Guarda a mamá en el sótano

Foto austriaca antiguaAustriacos, sótanos, cadáveres. Sin este recinto por debajo del nivel de la calle, es difícil entender el alma austriaca. En Innsbruck un nuevo episodio de la asociación entre Austriacos y sótanos.

11 de Septiembre.- Un factor imprescindible para entender lo que podríamos llamar el genio del alma austriaca son los sótanos.

Basta repasar la historia de este trozo del planeta para darse cuenta de que, sin eso que el diccionario define como „recinto de un edificio situado por debajo del nivel de la calle“ es difícil entender determinados hechos y a determinadas personas peculiares.

Sótano, se entiende, en sentido real y también en sentido metafórico.

Hasta que el bueno de Don Sigmundo (Freud) tuvo la bondad de poner el foco sobre él, la Humanidad vivía ajena a la existencia del inconsciente (el sótano de la mente). Qué decir también de los sótanos de la materia, que investigaron tan concienzudamente los físicos austriacos (como Wolfgang Pauli, del que hablábamos el otro día).

También, si tú tienes alguna relación afectivo-sexual con un aborígen (o „aborígena“) hay que tener un poquito de cuidado porque, a poco que te descuides, es más probable que menos que termines en el recinto famoso, sin ventanas y por debajo del nivel de la calle. A veces, con consecuencias desastrosas.

Tal cual le pasó, recordarán los lectores, a la desventurada familia de Fritzl, el llamado (con razón) Mónstruo de Amstetten.

El satánico caballero, que pasaba por ser un ciudadano respetable de su comunidad, tuvo a parte de su familia prisionera en el sótano de su casa durante dos décadas y, mientras tanto, les sometía a todo tipo de actos depravados.

Otro que también tenía querencia por los sótanos (un imán para la mente perturbada) era Prikopil -ese hombre con apellido de remedio contra la disfunción eréctil-. Recordará el lector que este Prikopil tuvo encerrada a una pobre criatura, Natascha Kampusch, hasta que la muchacha, como una princesa de cuento de los hermanos Grimm, se liberó de su captor y pudo gustar el fresco sabor de la libertad.

También da idea del magnetismo de los sótanos el hecho de que incluso los ciudadanos extranjeros, cuando viven en Austria durante un tiempo suficiente, quedan contagiados de esta „sotanomanía“ y adoptan comportamientos típicos de los aborígenes (científicos de todo el mundo pensaban organizar un congreso en Viena para discutir sobre este afecto „sotanal“ pero no pudo ser debido a la pendemia).

Recordará el lector el caso de la ciudadana celtíbera Estíbaliz C., apodada „La princesa de Hielo“ (aunque hubiera sido más correcto, pero menos horroroso, llamarla „La princesa del Helado“). Dicha ciudadana, muy mona de apariencia pero con el coco sumamente trastornado, mató a dos de sus maridos y los emparedó…!Bingo! En el sótano.

Un amable lector ha tenido la bondad de llamar mi atención sobre un episodio más de este rosario de asociaciones entre aborígenes y sótanos.

Y como uno está abierto siempre a las peticiones de los lectores y, por qué no reconocerlo, estoy hasta los mismísimos de escribir sobre el coronavirus (me llama el deber, pero es ya pesado el tema) he decidido recoger su sugerencia y explicar la historia de un caballero de Innsbruck el cual tuvo guardadita a su madre (difunta desde principios de 2020) en el sótano de su casa, al objeto de seguir cobrando la pensión de la pobre mujer y poder entregarse (seguramente) a la vida que presuntamente lleva C. Tangana, rodeado siempre de muchachas (buenorras) en bikini mostrando sus encantos.

La cosa fue así: resulta que la muerta recibía todos los meses su pensión en forma de cheque que le enviaban certificado.

El hijo explicaba que su madre estaba fatal de la cabeza y que no podía firmar el resguardo, firmaba él y asunto concluido. Hace unos días, sin embargo, el antiguo cartero se jubiló y llegó otro nuevo, más concienzudo. Presentó el cheque de la pensión a la firma, el hijo le dijo que su madre no podía firmar por estar impedida y entonces el cartero pidió ver a la pensionista para cerciorarse de que vivía.

El hijo le dijo que nanái y el cartero se llevó la carta sin firmar.

En el curso de las investigaciones, se descubrió que la mujer había muerto en 2020 y que su hijo, que era una ardilla, había preparado todo para poder mantener la muerte en secreto y darse, como queda dicho, la vida de C. Tangana con el dinero de la anciana.

Cuando su madre falleció, la guardó en el sótano con bloques de hielo que iba cambiando regularmente. Cuando el cadáver empezó a soltar fluidos, los retiró con dispositivos absorbentes y cuando la difunta caducó ya definitivamente, la cubrió con arena para gatos, lo cual tuvo el efecto de desecar el cadáver y convertirlo en una momia dispuesta a afrontar la eternidad con el mismo brío que la de Tutankamón.

Cuando su hermano venía a ver a su madre, el momificador le decía que estaba ingresada en el hospital pero que no se la podía visitar (la pandemia le ayudó, claro) y el hermano le creía sin sospechar que su madre descansaba –es un decir- en el sótano de la casa familiar.

Según informaciones recogidas por la policía la mujer falleció, al parecer, de muerte natural en presencia de su cuidadora, una ciudadana rumana a la que se está buscando. La rumana informó al hijo de que su madre había iniciado el viaje del que no se vuelve nunca y luego tomó la del humo en dirección a su Rumanía natal.

La policía acusa al ciudadano de Innsbruck de fraude a la seguridad social, al haber percibido indebidamente cincuentamil machacantes y también de perturbar el descanso de los muertos, delito penado por la legislación austriaca.

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