Viena. Bandera de la Unión Europea en la presidencia del Gobierno austriaco

Los 27 llegan a un acuerdo

Viena. Bandera de la Unión Europea en la presidencia del Gobierno austriaco

Los gobiernos de los 27 se han puesto de acuerdo (o así) sobre una cuestión que también preocupa mucho en Austria: los refugiados.

9 de Junio.- En la segunda mitad del siglo XVIII, empezó a gestarse el que, quizá, es uno de los experimentos socioculturales más grandes de la historia de la Humanidad. Todo indica que al principio los impulsores del experimento querían una cosa pero que, sin que pudieran preverlo, el asunto se les fue de las manos.

Fue así: durante el llamado siglo de las luces, las clases altas europeas se dieron cuenta de que, para que unos países tuvieran más oportunidades de imponerse a otros, no había más remedio que enseñar a los pobres a leer y a escribir. La cuestión se disfrazó, como es natural, con un barniz de progreso y utopía, pero el objetivo principal era este. En Austria, fue la emperatriz Maria Theresia la que dió el pistoletazo de salida, obligando a que todos los niños sin excepción fuesen a la escuela. En España tardamos un poco más, pero lo mismo.

Europa se convirtió, de esta manera, en el único lugar del mundo en el que todo el mundo sabía leer. Y así es hasta hoy. En el siglo XXI, los científicos han descubierto que esta peculiaridad de la sociedad europea ha producido cambios duraderos en el cerebro de los habitantes del continente. Cambios que les diferencian de otros habitantes del planeta en cosas tan importantes como la percepción del tiempo -por ejemplo, los europeos somos los únicos que tenemos metáforas que relacionan tiempo y dinero, como “perder el tiempo”, “el tiempo es oro”- y también del espacio.

La avidez de lectura de los europeos hizo que las ideas se convirtieran en fenómenos de masas (para lo bueno y para lo malo) y también es probable que este continente de lectores compulsivos -todos, hasta los que no han leido un libro en su vida, leemos muchísimo todos los días- fuera más fácil de organizar económicamente. Así pues, gracias a aquellos déspotas ilustrados, Europa es, hoy por hoy, una isla de riqueza (especialmente su parte occidental) rodeada de un mar de lugares más pobres. Eso sí: como en los sótanos de nuestro encéfalo está aún el cerebro reptiliano, debajo de todo nuestro desarrollo, de toda nuestra tecnificación, está el despotismo de la ilustración. Su clasismo, muchas veces cruel. Como hubiera dicho Maria Theresia: “los pobres, en sus países; nosotros, los ricos, aquí tranquilamente”.

Los 27 países de la Unión se han reunido en Luxemburgo para tratar de poner fin a una contienda que lleva envenenando las relaciones de los miembros de la Unión desde, por lo menos, el año 2015. Exactamente: qué hacemos con los migrantes que, atraídos por el oropel de nuestra riqueza, intentan entrar a la Unión.

Se ha llegado a un acuerdo que, como era previsible, no le ha gustado absolutamente a nadie.

 

Básicamente, el acuerdo se desarrolla en dos tiempos. Cuando la persona migrante llega a las fronteras exteriores de la Unión y pide asilo, se registra su llegada, prestando especial atención a su procedencia. Las personas procedentes de países que cuentan con muchas personas refugiadas en la Unión (por ejemplo, Afganistán) pasan por un proceso como hasta ahora. Aquellas procedentes de países considerados seguros y en las que no reinan circunstancias de persecución política o religiosa (por ejemplo, Túnez o Marruecos) serán retenidas en lugares similares a prisiones en las fronteras exteriores de la Unión y pasarán por un proceso de evaluación rápido (doce semanas). Pasado este trámite, podrán ser expulsadas de la Unión.

Esto no regirá -parece ser- con los menores de edad que hayan llegado solos a las costas europeas.

El propósito de esto es disuadir a quienes quieran intentar entrar en la Unión por motivos tales como estarse muriendo de hambre en sus países.

En el segundo tiempo: imaginemos que una persona obtiene el estatus de refugiado: por ejemplo, una familia afgana con dos niños pequeños.

¿Qué hacer con ellos? Hasta ahora, había un mecanismo de distribución de refugiados por la Unión Europea. Unas cuotas. Unas cuotas que no funcionaban porque los países (por ejemplo, Hungría) podían rechazar a los refugiados (como, de hecho, hacían). Esto hacía que hubiera países con un alto número de refugiados (Austria, por ejemplo) y países con casi ninguno (de hecho, los más racistas, como Polonia y Hungría).

Para evitar esto, a partir de ahora, aquellos países que no quieran acoger refugiados tendrán que pagar a los que sí acojan. Los 27 han acordado un coste por persona refugiada de 20.000 Euros.

Polonia y Hungría, regidos ambos por gobiernos de extrema derecha, han puesto el grito en el cielo, acusando a la Unión Europea de querer transformarles a la fuerza en “países receptores de inmigrantes” (recuerde el lector, el famoso bulo ultraderechista de “la gran sustitución”).

Los gobiernos tanto de Austria como de Alemania han mostrado su preocupación sobre lo que puede pasar con las familias con niños pequeños, niños que pasen de la escuela a estas estructuras de internamiento parecidas a cárceles.

En cualquier caso, este acuerdo no es ninguna ley. Antes tendrá que pasar por el Parlamento. No cabe veto, pues bastará una mayoría suficiente y no la unanimidad para aprobarlo.

Quizá nuestros políticos demuestren en el futuro que, nuestra larga tradición lectora, también nos ha traído cosas buenas.

 


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