Estatua de Josef Haydn en Viena

«Adiós con el corazón», dijo Haydn

Estatua de Josef Haydn en Viena

Hoy, día del trabajador, contamos la historia de la más hermosa reivindicación laboral de la que se tiene noticia. Pasó en Austria.

1 de Mayo.- Hoy es el primer día del mes de mayo. En la mayoría del mundo civilizado, esta jornada se aprovecha para recordar la importancia de uno de los motores fundamentales de la economía (mientras la Inteligencia Artificial no diga lo contrario): el trabajo.

O sea: usted, yo, y todos aquellos que comparten con nosotros la circunstancia de no ser parientes de Amancio Ortega o de Elon Musk (en el segundo caso, casi se diría que afortunadamente).

Se organizan manifestaciones en las que, como está mandado y es sanísimo, se corean rimas llenas de fuerza pero de una calidad  espantosa, en las que se pone a caldo a los empresarios (ojo: a los empresarios de verdad, no a esos muertos de hambre con ínfulas que se describen a sí mismos como “emprendedores” y que no son más que los perdedores de la tómbola de la economía).

En Viena, se canta La Internacional (en esta edición del desfile del orgullo socialdemócrata, también ha habido pitos y abucheos entre facciones rivales, lo cual no deja de ser muy triste).

El folklore alrededor del primero de mayo, sobre todo para quienes nos sentimos trabajadores, no deja de ser entrañable y es el resultado de una cierta tradición. Y, como cualquier tradición, se ha ido formando con el paso de las décadas hasta adquirir la forma actual.

Ha sido un proceso largo, este de crear vías de comunicación entre los empresarios y los trabajadores, durante el cual las partes han tenido que encontrar cauces para entenderse. Un proceso lleno de accidentes y, como sabe todo el mundo, no siempre pacífico.

Hasta llegar hasta hoy, y antes de que hubiera interlocutores sociales, cada uno utilizaba su poder de negociación de la manera que mejor podía (los que tenían la sartén por el mango, ya se sabe cómo y los trabajadores utilizando los medios que les dejaban).

Hoy, pasaremos revista a una de las reivindicaciones laborales más finas y hermosas de las que la Historia tiene noticia.

Tendrá que retroceder el lector hasta el verano del año 1772.

La familia Esterhazy, la versión dieciochesca de los capitalistas de chistera y leontina, gustaba de pasar los veranos en sus posesiones de Esterhaza, en Hungría la bella. Como todos nosotros, a los Esterhazy les gustaba llevarse la música con ellos -ahora, como entonces, unas vacaciones sin música y baile no son vacaciones-. Nosotros nos llevamos el móvil con nuestras músicas favoritas o el reproductor de Mp3 o de cedés. Pues bien: los Esterhazy, a falta de otras tecnologías, se llevaban una orquesta con ellos y a su criado, Josef Haydn.

Por cierto, los músicos iban solos, porque sus patrones pensaban, como Bernarda Alba, que los pobres “están hechos de otras sustancias” y, por lo tanto, ni sienten ni padecen la separación de sus familias. Las mujeres y los chiquillos de los músicos que servían a los Esterhazy estaban en Eisenstadt -bonita ciudad, marco incomparable de belleza sin igual en lo que hoy es Burgenland.

Se conoce que el verano de 1772 fue particularmente agradable y los Esterhazy, pasando ampliamente de lo que pudieran pensar sus músicos, prolongaban su estancia en Esterhaza. Pasaban los días y los músicos estaban -lógicamente- hasta los mismos huevos y deseaban marcharse a su casa a achuchar a sus parientas y a ver si sus niños habían crecido durante los meses del verano.

Manifestaron su descontento al jefe, Josef Haydn. Haydn, que debía de ser un pedazo de pan, debió de prometer tomar cartas en el asunto.

-Dejadlo en mis manos, hijos míos -debió de decirles.

Haydn compuso una sinfonía (la número 45 de las suyas, la llamada “sinfonía de los adioses”), que se estrenó ante el (coñazo del) príncipe Esterhazy y su familia.

En el último movimiento, en el adagio final, los músicos, después de tocar un pequeño solo, fueron saliendo del escenario ordenadamente, hasta que solo quedaron en escena  el propio Haydn y el concertino, Alois Luigi Tomasini, tocando sus violines en sordina.

Según dice la historia, el príncipe Esterhazy pilló la indirecta y al día siguiente hizo las maletas y volvió a Eisenstadt, de manera que liberó a sus músicos que pudieron !Por fin! Volver con sus familias.

No consta que hubiera represalias contra Josef Haydn, el cual, forzoso es decirlo, había llevado al cuestion con sumo tacto, ni contra ninguno de sus músicos.

No siempre es fácil. A veces, para hacer una tortilla, no hay más remedio que cascar los huevos (con perdón). Véase Francia.

TRABAJAR EN AUSTRIA

Ayer, en La Tarde en Directo, tratamos de conestar a tres preguntas básicas: Es fácil encontrar trabajo en Austria? Trabaja la gente de lo que estudió? Qué consejo le darías a los recién llegados?


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