La cuarentena acaba en Austria y nadie está contento

No es probable que en casa del ministro de sanidad austriaco haya un ambiente relajado. Y todo por el fin de la cuarentena, que se ha anunciado hoy.

26 de Julio.- En casa del ministro de sanidad austriaco, Sr. Raucher, se han debido de producir estos días diálogos parecidos a este:

Ministro (con ánimo conciliador): churri, te noto un poco rara.

Esposa del ministro (tratando de disimular que, si pudiera, le tiraría a la cabeza la vajilla completa de Augarten): ¿Rara? ¿Por qué, rara? No sé qué me ves tú rara.

Ministro: tú a mí no me mientes. Tú estás rara por lo de la cuarentena.

Esposa del ministro: ¡Por lo de la cuarentena! !Ja! !Otras cosas hacen falta para que yo me ponga de morr…Digo rara!

Ministro: tenemos que hacerlo, cariño. Tenemos que hacerlo. Algún día tenemos que acabar con las cuarentenas y aprender a vivir con esto…

Esposa del ministro: ¿Con esto? !Valiente manera de llamar a una pandemia! Cuando yo te conocí no eras…No eras así. De tanto andar con conservadores…(con intención) al final se te ha terminado pegando. Lo siento, cariño. Pero estás hecho un neoliberal de tomo y lomo.

Ministro: !A mí no me llama neoliberal ni mi madre! !Vamos!

Esposa: un neoliberal al servicio del gran capital. Hala, ya está. Se tenía que decir y se dijo.

Ministro: (probando con la ternura) churri…Convéncete. Es lo mejor. Schatzi, mujer, no te pongas así…

Esposa del ministro: !Anda, quita esa mano, cacho neoliberal! Lo mejor, dice. Bueno, tú haz lo que quieras.

Ministro: (haciendo lo que hacemos todos cuando sabemos que nuestros esfuerzos de reconciliación va a ser infructuosos) entonces ¿Te parece bien?

Esposa del ministro: te acabo de decir que hagas lo que quieras. Y ahora, déjame ver la tele, que están echando un krimi muy bueno.

Conversaciones como esta pasan en todos los matrimonios, es cierto. Pero en este caso tienen su miga porque el marido es el ministro de sanidad de la nación y la esposa es la consejera de sanidad del Tirol. Para más ardor, la consejera de sanidad y, además, socialdemócrata.

El ministro arriesga la paz de su matrimonio

El ministro Rauch ha debido de pensar que ya se le pasará a su santa, porque ha anunciado hoy en la sede de su ministerio la ordenanza que termina con la cuarentena de cinco días en Austria.

A partir del 1 de agosto, fecha en la que entra en vigor la ordenanza famosa, el coronavirus pasa a ser hasta nueva orden como cualquier otra enfermedad, pongamos los juanetes o la dolorosa salida a la superficie de la muela del juicio.

O sea: el que esté malo, que se quede en su casa. Y el que esté bueno, o tenga síntomas compatibles con el jolgorio y el trabajo !Hale! !A la calle! A producir, que está la cosa muy mala.

Eso sí, a la calle con la mascarilla puesta, para no andar esparciendo por ahí los virus.

Esta es la norma básica. Como siempre, hay excepciones: si las personas humanas guardan con otras personas humanas una distancia de más de dos metros, podrán desprenderse de la mascarilla.

En principio, si van a locales no podrán comer y beber, actividades ambas, como es de sentido común, incompatibles con llevar mascarilla.

Ahora bien, si uno está en una terraza de un bar o “misilar” podrá quitarse la mascarilla y darle al comercio y al bebercio, y a su cuerpo alegría, Macarena.

En la oficina, como es un interior, el pachucho debería llevar la mascarilla puesta.

Una norma que no le ha gustado a nadie, lo que se dice a nadie

Como vivimos en unos tiempos en los que los gobernantes, por hache o por be, solo pueden elegir entre el mal “menos peor”, lo cierto es que la nueva norma no le ha gustado a nadie.

Los “aperturistas” (básicamente la extrema derecha) dicen que no sistemáticamente (porque la norma, además, contempla diversas medidas de protección a personas vulnerables, como por ejemplo que los infectados no puedan entrar en las residencias de ancianos y hospitales). Aquellos que, como el Gobierno de Viena y los científicos más solventes, piensan que no es momento de abrir la mano, porque encuentran la norma demasiado jaranera.

Los científicos (decíamos ayer) también la ven mal y los abogados, y entendidos en derecho, que también tienen el deber de dar su autorizada opinión, tienen serias dudas de que la norma no sea ya, desde antes de aprobarse, papel apto para ser utilizado para limpiar el extremo sur del cuerpo humano.

Por un lado. Imagínese usted al típico cenutrio (hay, por lo menos, un veinte por ciento de la población austriaca que se corresponde con esta descripción) que, aún sabiéndose infectado, decide que la mascarilla es una injerencia intolerable del Estado y que, si la tía Hannelore, que tiene noventa años y un bypass, se contagia y la casca, mala suerte.

¿Quién va a controlar a semejantes acémilas?

Por otro, en el trabajo, los empresarios tienen, por ley, la obligación de garantizar a los trabajadores un entorno saludable, en el que no caigan enfermos ¿Cómo se va a garantizar esa seguridad?

Hay gente muy inteligente que ve la cosa muy negra.

O sea, que a lo mejor, el ministro y su esposa habrán pasado una crisis matrimonial para nada.

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