
El presidente de la Wirthschaftskammer, un hombre poco acostumbrado a escándalos, lleva unos días pasándolas moradas.
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12 de Noviembre.- En esta vida todos pasamos por momentos en que digamos lo que digamos, solo empeoramos la situación. O sea, que calladitos estamos más guapos. Durante estos últimos días, el presidente del organismo que agrupa a los empresarios austriacos, Harald Mahrer, ha debido de pensar esto muchas veces. O sea, que en qué hora maldita se le ocurriría a él abrir la boca.
Austria está en una situación económicamente achuchada. La Unión Europea ha abierto un procedimiento contra la República austriaca por haber superado los objetivos de déficit previstos en el tratado de Maastricht. El Estado austriaco está, en estos momentos, moviendo Roma con Santiago para intentar volver el presupuesto a la senda de los números negros.
A la coalición se le amontonan los problemas a este respecto. Hoy, por ejemplo, se ha sabido que el déficit será a finales de año muchísimo peor que lo previsto. Y no en un euro ni dos, sino nada más y nada menos que en dos millardos. Los expertos opinan que esto es así porque, mientras el Estado austriaco, a nivel federal, se ha entregado a la senda del ahorro y ha rebañado hasta las telarañas del fondo de la caja de caudales, los Länder confederados no han hecho prácticamente nada. Y no debe de ser casualidad, si nos damos cuenta de que gran parte de ellos están gobernados por el FPÖ a quien le interesa, como es lógico, hacerle la cama al Gobierno.
Al Ejecutivo tampoco le ayuda la sensación de pesimismo general que reina en los despachos austriacos. Cuanta más moqueta, de hecho, más pesimismo. Hoy se ha sabido que Voest Alpine, uno de los gigantes empresariales austriacos, va a despedir empleados en enero del año que viene. Las empresas no tienen corazón, estamos de acuerdo, pero en Austria, despedir a personas apenas a mes y medio de la navidad, denota desconocer bastante la sensibilidad del país.
Con esta marejada de fondo, la semana pasada Harald Mahrer anunció que la Wirtschaftskammer, territorio del stablishment austriaco tradicionalmente controlado por el Partido Popular austriaco, iba a subirle a sus 5800 empleados nada más y nada menos que un ocho por ciento unos sueldos que no son, ni mucho menos, magros.
A partir del anuncio, cundió una llama de indignación que empezó a devorar, a ojos vista, la carrera de Harald Mahrer (lo que pasa es que Harald Mahrer, se conoce que algo atontolinado por el incienso que su puesto implica, se dio cuenta demasiado tarde de lo que estaba sucediendo).
Mahrer intentó una estrategia de control de daños que le ha salido, en plata, como el mismísimo culo.
En primer lugar, anunció que se reducía el aumento de suelo de un ocho a un cuatro por ciento y, al anunciarlo, fue un poco como cuando el rey emérito dijo aquello de “lo siento, m´equivocao, no volverá a ocurrir”.
Sin embargo, el daño estaba hecho. En un país en el que los despidos y quiebras están a la orden del día empezaron a saltar a los medios públicos y privados las principescas retribuciones no solo del propio Mahrer, el cual, entre pitos y flautas, se pone en los 90.000 euros al mes (cobra también como presidente del Banco Nacional) sino también de los diferentes presidentes de las Wirtschaftskammern regionales, los cuales han visto en los últimos años cómo sus indemnizaciones (se supone que tienen otros trabajos y que la Wirtschaftskammer les compensa) subían a ritmos del sesenta por ciento de un año para otro.
En las últimas horas, las peticiones para que Harald Mahrer se vaya con la música a otra parte se multiplican. Ya sin disimulo incluso en el Partido Popular austriaco que habla de una crisis enorme de credibilidad.
El asunto es aún más delicado porque la Wirtschaftskammer tiene empleados en el exterior de Austria y es una parte vital del mecanismo que utilizan las empresas austriacas para exportar, aportando una información que, en muchas ocasiones, es preciosa y actuando de interlocutor entre las empresas austriacas y las instituciones de los países receptores de bienes austriacos -trabajo en el ramo y sé de lo que hablo-. A todo el mundo le interesa, pues, que la cámara de comercio tenga, por lo menos de puertas para afuera, una reputación intachable.
De cualquier manera, una cosa parece que está clara: a Harald Mahrer se le ha marchitado el clavel.

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