Mujeres de Austrias tomar (1): Elisabeth Petznek: la archiduquesa roja

El 8 de Marzo es el Día de la Mujer, una excusa tan buena como otra para repasar las biografías de algunas austriacas sobresalientes.

7 de Marzo .- El 2 de Septiembre de 1883 nació en Laxemburg la archiduquesa Elisabeth de Austria-Hungría, no confundir con su abuela, la emperatriz.

Elisabeth era hija de Rodolfo y de Estefanía de Bélgica un matrimonio que, mientras duró, solamente se llevó regular. A lo mejor porque él la contagió a ella de sífilis y ella no se lo perdonó jamás en la vida. O a lo mejor porque él era más bien viva la vírgen y ella, como buena belga, había salido rezadora.

Cuando nuestra heroína tenía 6 años, en 1889, su padre Rodolfo, único heredero varón del emperador Paco Pepe, se voló la tapa de los sesos en compañía de su amante, la jovencísima Maria Vetsera.

Reacción de sus abuelos: Sissi, volverse (más) loca (todavía) de lo que ya estaba y Francisco José, poner en la finca de Mayerling un convento de monjas carmelitas. En donde está hoy el altar mayor de la Iglesia, por cierto, estaba la cama en donde los dos pobres desgraciados se mataron.

Unas maneras, como puede verse, muy sanas de pasar el duelo por la pérdida de un ser querido.

Ya fuera por la pérdida precoz del padre o porque se dio cuenta de cómo estaban de mal todos los suyos, o porque se manifestaron en la pequeña Elisabeth los genes de una familia que no estaba muy en sus cabales (no había que perder de vista a toda la parentela de Sissi, que estaba casi toda para que la encerrasen) la muchacha pronto empezó a hacer lo que le salía de la peineta.

Su abuelo quería que se casara con el príncipe heredero de Alemania pero Elisabeth debió de informarse y como los Hohenzollern también estaban fatal del casco terminado en pincho, declinó la oferta (nein, danke) y eligió a un noble, Otto zu Windisch-Graetz por marido.

A Paco Pepe no le vino bien, claro. Pero cuando a Elisabeth, entonces de 18 años, se le metía algo debajo de la tiara no había quien se lo quitase y el emperador terminó accediendo aunque para la boda le ascendió a príncipe para compensar un poquito la falta de pedigrí del novio.

Pero la vida le tenía guardada a nuestra archiduquesa algunas aventuras. Menos mal que su abuelo, el emperador Paco Pepe, se murió a tiempo de no saberlas. Si no, le hubiera dado una embolia al pobre hombre.

El compromiso se hizo público en 1900, un año que fue transcendental en la vida de Elisabeth por otras razones y es que su madre, Estefanía de Bélgica se casó con un conde húngaro. Este matrimonio selló para siempre la brecha que separaba a la madre y a la hija. Una brecha que, aunque solo hubiera sido de carácter, ya habría sido suficientemente grande (Estefanía de Bélgica era una señora muy conservadora y su hija ya hemos visto cómo se las gastaba, más del rollo del padre) por si esto fuera poco, además, Elisabeth culpaba a su madre del trágico final de su padre y, a partir de su segundo matrimonio, dejó de tener contacto con ella mientras que recordaba cada año el aniversario de lo que, en su día, se llamó “la tragedia de Mayerling”.

LA ETERNA INSATISFECHA

A Elisabeth su propio matrimonio no le salió gratis. El emperador Paco Pepe aceptó a condición de que renunciase a todos sus derechos como miembro de la familia Habsburgo-Lorena. Entre ellos, por ejemplo, Elisabeth renunciaba al fondo de emergencia que los Habsburgo tenían para el caso de que alguno de los miembros de la familia tuviera un aprieto económico. La boda se celebró en 1902, en la capilla del Hofburg (la misma en la que cantan todos los domingos los famosos niños cantores de Viena, por cierto). La novia tenía 18 años  y se sentía, por primera vez en su vida, libre.

El matrimonio, aunque tuvo cuatro hijos, no fue muy feliz debido, quizá, al fortísimo carácter de los cónyuges. Se sucedieron infidelidades y ataques de celos por las dos partes e, incluso, corre la leyenda de que, en cierta ocasión, Elisabeth pilló a su marido en plena batalla amatoria con una amante y que se lió a tiros con la querida de su esposo.

En 1911, Elisabeth le compró a un sobrino del emperador el castillo Schönau, el cual hizo alhajar ricamente. Para entonces, las batallas de platos voladores de la nieta del emperador con su marido eran un secreto a voces que empezaba a transcender. Para acallar los rumores, Elisabeth pasaba los inviernos con sus niños en Istria (una táctica que antes le había funcionado fenomenal a su abuela Sissi, la de poner tierra de por medio).

En estas escapadas junto al mar, conoció a un caballero llamado Egon Lerch, marino mercante, con el que tuvo una “amistad especial” hasta que el pobre fue herido de muerte durante la primera guerra mundial y se fue al fondo del mar con su submarino. Corría 1915.

Divorcios, pitotes y piquetes

En Agosto de ese mismo año, Elisabeth, hasta la peineta de su marido, le pidió la separación. Como sucedía con aquel tipo de asuntos de familia, se necesitaba el permiso del anciano emperador. Gran problema. Paco Pepe era un hombre de profundas convicciones religiosas  y no cedió, así que Elisabeth y su marido tuvieron que continuar como hasta entonces, seguramente poniéndole dos velas negras al abuelo para que cascase cuanto antes. En 1916, cuando sus plegarias fueron escuchadas y la vida del emperador hizo chimpún, desapareció el último obstáculo que impedía la disolución del matrimonio.

A la muerte del emperador se produjeron enormes enfrentamientos entre Elisabeth y su marido por la custodia de los hijos. Estos pleitos no se resolvieron hasta que, en 1924, los jueces terminaron fallando, como solía ser el caso en aquellos momentos, a favor del marido. Los hijos reaccionaron desesperados y se negaron en redondo a irse a vivir con su padre. Se montó un pitote monumental. Para entonces, Elisabeth ya era muy conocida por sus simpatías socialdemócratas, así que, cuando llegó el juez acompañado de 22 gendarmes(¡!) para llevarse a sus hijos con el padre, un piquete de más de cien trabajadores (otra vez ¡!) bloqueó la entrada del Schloss Schönau impidiendo que se consumara el hecho. El padre interpuso un recurso que fue, finalmente, desestimado por los jueces y los críos se quedaron con su madre.

El mundo de la posguerra mundial

Para nosotros, personas del siglo XXI, quizá sea muy difícil darse cuenta del trauma que supuso el final de la primera guerra mundial para los países vencidos y la manera en que la modernidad entró a saco en estructuras que parecían hechas para durar mil años (y que, en algunos casos, habían durado mil años).

Por lo pronto, en 1919, la recién nacida república austríaca abolió los antiguos títulos nobiliarios imperiales. De esta forma, nuestra heroína pasó de ser princesa a ser la Sra. Windisch-Graetz.

La verdad es que no parece que a ella le molestara mucho. Siguiendo quizá la llamada de la genética, la cual había llevado a su padre, Rudolf, a enfrentarse con su abuelo, la antigua archiduquesa se confirmó en el camino de la rebeldía y renegó progresivamente de la aristocracia en la que había nacido. Como a la líder indígena y premio Nobel Rigoberta Menchu, los nuevos tiempos hicieron que a Gisela “le naciera la conciencia” (política, en este caso). En 1921, durante un mítin socialdemócrata conoció al que más tarde sería su marido, el maestro y diputado Leopold Petznek, con el que inició rápidamente una relación amorosa.

Su alteza imperial, la camarada

La archiduquesa Elisabeth abrió entonces el parque de su palacio, Schloss Schönau a los niños de las barriadas obreras que lo circundaban y sembró una huerta de la que sacaba frutas y verduras que daba a las familias necesitadas. En octubre de 1925 ingresó en el partido socialdemócrata y se convirtió en una participante activa en sus actividades. Divertida contaba que, a veces, las “camaradas” a las que ayudaba con comida o cuidándoles a sus niños, no podían evitar intimidarse por su augusta presencia y llamarla “su alteza imperial”

Dos años más tarde, se produjo uno de esos encuentros inusitados que solo se dan en épocas convulsas. En 1927 Elisabeth acudió con su hija Stephanie Leonore a un mítin socialista y conoció al que años (y guerras) más tarde, sería el canciller de la República Austriaca, Bruno Kreisky. Fue un flechazo. La antigua archiduquesa, a la que se conocía como “la princesa roja” o “la archiduquesa roja” y el inteligentísimo Kreisky quedaron absolutamente encantados el uno con el otro y sintonizaron políticamente desde el minuto uno. De hecho, se convirtieron en íntimos hasta la muerte de Elisabeth.

Últimos años

Los tiempos sin embargo estaban para poco. Austria se encontraba cada vez más polarizada y, a la república izquierdista de los momentos posteriores a la primera guerra mundial le siguió el llamado “austrofascismo”. La socialdemocracia fue expulsada del panorama político y condenada a la clandestinidad. Petznek, el compañero de Elisabeth fue encarcelado por la dictadura católico-filofascista del canciller Dolfuss, cosa que se repetiría en 1944, cuando el pobre hombre fue internado en el campo de concentración de Dachau. No fue hasta el final de la guerra en 1945 cuando Elisabeth y su amor más duradero pudieron, por fin, contraer matrimonio. Sucedió el 4 de mayo de 1948.

Los últimos años de la pareja fueron más bien melancólicos. Petznek murió en 1956 (fue durante un par de años presidente del Tribunal de Cuentas de la recién nacida segunda república austríaca) y Elisabeth se fue retirando cada vez más de la vida pública, particularmente desde que un severo reúma la condenó a una silla de ruedas. Murió en 1963 a los 79 años. En su testamento dejó todas sus propiedades a la ciudad de Viena y cuidadosamente reglados todos los pormenores relativos a su entierro y a su sepultura. Dejó encargado expresamente que sería inhumada con modestia junto a sus dos hijos fallecidos antes que ella en el cementerio de Hütteldorf y allí se encuentra (Grupo 2, hueco G72 de ese camposanto).

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