
Al revés de los políticos austriacos, Pedro Sánchez ha decidido explicar lo que le sucede y comportarse como un ser humano. Lo está pagando caro.
26 de abril.- Nueva Zelanda era un país famoso por dos cosas, en primer lugar, porque en sus soberbios parajes naturales se rodaron los exteriores de las películas de El Señor de los Anillos. En segundo lugar, porque su primera ministra llevaba el bonito nombre de Jacinda Ardern. Desde la distancia, se veía que nuestros antípodas querían a Jacinda, porque era competente, joven y simpática, y porque era (supongo que es) de esas personas que siempre van con la verdad por delante.
Con ocasión de unos atentados terroristas que sucedieron en suelo neozelandés, Jacinda Ardern pronunció un conmovedor (e inteligente) discurso, en el que los sentimientos y la razón formaron un estupendo maridaje.
Más o menos hace un año, Jacinda, para sorpresa de muchos, dimitió sin que mediara revés político alguno. Podría haber seguido, probablemente, porque igual tenía la simpatía de un número suficiente de paisanos suyos, a pesar del lógico desgaste del poder. Sin embargo, decidió irse y, al hacerlo, dio unas explicaciones que entendió todo el mundo. Dijo que se le había marchitado el clavel de la ilusión por lo que estaba haciendo, y que tenía una cría chiquitilla y que quería pasar tiempo con ella; también que tenía un novio/marido/whatever al que también quería ver de vez en cuando. Todo el mundo entendió a Jacinda. Los periódicos de todo el mundo, las teles todas, internet, se llenaron de mensajes cuyo tenor común era «hay que ver qué maja es la muchacha esta, oye; ser presidenta ya no le gusta, pues hace muy bien la chiquilla en dejarlo ¡Ojalá fueran todos así!”. Nadie pensó (y si lo pensó, nadie lo dijo) que Jacinda fuera una cobarde, o que fuera una vaga, o que tuviera la piel muy fina. Nadie dijo “si no le gustaba sufrir siendo presidenta, pa’ qué se mete, porque eso va en el cargo”. Nadie dijo que Jacinda era una adolescente que había tenido una rabieta. Y nadie lo dijo, porque la confesión de un dolor de ánimo nos parece normal, y hasta lógica, en una mujer, pero no en un hombre. Es más: en un hombre siempre es sospechosa.

Hace unos días, en este mismo espacio, reflexionaba yo sobre el destino arrastrado de los políticos con pito, condenados a representar un papel al que no debería forzarse a nadie. El de ser superhombres que no pueden ponerse enfermos, de cuerpo o de espíritu. Los periódicos austriacos han recogido de manera discreta la noticia de que el presidente del Gobierno de España, Sr. D. Pedro Sánchez, había escrito una carta a la ciudadanía explicando que necesita parar para no tomar una decisión en caliente y considerar “si le merece la pena” seguir en el cargo.
La situación se resume pronto. Pedro Sánchez, con sus virtudes y sus defectos, es un político de una calidad humana y profesional muy por encima de la de sus rivales. Mientras estos últimos son incapaces de quitarse las anteojeras, Sánchez es un político que ha visto mundo. Que lee. Que habla idiomas. Son cosas que se notan.
Ante la imposibilidad demostrada de que Pedro Sánchez dimita espontaneamente, sus rivales políticos llevan años entregados a una guerra sucia cuya víctima propiciatoria es su mujer. Desde bulos sobre su supuesta transexualidad hasta los últimos casos de corrupción que son, lo tengo por seguro, invenciones.
Pedro Sánchez no es la única persona que ha sufrido este acoso. Para la reina Letizia también fue muy duro darse cuenta de que, al casarse con el rey, puso en el disparadero a toda su familia. Hubo por lo menos un miembro que, posiblemente, no soportó ese acoso doblemente injusto porque no había hecho nada por merecerlo: su hermana Erika.
La reina Letizia eligió blindarse y callar, presa también en esa narrativa tóxica que hizo famosa la difunta reina Isabel de Inglaterra “never complain, never explain”. Es la línea que siguen los políticos austriacos también.
Pedro Sánchez ha elegido hablar y demostrar que es una persona, y las reacciones tóxicas, de matón de patio de colegio, que se ha encontrado en la oposición y sus medios afines, solo han conseguido que las dos Españas se retraten. En nuestra mano está ponernos del lado bueno.
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