Anton Bruckner: más raro que un perro verde

Como está mal cachondearse de un homenajeado, la ORF pasó por alto algunos rasgos digamos…” peculiares” de Anton Bruckner.

3 de Enero.- Todos los años, mientras los asistentes al concierto de Año Nuevo se están poniendo las botas durante el intermedio, la ORF emite una peliculita de una media hora que suele dedicarse a algún pío aniversario cultural y, de paso, a promocionar algún destino turístico de Austria.

Este año, la peliculita ha estado dedicado a Anton Brucker, de cuyo nacimiento se cumplirán dos siglos en septiembre.

El reportaje, amenizado con la música del homenajeado, empezaba en el bellísimo monasterio de Sankt Florian, que tiene un coro de niños “cantosos” como los de Viena, y recorría diversos escenarios de la biografía del ilustre compositor por orden cronológico, desde Ansfelden, en Alta Austria, en donde aún se conserva la casa en que la madre de Anton Bruckner le echó al mundo, hasta Viena, hermosa capital en donde el pobre tuvo la desgracia de morirse, acontecimiento no por previsible menos luctuoso.

Por el camino, bellísimas piezas, una muchacha tocando el órgano en medio de un lago y un viaje en globo de dos chavalillos, hasta llegar incluso al propio Musikverein, en donde existe un busto de Bruckner que todo el que tenga puede tener “el busto” de contemplar.

Por razones obvias (no está bien cachondearse de un homenajeado) en el reportaje se pasaban por alto diversas facetas algo problemáticas del carácter y la biografía de Anton Bruckner, individuo al que, si bien sus coetáneos estimaban como músico, tenían en poco como persona humana. Lo demuestra el contundente veredicto de un cierto Hans von Bülow, algo pariente de Hans Liszt, el cual despachó a Anton Brückner diciendo que era “Mitad genio, mitad imbécil” (Halb Genie, halb Trottel). Con amigos así, quién quiere enemigos.

Como de la veracidad de la primera parte de la frase puede cerciorarse cualquiera escuchando la música de Brückner, pasaremos a comentar la segunda, porque yo sé que a los lectores de esta página les gusta el salseo (de nada).

Los retratos de Bruckner, tanto fotos como cuadros, le muestran como un hombre algo gallináceo, de mirada huidiza y expresión algo deshilvanada. Con trajes invariablemente más grandes de lo necesario y la boca ligeramente entreabierta. Es probable que tuviera alguna enfermedad del espectro autista lo cual le dificultaba muchísimo la vida social.

Anton Bruckner en los años finales de su vida, foto animada con IA (wikipedia /PIKA)

Era extremadamente beato y vivía de una manera monacal. Intentó casarse varias veces pero, como comprenderá el lector dentro de muy poquito, es normal que las mujeres salieran despavoridas. Para colmo, educadísimo él, siempre mandaba las peticiones de matrimonio por carta, o sea, que no debía de ser lo que se dice el hombre con el que toda mujer sueña.

Durante toda su vida padeció de “aritmomanía” o sea, de la necesidad (muy típica de las personas con transtornos del espectro autista) de contarlo todo. Por ejemplo, los ladrillos de una pared o las ventanas.

Tampoco fue inmune a una obsesión compulsiva por revisar sus propias composiciones y por producir nuevas versiones, es lo que los estudiosos llaman “el problema Bruckner” que consiste en tener que lidiar con un auténtico bosque de variaciones de cada pieza.

Según parece también era un acumulador compulsivo de botines, no es extraño que gastara muchos, porque siempre subía a los campanarios para ver si había una cruz.

Se parecía a David Beckam en que también tenía un TOC: el de comprobar una y otra vez si había apagado las velas antes de salir de casa.

Como buen romántico, también le encantaban las tumbas, los cementerios y las mazmorras (lo dicho: un planazo de hombre). Llegó a visitar el museo de las torturas de Núremberg y la torre de Londres.

También mostró, como muchos desequilibrados, una gran inclinación por la necrofilia. En este caso, una necrofilia que podríamos calificar de musical. Cuando desenterraron los cráneos de Schubert y de Beethoven los acarició y los besó, lo mismo que el cadáver del emperador Maximiliano de México cuando lo trajeron a enterrar a Austria.

En general, se podría decir que si bien Bruckner, por su talento, hubiera merecido un puesto en la alta sociedad de su época, era tan inútil socialmente que nunca logró trascender sus orígenes campesinos. O sea, que durante toda su vida habló y se vistió como un destripaterrones.

Cuando murió, a los 72, en 1896 pidió en su testamento que su cuerpo fuera embalsamado y enterrado bajo el órgano de la iglesia de la abadía de Sankt Florian, seguramente el lugar del mundo en donde había sido más feliz.

 


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