El barón sanguinario (2): carnicerías y revolución

Un mundo que se derrumba es el sitio ideal para una persona para quien la guerra es más que un estilo de vida.

La primera parte de esta historia está aquí.

Eureka. Ungern, asignado al regimiento Nerchinsk, se presenta voluntario a las más peligrosas misiones. A caballo, lidera incursiones guerrilleras en territorio enemigo. Se adentra en tierra de nadie como explorador. No le importa la dureza de las condiciones de vida. Muestra un valor casi suicida en sus acciones. Desconoce el miedo. Siente al fin sus impulsos, tan inadecuados para tiempos de paz, legitimados. Se enorgullece. La sangre guerrera de sus ancestros corre por sus venas.

Quizá a causa a esa misma temeridad, Ungern es uno de los apenas 10,000 soldados rusos que, bajo las órdenes del General Samsonov, sobreviven a la batalla de Tannenberg. Cien mil fueron hechos prisioneros y treinta mil murieron a manos del ejército alemán de Hindenburg y Ludendorff. Una humillante derrota, pero la guerra continúa. Entre 1914 y 1916, combate en el este de Prusia, en Galicia y los Cárpatos. Le hieren cinco veces.

Y pese a su denodado valor y sus múltiples condecoraciones, Ungern no asciende en el escalafón militar con la velocidad que amerita. El General Piotr Vrangel, un alemán del Báltico bajo cuyo mando combatió Ungern entre 1916 y 1917, vio a Ungern por lo que era: un soldado que encontraba en la guerra su elemento natural, pero zafio, ignorante e incapaz de las sutilezas que se esperan de un oficial. Su ascenso a capitán se retrasaría hasta 1916.

Sin embargo, sus demonios no tardarían en reaparecer. Durante una borrachera, Ungern golpeó a otro oficial por un asunto trivial. Su aristocrático desdén por la burocracia y su no menos aristocrática exigencia de que todo se subordinase a las necesidades del ejército (es decir a las suyas personales), le lleva a un consejo de guerra. Dos meses en la cárcel y licenciamiento. Ungern, frustrado, pasa a la reserva.

No tarda en mover hilos e influencias y acaba por ser destinado al Caucaso, cerca del Lago Urmia, en el noroeste de Irán. Allí conoce al capitán Grigori Semenov, que será una persona clave en su vida. Mitad buriato, mitad cosaco, Semenov es el anverso de Ungern: elocuente, encantador y culto. Comparten la valentía en el campo de batalla y la mutua fascinación por Mongolia. Se harán inseparables.

El lago Urmia era uno de los frentes olvidados de la Primera Guerra Mundial. Desde 1915 las tropas turcas estaban masacrando a miles de cristianos asirios en el área con la excusa de que habían permitido ser reclutados por los rusos. Los que no eran fusilados, descuartizados o arrojados por barrancos, morían en las marchas de la muerte de hambre o enfermedad. Lo mismo sucedía en otras zonas del Imperio Otomano con los armenios. Ungern planeó crear un regimiento asirio que, motivado por un deseo de venganza, ayudase a Rusia en su lucha contra los turcos. El plan quedó en nada y los asirios fueron abandonados a su suerte después de la revolución de 1917.

Sin embargo, la idea de Ungern inspiró a Semenov a crear un regimiento buriato. Ambos estaban convencidos de que la salvación de Rusia estaba en los pueblos nativos del oriente.

En marzo de 1917, el Zar Nicolas II abdicó y Alexander Kerenskii asumió el poder en un gobierno provisional. Para un creyente en la monarquía y el zar como Ungern, aquello fue un revés sin igual. Más flemático, Semenov pidió permiso al gobierno provisional para formar un regimiento buriato y le fue concedido. La pista de Ungern entre marzo y noviembre de 1917 se desvanece. No se sabe si visitó a su familia, viajó con Semenov a Transbaikalia, o estuvo involucrado en un fallido golpe de estado.

Y los bolcheviques toman el Palacio de Invierno en octubre.

Para Ungern fue el apocalipsis. Su mundo se venía abajo. Laicos y antimonárquicos que expropiaban tierras de la aristocracia, alababan al campesinado y firmaban la paz con Alemania cediendo grandes territorios por los que él había combatido. Además, había, según él, un gran número de judíos entre sus dirigentes. Sus creencias se vieron no ya cuestionadas, sino amenazadas. Para él, combatir a los bolcheviques no era una cuestión de ideología, sino algo más importante. Era la lucha entre absolutos. Era una cruzada.

Ungern partió hacia Dauria para unirse a Semenov y convertir Siberia en un bastión de resistencia antibolchevique. Comenzaba la guerra civil rusa.  

A pesar de sus ambiciones de formar un regimiento, carecían de recursos. Eran un total de ocho hombres y con esos mimbres y un farol comenzó la contrarrevolución en el extremo oriente ruso. Con el beneplácito de las autoridades chinas y la habilidad de Ungern para llevar la violencia al extremo en un pestañeo, desarmaron a una guarnición rusa amotinada en la frontera entre China y Rusia. El éxito les reportó la aprobación de China, que, debilitada, les dejaría hacer sin interferir, y atrajo a buriatos, mongoles, y cosacos, que se unieron a la División Especial Manchuria.

En la porosa frontera donde operaban Ungern y Semenov, la Transbaikalia, confluían distintos intereses. No era fácil navegar las procelosas aguas de la política de la época. China, con la caída de la dinastía Qing, se había convertido en un país débil controlado por señores de la guerra, pero aún ejercía su influencia allende sus fronteras. Mongolia se había independizado en 1911, pero era un estado débil aún bajo la égida china y el gobernante, el Bogd Khan, hacía precarios equilibrios entre las potencias regionales para mantenerse en el poder. Y, finalmente, Japón, vencedor de la guerra rusojaponesa, tenía ansias expansionistas y veía la guerra civil rusa como una oportunidad para consolidar su poder e influencia en Asia.

Además, Ungern y Semenov, especialmente este último por sus orígenes plebeyos, tenían que aguantar el desdén, la envidia, y las zancadillas de otros generales del ejército blanco, más inclinados a la conspiración de salón que a la guerra. Sin embargo, su arrojo había convertido a la División Especial Manchuria, que libraba a caballo una guerra entre la guerrilla y el bandolerismo, en una de las pocas fuerzas operativas y autónomas del ejército blanco.

Ignacio Delgado es escritor y periodista, ha trabajado con diversas organizaciones no                                    gubernamentales y, tras pasar por Austria, Egipto y Kurdistán, ahora reside en Colombia.

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