, al no ser gente asalariada, les diera a los bomberos por dejar la manguera en mitad del siniestro. En plan:

-!Oiga, a dónde va usted! ¿No ve que este foco está sin perimetrar y avanza peligrosamente hacia el término municipal de Bolardos de Calatrava?

-¿A mí qué me cuenta? Yo soy voluntario y, como no me pagan, cuando lo del fuego se pone chungo, me marcho a mi casa. Coja usted uno que cobre y ya verá qué bien le va. Abusón.

Pues lo mismo.

En los periódicos austriacos puede leerse que los bomberos (voluntarios) austriacos, están equipándose para lo que habrá de venir con el cambio climático, ese momento en el que la Wachau dejará de ser famosa por sus albaricoques y empezará a exportar aceite de oliva con denominación de origen.

Se elaborarán mapas con aquellas formaciones vegetales más proclives a echar chispas y pavesas y se formará a los bomberos en tareas de extinción.

De poco valdrá si, como pasa ahora en España, se alcanzan temperaturas que amenazan con que las piedras alcancen el punto de fusión. Pero, naturalmente, la mentalidad austriaca es más de prevenir que de curar.

Lo que podríamos llamar el análisis de riesgos.

Lo que me recuerda que aún no he hablado de la CoVid en España.

Un asunto algo lioso para alguien, como yo, que ya es extranjero en su tierra.

A ojos de un austriaco -y yo lo soy, a estos efectos- la manera de las autoridades españolas de luchar contra la pandemia, la misma actitud de los españoles al respecto, resultan un poquito caóticas y sus antecedentes y consecuencias un poco enigmáticas.

En Austria, en general, la cosa resulta bastante fácil. La famosa regla de las tres G. O sea, si uno está vacunado (dos dosis), ha pasado la enfermedad o está testado, puede tomarse una cervezota o ir al teatro sin ningún problema.

¿Y en España?

El centroeuropeo -servidor- se siente un poco intranquilo y bastante perplejo cuando acude a un bar a levantar la hostelería local y, cuando tiene aprestado su certificado, le dicen que no hace falta.

¿Was? ¿Qué quiere usted decirme?

-No, es que aquí puede entrar todo el mundo a los bares.

-Ah ¿Y si está contagiado?

-Es que si no es discriminación. Y luego, claro, por protección de datos. Porque !Cualquiera sabe lo que pone en los cuadradicos esos del código cuerre!

-Ah. Y a pesar de eso ¿La gente sigue viniendo a los bares?

-Juzque usted !Mejor que se beban los tintos de verano aquí y no por esos parques, en los botellones, que ni se guarda la distancia ni ná!.

-Ah, vale ¿Y dónde me siento?

-Ahí, ahí.

-Ay, qué gusto.

-¿Qué está usted haciendo, imprudente, incívico, mentecato, antropoide?

-¿Quién, yo? Quitarme la mascarilla, qué voy a hacer.

-No, no, es que eso no. Solo cuando beba y coma. Mientras tanto, tiene que tener la mascarilla puesta. Consuma, consuma.

El resultado es que, en cuanto la gente se sienta en una terraza, se quita la mascarilla y luego, con algo de mala suerte, termina formando parte de las estadísticas que lee el incombustible Matías Prats entre anuncio y anuncio de Línea Directa aseguradora.

Por otra parte cuando uno, como turista, quiere entrar a España para levantar un poquito la economía celtíbera tiene que rellenar un formulario en el que, menos la talla de calzoncillos, tiene que confesarlo todo.

Las autoridades, por lo visto, no ven la incongruencia.

FE DE ERRATAS: La novela en la que la señora Torpe era la señora Torpe, no era Mujer, como se decía en el anterior post, sino Madre.

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