
Después de un siglo desaparecidas, valiosas piezas de las joyas de la corona austriaca han sido reencontradas.
PUEDES ESCUCHAR ESTE ARTÍCULO

8 de Noviembre.- Pocas veces, a lo largo de los casi veinte años que llevo escribiendo Viena Directo, he tenido la diversión (el placer) de contar una historia tan absolutamente chula como la que voy a contar hoy. Una historia que parece sacada de una novela, o de una película de Hollywood. Su importancia para la historia de Austria es como si, después de un siglo de estar perdida, hubiera reaparecido la Monalisa o se hubieran encontrado los brazos de la Victoria de Samotracia.
El jueves por la tarde el semanario alemán Der Spiegel primero y el pretendiente a la corona de Austria, Carlos Habsburgo-Lorena después, confirmaron que piezas valiosísimas de las joyas de la corona austriaca, que se creían perdidas y de las que solo existían fotos borrosas en blanco y negro de principios del siglo XX, han estado todo este tiempo en una caja de seguridad de un banco de Canadá.
En particular, la bomba, lo sensacional del caso es que, entre esas joyas reaparecidas está una pieza importantísima, el diamante “Florentino” no solo valiosísimo desde el punto de vista material (es de una excepcional pureza y del tamaño aproximado de una nuez) sino también desde el punto de vista histórico porque es una joya cuyos orígenes se pierden en una leyenda que se remonta al siglo catorce.
Nuestra historia empieza en hace ciento siete años, exactamente en noviembre 1918. La primera guerra mundial se ha perdido y la monarquía austrohúngara se hunde en el torbellino de la historia. El abuelo del actual pretendiente al trono austriaco, el entonces (aún) emperador Carlos, ordena sacar parte de las joyas de la corona austriaca de la Cámara del Tesoro y llevarlas a Suiza. Entre los objetos que se sacan del país está la corona de diamantes de la emperatriz Elisabeth, un reloj de esmeraldas que Maria Teresa le regaló a su hija Maria Antonieta, y otros muchos objetos, entre ellos, el famoso diamante florentino, llamado así porque una vez perteneció al tesoro de los Medici, en Florencia.
En el torbellino de aquellos días, la salida de ese tesoro artístico y material de Austria pasa prácticamente desapercibida.
Nace la república austriaca, que derriba a los Habsburgo del poder. El Gobierno nacionaliza todos los bienes de la familia real. Los palacios y su contenido, el contenido mismo de la Schatzkammer del Hofburg pasan a titularidad pública (no así los bienes privados de la familia Habsburgo, la cual hoy por hoy sigue siendo una de las más ricas de Austria).
La depuesta familia real no se resigna a su destino, sin embargo, y alienta varios complós para una eventual restauración. Fracasan todos. El emperador depuesto es desterrado a la isla de Madeira, en donde muere en 1921.
Es en esa fecha cuando se pierde el rastro de las joyas que han reaparecido esta semana. Tras el fallecimiento del emperador Carlos, la emperatriz viuda, Zita de Borbón y Parma, se lleva las joyas a Canadá en una humilde maleta marrón.
Hasta ahora, se creía que las joyas de la maleta marrón habían seguido el mismo camino que otras piezas valiosas (entre ellas las famosas estrellas de diamantes que Sissi lleva en el famoso retrato de Winterhalter). Se creía que habían sido vendidas enteras o por piezas y que incluso el Florentino había sido devorado por las necesidades de efectivo de la otrora familia real austriaca.
Ahora sabemos que no fue así.
La emperatriz viuda sabe que, en la inestabilidad de periodo de entreguerras, lo más probable es que la República austriaca reclame las piezas para nacionalizarlas. Por eso, mantiene el paradero de las joyas en absoluto secreto. Solo tres personas, ella misma y dos varones de cada generación, saben dónde duermen las joyas de la corona austro-húngara y, singularmente, la pieza más valiosa de todas, el Florentino.
El mismo Carlos Habsburgo-Lorena aseguraba esta semana que él solo ha sabido el secreto recientemente, tras la defunción de uno de los depositarios (aquí abrimos un paréntesis para aclarar que las lenguas de doble filo dicen que el actual pretendiente al trono austriaco no es precisamente un señor de muchas luces, o sea que se comprenden estas precauciones por parte de su familia).
La autenticidad de las piezas está fuera de toda duda. El descendiente directo de la familia Köchert, los joyeros de la Real Casa, ha certificado que el diamante que le enseñaron en Canadá es, con un 99.9% de probabilidad, el Florentino.
El Gobierno austriaco y, singularmente el vicecanciller Kogler, socialdemócrata, está evaluando reclamar las piezas como propiedad de la República austriaca -como el resto de las otras joyas-. La familia Habsburgo ha anunciado su intención de exponerlas próximamente en Canadá, como gesto de gratitud por haber acogido a la emperatriz Zita cuando huyó en 1940 de Europa para salvarse del nazismo.
Deja una respuesta