Refugiados, afganos, crisis. Las relaciones del Gobierno austriaco con estos conceptos nunca ha sido fáciles. La onda expansiva de la caida de Kabul no ha tardado en llegar a Viena.
23 de Agosto.- La primera guerra mundial empezó en verano y, como es lógico, pilló a todos los afectados bastante desprevenidos.
Con la retirada definitiva de Afganistán por parte de las tropas aliadas y el consiguiente triunfo de los talibanes ha sucedido un poco lo mismo.
Mientras el mundo occidental se remojaba la barriga en las playas, los fundamentalistas islámicos han ocupado de nuevo el país prácticamente sin esfuerzo y, por lo menos desde fuera, casi como si se tratase de algo escrito en un destino inevitable.
Ha sido un proceso rápido pero esa rapidez, esa veraniega facilidad, como en el caso del principio de la primera guerra mundial, apenas puede encubrir que nos encontramos ante un evento geopolítico de importancia capital, cuyas drásticas consecuencias van a extenderse muchísimo más allá de las fronteras de Afganistán y de la región en la que el país está inscrito.
La derivada más evidente es la quiebra final de la capacidad de los Estados Unidos de América para ser la policía del mundo y mantener el orden que salió del final de la segunda guerra mundial. Una quiebra que se insinuó durante la administración Obama, que se hizo más profunda durante la errática administración Trump y que ha culminado con lo que parece la impotencia de Biden para seguir financiando una guerra que no avanzaba ni retrocedía y que, en cambio, desangraba a la juventud de un país sumido en una hondísima crisis a causa, entre otras cosas, de la pandemia.
Las consecuencias de los cambios en Afganistán, además, no han tardado en llegar a Austria.
Esta Pequeña República se encuentra integrada en la Unión Europea y la postura de los socios europeos, desde el principio de esta crisis, ha sido muy clara. Conforme a los valores humanistas que están en el ADN de la Unión y, quién sabe si también para tratar de controlar la perplejidad que produce en las altas instancias del poder la ausencia de una superpotencia de respaldo, las prioridades han sido claras: acogida de los refugiados y ayuda humanitaria para los perseguidos.
El Gobierno austriaco ha tardado cero coma en traducir esto en términos de política interior. Lo mismo que en España todos los programas se hacen tomando el nivel medio de una supuesta señora residente en Cuenca, las mentes pensantes del Partido Popular austriaco piensan siempre en el señor o la señora de Stinkebrunn que compra el Kronen Zeitung y lo lee después de la misa dominical.
El Gobierno se hace a la idea de que estas personas no tienen una buena opinión de los ciudadanos afganos residentes en Austria. Primero por extranjeros, segundo por musulmanes y tercero porque el Gobierno, siempre que está necesitado de un poco de empuje en los índices de popularidad, aprovecha para impulsar estereotipos bastante xenófobos a propósito de la comunidad afgana en Austria.
Recordemos por ejemplo, esta primavera, la constante criminalización de la comunidad afgana con motivo del crímen que pasó a conocerse como caso Leonie, y que hizo babear las fauces más siniestras de la ultraderecha austriaca. De la ultraderecha política y la que podríamos llamar la „ultraderecha sociológica“.
De vez en cuando y a modo de señales para esos lectores del Kronen Zeitung, el Gobierno hace gestos muy publicitados. Por ejemplo, expulsiones de personas residiendo ilegalmente en Austria o de criminales convictos. Naturalmente, afganos todos. Son ocasiones que se aprovechan incluso cuando esas expulsiones son imposibles, como ha sucedido en el transcurso del último mes, al ser la situación interior de Afganistán la que todos sabemos.
El mismo Kurz, ante la previsible ola de refugiados que es posible que empiece a llegar a las fronteras exteriores de la Unión Europea en un par de meses, en cuanto las mafias empiecen a hacer su trabajo, ya ha hablado de las dificultades que hay para la integración de la comunidad afgana en Austria. De creer a Kurz, Esta Pequeña República hace lo que puede y da todas las facilidades, pero si se lee entre líneas (y es seguro que los lectores del Kronen Zeitung leen entre líneas) hay, según Kurz, en los pobres afganos una maldad incurable, congénita y pertinaz que no les permite convertirse en ciudadanos pacíficos.
Asimismo, el Ministro del Interior, Karl Nehammer, también ha jugado con una de las fantasías predilectas de la derecha de todos los tiempos si es que nos atenemos al tema de la inmigración, que es la del llamado „efecto llamada“. Según Nehammer, la Unión Europea estaría dando señales cuyos efectos indeseados serían atraer a los afganos a territorio de la Unión (otra vez el estereotipo, tan caro a los malos, del refugiado cargado de hijos que chupa del bote de las ayudas sociales y piensa que en la Unión se atan los perrros con longanizas).
Como todos sabemos, sin embargo, en Austria gobierna una coalición entre conservadores y verdes, y la deriva de la situación en Afganistán también está sometiendo a la parte minoritaria del Gobierno austriaco a una gran tensión. Los verdes se debaten entre la responsabilidad institucional de mantener la estabilidad en un momento bastante delicado de la historia reciente austriaca (con el país sumido en un proceso de recuperación de la pandemia cuya salida aún es algo incierta) y, por otro lado, el verse forzados a aceptar sapos (las famosas expulsiones de ciudadanos afganos) que son muy difíciles de tragar para el votante verde medio, más próximo a lo que sería la postura oficial de la Unión que a las tesis del grupo de Visegrado.
De momento, ya los verdes ya han sufrido la primera baja: la que fue vicealcaldesa de Viena, Birgit Hebein, cuya posición ya era sumamente delicada después de que los socialdemócratas eligieran a los Neos como compañeros de los Verdes en el consistorio vienés, ha dejado que dejará la política próximamente. Por decepción con un proyecto político, el de los verdes, que se está desdibujando cada día más y que está sufriendo un desgaste cuya fuente está a varios miles de kilómetros de Viena.
Una fuente, por cierto, que va a seguir manando en los próximos meses.


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