
De la localidad española de Jumilla, antaño solo famosa por su vino, al corazón de Austria. El debate está abierto.
8 de Agosto.- En la localidad española de Jumilla se ha cruzado estos días un peligroso límite. Como quizá sepan los lectores de Viena Directo, el municipio, regido por una coalición entre el conservador Partido Popular y el ultraderechista Vox (el FPÖ de España) ha prohibido que los vecinos musulmanes puedan celebrar sus fiestas en las instalaciones del polideportivo de la localidad. El argumento, extraído directamente de la caja de herramientas ultra, es que esas celebraciones religiosas musulmanes “no pertenecen a la cultura y a la identidad española”.
Por primera vez, no se acusa a los musulmanes (la mayoría no nacidos en España) de ser “delincuentes por defecto” (o bestiales o subhumanos) sino simplemente, de ser. O mejor: de no ser. La prohibición es claramente discriminatoria y abre un melón cuyas consecuencias ya estamos viendo, por ejemplo, en la larga noche que se está abatiendo sobre los Estados Unidos de Trump, y es el de “qué es ser español” o, en este caso “qué cosa sean la identidad y la cultura españolas”.
Dentro del fanático universo ideológico ultra, la respuesta a esta pregunta -por lo menos aparentemente- está muy clara y es calcada, con otras palabras, a la respuesta que, en su momento, dieron los fascismos del siglo XX. Esto es: español (alemán o italiano, en el caso de ellos) es quien pertenece a la unidad racial, a la Volk. El resto queda excluido de esta categoría. Dado que mentar los genes y las razas es (aún) un asunto delicado, y más en España, en donde a poco que se rasque tenemos todos algo de sangre árabe, para hacer presentable esta paparrucha se ha acudido a la siempre socorrida “diferencia cultural”.
(Debido a esta sana duda sobre nuestros orígenes, el fascismo español no fue nunca racial y por eso se definía a España, no como la unidad racial de los bípedos implumes nacidos en «Españistán» sino como «una unidad de destino en lo universal» de tintes orteguianos que tampoco comprometía a nada).
Otro factor además es el de que una parte nada despreciable de la población europea (española pero austriaca también, como ahora veremos) tiene muchísimas dificultades para reconocer que su concepto de “españolidad” o de “austrianidad” ha quedado rebasado por la fuerza de los acontecimientos. Y que es mucho más amplio que lo que ellos pueden concebir. Las sociedades actuales están muy lejos de ser (o quizá no fueron nunca) la monolítica unicidad que eran hace sesenta años. Otros colores, otras religiones, otras formas de ser en el mundo (por ejemplo, las sexuales y de género) se han abierto paso y han resultado en un abanico de identidades que, como queda dicho, a mucha gente le cuesta digerir.
EL PELO DESCUBIERTO
En Austria colea el mismo debate desde que la extrema derecha del FPÖ tocó poder con Sebastian Kurz. En la anterior legislatura, por ejemplo, los populares austriacos, en aras de un concepto más que discutible de la integración, se pusieron a definir lo que en su momento se llamó “leit Kultur” o sea, qué cosa es “la cultura mayoritaria austriaca” auténtica. Muy sabiamente, el asunto se dejó morir, pero resucita a cada tanto, siempre que el ÖVP intenta puntuar con su parroquia más cercana a la extrema derecha.
Para septiembre, por ejemplo, los populares van a hacer el segundo intento de prohibir el velo islámico en las escuelas para las niñas de menos de catorce aöos. Es el segundo intento porque el primero ya fue tumbado por el tribunal constitucional austriaco, al considerar que era una ley discriminatoria al “atacar” solamente a los símbolos de una religión. A falta de ver el texto de la norma de este segundo intento la verdad es que la prohibición del velo islámico no tiene muchos visos de ir a prosperar. Si nos ponemos a eliminar símbolos religiosos de las escuelas ¿Qué hacemos con las tocas de las monjas? ¿No están ellas también “sojuzgadas” por los clérigos varones? ¿No son las tocas de las monjas un síntoma no solo de subordinación al varón, sino también de un punto de vista radical y extremista de la religión? (hay formas de monjío tan radicales y extremistas como es la de pasarse toda la vida encerrada en un edificio sin hablar y sin ver a otros seres humanos) ¿Y qué haremos con la medallita que lleva la niña que va a hacer la catequesis en su colegio religioso? ¿O con la kipa del niño judío?
Aunque quizá el Gobierno sea consciente de esto y utilice los intentos periódicos de prohibir el velo como una manera de propiciar declaraciones incendiarias por las cuales el ÖVP intenta demostrar que no es eso que los ultras españoles llaman “la derechita cobarde”. Es una manera de señalizar una mano dura que, como pasa siempre, se aplica siempre sobre los pobres e indulta a los ricos.
Especialmente lenguaraz se ha mostrado la Ministra Plackholm (la cual nunca ha sido ni el lápiz con más punta ni la bombilla que más alumbra). Llama mucho la atención también en sus declaraciones el uso de los posesivos en frases del tipo “el velo islámico no tiene sitio en nuestras escuelas”. En ese posesivo, cabe toda la delimitación de la Volk. Aunque ella, quizá, no se dé mucha cuenta.
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