Destruir desde dentro: un ejemplo práctico

La extrema derecha, en su esfuerzo incansable por minar y corroer la democracia, tiene como objetivo la radiotelevisión pública.

 

El blues del autobús

16 de Mayo.- Recordarán sin duda las personas que me lean que ayer, al hilo del intento de asesinato del primer ministro eslovaco, Sr. Fico, mencionaba yo que se barajaba la posibilidad de que el atentado se hubiera debido a la pretensión del gobierno eslovaco de cerrar y disolver la radiotelevisión pública.

Las radiotelevisiones públicas son la bestia negra de los partidos de extrema derecha. Por dos cosas: a) si hacen bien su trabajo, suponen una garantía de control eficaz contra los que quieren hacer el mal y b) generalmente, detrás de los partidos de extrema derecha hay grupos de comunicación privados que quieren llevarse su trozo del pastel y, a cambio, son utilizados por la extrema derecha para hacer el mal (el caso de Servus TV en Austria, por ejemplo).

En Austria, la estrategia de la extrema derecha para con la tele pública austriaca tiene dos puntos fundamentales: para rodear esa labor de control y sortear las preguntas incómodas, los ultras han construido una red de medios propios que les permite difundir sus maldades sin necesidad de tener que aguantar la fiscalización de gente inteligente como, por ejemplo, Armin Wolf. Esto tiene la ventaja de que, una vez dentro de la burbuja, el votante de la extrema derecha tiene muy difícil tener acceso a otras opiniones diferentes.

El segundo punto de la estrategia es corroer el sistema desde dentro, propagando bulos y haciendo que la televisión pública funcione lo peor posible.

Con este objetivo, y solo con este objetivo, la extrema derecha del FPÖ colocó en el consejo de administración de la ORF a Peter Westenthaler, el cual, además, es tertuliano en un grupo privado, el de Fellner, acechado en todo momento por escándalos sexuales y de corrupción, que es un poco el espejo perverso de la radiotelevisión pública austriaca.

Desde que llego al puesto, Westenthaler ha cargado sobre todo contra los informativos de la casa por cuyo bien, se supone, tiene que velar desde su puesto. Ha intentado arrojar sospechas sobre su credibilidad y sobre su criterio de redacción. Es obvio que Westenthaler está haciendo méritos para conseguir, en un futuro que él espera no muy lejano, un puesto en un hipotético gobierno del FPÖ en pago a los servicios prestados (Dios evite lo primero tanto como lo segundo).

Tanto ha ido el cántaro a la fuente que hoy el resto de los miembros del consejo de administración de la corporación pública le han enviado una carta a Westenthaler, con un texto de inusual dureza e inédito en la historia de la tele pública austriaca, en el que le acusan de hacer más mal que bien desde su puesto. Le recomiendan que se informe sobre las consecuencias de hacer dejación de su responsabilidad, un obvio dardo.

Westenthaler que es hombre sin escrúpulos fajado en los debates vacíos y marrulleros de la tele sensacionalista y cutre, ha reaccionado como era de esperar: como ese vecino malo que hay en todas las comunidades, diciendo que “no le iban a callar” y majaderías semejantes. También ha acusado a los 30 firmantes de la carta (30 de los treinta y cinco consejeros han firmado) de estar guiados por intereses políticos y no admitir críticas.

Lo cierto es que Westenthaler, oliendo poltrona (o creyendo olerla) ha soltado todo tipo de barbaridades siempre que le han puesto un micrófono delante (lo cual, por desgracia, sucede a menudo). Ha dicho que la ORF es una “máquina de propaganda”, que “so capa de la independencia, se hace agitación política”, ha dicho que las pensiones y los sueldos de la ORF, según él tan altos, son la causa de que no puedan pagarse los derechos de determinados eventos deportivos, etcétera.

Todas estas cosas no se alejan ni un milímetro de la línea editorial y los propósitos de la extrema derecha al respecto de la tele pública. En el programa del FPÖ está que, si llega al poder (y tiene fuerza para ello) terminar con ella, rompiendo así uno de los pilares de la democracia austriaca y reforzando la “orbanización” de Austria.


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