Romy Schneider, 40 años de la muerte de una mujer libre (2)

En estos días hará cuarenta años de la muerte de Romy Schneider. Una mujer tan hermosa como desgraciada y hambrienta de amor. Esta es su historia.

La primera parte de esta historia está aquí

25 de mayo.- En los pocos meses transcurridos entre el final del curso 1952/1953 y la nochevieja, la vida de Romy Schneider cambió para siempre.

Entre septiembre y principios de noviembre, Romy Schneider interpretó su primer papel cinematográfico, en una película de evasión bastante olvidable que hoy se recuerda solamente porque ella participó en el metraje. En aquella posguerra, aún dura y oscura, el público demandaba aquellas historias (un poco como hoy, cuando los amigos te piden recomendaciones de cosas “para no pensar”). Aquellos filmes se producían casi en cadena. De aquella rapidez da idea de que “Cuando vuelvan a florecer las lilas blancas” se estrenó solamente dos semanas después de que terminara el rodaje, en Stuttgart. En diciembre de 1953, cuando el resplador de los flashes de los fotógrafos aún no se había disipado, Magda Schneider se casó con el empresario Hans Herbert Blatzheim.

En mayo de 1954, Romy Schneider empezó a rodar Feuerwerk (fuegos artificiales), otra película intrascendente.

Fue durante este periodo en donde Romy Schneider tuvo otro encuentro trascendental para su carrera. El avispado Ernst Marischka, vienés, otro profesional que había pasado sin grandes problemas la aduana del fin de la segunda guerra mundial, estaba ya buscando una actriz para interpretar la protagonista de la que, a la postre, sería una especie de ensayo general de las películas de Sissi. Se trataba de “Los jóvenes años de una reina” cuya protagonista era la reina Victoria de Inglaterra en una biografía con pocos contactos con la realidad.

La película era una nueva versión en color de otra de Marischka de 1936 (de hecho, una especialidad de Marischka eran estos refritos y reciclajes de su propia obra). La protagonista en la que Marischka había pensado era otra, pero durante una comida en Munich conoció a Romy Schneider, entonces una muchacha de dieciséis años y su innegable olfato le hizo cambiar de opinión.

La película funcionó pero fue el siguiente film de Schneider, Die Deutschmeister, el que la catapultó al estrellato. Y la menor de las razones no fue por el morbo que produjo en el público germanoparlante de 1955 el hecho de ver en la misma película a Wolf Retty, a Magda Schneider y a su hija Romy.

No es arriesgado decir que la película fue vital para la carrera futura de Romy Schneider y también consiguió sepultar bajo una gruesa capa de merengue y almíbar el pasado nacionalsocialista de sus padres.

Nadie estaba preparado para el siguiente bombazo: la fama mundial. Y vino de la mano de Sissi, la emperatriz de Austria.

SISSI: EL DIFUSO LÍMITE ENTRE LA MALDICIÓN Y EL ÉXITO

A principios de 1955, nuestro avispado Marischka ya había vuelto a fichar a la madre y a la hija para otro refrito, esta vez de una vieja obra de teatro que, en su momento, había protagonizado Paula Wessely y en a que también había hecho sus pinitos la propia Heddy Lammar.

La preproducción de Sissi empezó a primeros de 1955. Respaldando a la joven Romy Schneider, una troupe de solventes actores teatrales y como galán, Karl Heinz Böhm. Se trató de una superproducción en la que no se escatimaron costes y la relación entre Böhm y Schneider fue muy amistosa y se limitó solo a lo profesional.

El éxito fulminante y arrollador de las películas de Sissi puso a Romy Schneider bajo la férula de su padrastro, el cual administró su carrera y esquilmó sus ingresos, haciendo constantes trasvases para enjugar las pérdidas de sus negocios. Según confesó la propia Romy más tarde, su padrastro también abusó de ella sexualmente.

La tiranía profesional y personal de Hans Herbert Blatzheim frustró varias líneas de evolución de la carrera de Romy Schneider. Rechazó un papel con Luis Buñuel y también ofertas de los estudios de Hollywood. Sissi era una máquina de hacer marcos (alemanes) pero Romy Schneider no quería repetir papel. Al final, presionadísima por su padrastro, aceptó rodar la segunda parte de la trilogía, Sissi emperatriz, a cambio de poder hacer películas más cercanas a sus preferencias.

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