
A pesar de lo mal que va el mundo, a mí, ayer, me invadió una sensación de alivio.
15 de enero.- Voy a empezar hoy contando que la lectura atenta de las noticias me dejó ayer muy aliviado. Quizá piensen mis lectores que me he vuelto majara, dado lo mal que va el mundo, pero yo soy así: un hombre preso en mis contradicciones.
Resulta que hace unos meses inicié el tedioso proceso de registrarme para entrar al sorteo de máximo cuatro entradas para el Festival de Eurovisión que se celebrará, Dios mediante, el próximo mayo. Lo hice porque guardo muy buenos recuerdos de mi primer festival de Eurovisión, en 2015, y quise repetir. Así pues, me di de alta en la web habilitada al efecto y en oetickets. Los amables robots de la empresa me felicitaron, me dijeron que estaban contentísimos de verme y me explicaron que, llegado el momento, me llegaría un código de un solo uso. Nada más y nada menos que el martes trece a las 13. Yo no soy un hombre excesivamente supersticioso pero, como diría el castizo ¡Cago´n mi calavera! ¿No podían haber elegido otro día, joé?
El caso es que el día 13, después de haber sufrido la helada y los medios de transporte imposibles, a la una de la tarde, estaba yo enfrente del ordenador con mi estampita de San Judas Tadeo, abogado de las causas imposibles, con la tarjeta de crédito en la boca, con los nombres de las otras tres personas a las que pensaba invitar y con el código dichoso. Hice clic en el enlace a la hora convenida y me salió una barra en la que me decían que pronto me llegaría el turno de comprar las deseadas entradas.
Pues bien: me llegó y, cuando entré, ya no quedaban.
Lo intenté varias veces, para semifinales, ensayos generales, pitos y flautas y, a la media hora de estar acordándome del padre de quien inventó internet, me rendí. Invadido por la decepción, pensaba yo: “Paco, eres un completo inútil, ni comprar entradas por internet sabes”.
(Yo es que soy experto en autosabotajes).
Pues bien: el caso es que, a la tarde, me enteré de que cuando mi barrita de “está usted a la espera de que le toque el turno” iba por la mitad (o sea, nada más y nada menos que a las 13:14) ¡Ya se habían vendido todas las entradas!
Apurar cielos pretendo qué delito cometí contra vosotros naciendo, que dijo el bardo. Esto despejó las dudas sobre mi capacidad (oye, qué bien) de manera que recuperé un poco la felicidad perdida.
De todas maneras, este festival de Eurovisión, que hace la edición número setenta, no parece que vaya a ser tan lúdico y tan chulo como de costumbre y algunas personas prominentes ya han empezado a “desertar”. Por ejemplo, Conchita Wurst. Después de anunciar que iba a tener alguna responsabilidad en Eurovisión ayer publicó un comunicado por el que anunciaba su decisión “personal” de “alejarse de Eurovisión” y su intención de no ir a comentar esto en el futuro. La excusa eran “nuevos proyectos” pero es probable que también haya sido la voluntad de alejarse de algo que puede estar tomando un cariz muy tóxico.

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