L´amour toujours

Una sociedad que respeta a sus minorías es una sociedad más fuerte y más saludable. Todos somos parte de alguna.

 

La persecución de los homosexuales en Viena durante el nazismo (4)

7 de Junio.- Mañana, como todos los años, miles de personas se manifestarán en Viena y otras ciudades austriacas por los derechos de las personas pertenecientes al colectivo LGTBIQ+. Aquí, quizá voluntariamente, se ha eliminado la palabra “orgullo” (traducción un poco chusca del “pride” americano) pero, aún así, cada vez que en las redes sociales las empresas (por el parné) o las instituciones (por la reputación) hacen publicidad de la reivindicación, siempre hay homófobxs de mierd…Digoooo, homófobxs que se dedican a decir que si ya estamos y que, básicamente, si los maric*n*s y las boll*r*s se pueden casar que qué cojon*s más quieren.

Y sin embargo, querido lector, querida lectora: la salud de nuestra sociedad y nuestro bienestar futuro depende mucho de que las personas LGTBIQ+ puedan vivir felices y traquilas (sobre todo tranquilas) en el seno de nuestras sociedades. Precisamente la ventaja competitiva principal de las democracias occidentales frente a las dictaduras de mierd…Digooo las dictaduras de Putin y demás, es que la tolerancia que reina aquí (todavía) permite que muchísimos talentos que se desaprovecharían de otra manera sean utilizados para el bien común.

Ya se sabe que la gente feliz es más productiva.

Uno de los factores que propiciaron que el régimen nazi perdiera fue precisamente este: al pasar como una apisonadora sobre las identidades diversas provocó, como daño colateral, una de las fugas de talentos más descomunales de la Historia. Gentes con todo tipo de saberes, que habían convertido Alemania en uno de los países tecnológicamente líderes en el mundo, dejaron el “Reich” y se pusieron a trabajar en sitios en donde lo que ellos eran no estaba mal visto (o, por lo menos, en donde ser como tus padres te habían hecho, no acarreaba la muerte).

Para responder a la pregunta de qué queda por hacer, si parece que las personas LGTBIQ+ están por todas partes contaré una historia de mi círculo próximo. Como es natural, he cambiado nombres y algunas circunstancias, para preservar el anonimato de las personas implicadas.

Hansi y Karli se conocieron a principios de los dosmil y, desde entonces, forman un matrimonio normal y corriente. De los muchos millones de matrimonios que hay en el mundo. Con una particularidad, y es que experiencias desagradables han llevado a Hansi y a Karli a mantener su relación en secreto en determinados ámbitos. Karli trabaja en una empresa familiar que es muy rancia (de las muchas que hay en Austria, a pesar de los arcoirises anuales) y tiene varios colegas que, en llegando estas semanas (vamos, a partir de Eurovisión) no cesan de lanzar exabruptos homófobos y de acusar a cualquier persona homosexual de querer corromper a la infancia.

En sus familias políticas tampoco son demasiado tolerantes, de manera que, en ciertas circunstancias y en ciertos entornos tratan de mantener un perfil bajo.

Pues bien: Hansi, que ya es un caballero de una cierta edad, fue diagnosticado el pasado año de una enfermedad bastante grave, que exigía una operación aparatosa. Una pareja heterosexual normal, en estos casos, goza de la ayuda y de la solidaridad pública. En los trabajos es corriente que si la mujer está enferma, la empresa ofrezca apoyo al cónyuge sano. Por ejemplo, dándole más días de trabajo remoto u otras medidas flexibles. También hay apoyo afectivo. Karli, como es gay, no contó con todo eso. Por el contrario, corrió un riesgo considerable, porque tuvo que encerrarse con su jefe, de quien no sabía cómo iba a reaccionar, y contarle la historia. El jefe le vino a decir que bien, lo cual fue un alivio para Karli, pero desvió el problema diciendo que consultaría con las alturas el procedimiento a seguir en estos casos, porque…Bueno, ya sabemos todos por qué. Por supuesto, cuando llegó la fecha de la operación Karli dijo que tenía que pintar su casa y que se iba a tomar tres días libres.

A ver quién era el guapo que decía la verité de la verité.

Cuando ingresaron a Hansi en el hospital, Karli estuvo también acompañado por una familiar de Hansi, una señora de la edad de su cónyuge. Les recibió una enfermera muy dispuesta (polaca) que, inmediatamente, se hizo la composición de lugar siguiente: Hansi y su familiar eran marido y mujer, así que la única persona a la que convenía informar era a la mujer. La enfermera no entendió demasiado bien qué hacía allí Karli, así que le colgó el cargo de “amigo de la familia” y se quedó a cuadros cuando Hansi le dijo que era a él, a Karli, a quien había que informar si a él le pasara algo.

La operación fue bien, pero Hansi tuvo que pasar quince días en el hospital con otros seres de los que no se sabía si eran homófobos o no. Acostumbrados a fingir, Hansi y Karli, por prudencia, volvieron al armario y evitaron en público todas las muestras de afecto que no fueran estrictamente necesarias.

Y aquí viene el punto de la historia: si la comunidad LGTBIQ+ estuviera plenamente aceptada en Austria y todo fuera normal ¿Hubieran tenido necesidad Hansi y Karli de todo esto? ¿Se le pide a una pareja heterosexual que se oculte en público? La respuesta es simple y rotunda: no.

Muchas personas homosexuales se ven forzadas a volver al armario cuando ingresan en una residencia de ancianos, por ejemplo. De ellas se habla poco, porque se suele asociar a la comunidad LGTBIQ+ con una juventud permanente y eterna. Quién les cuida? Quién garantizará que puedan vivir como han vivido siempre, con normalidad? Pues nosotros, las personas que nos manifestaremos mañana. Por eso es importante que la sociedad sea tolerante. Cada vez más.


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