Orgullo UE (3): no era nada lo del ojo

La Unión Europea ha pasado en la última semana la crisis más grave en sus setenta años de historia. La cohesión de los 27 ha sido clave para superarla.

23 de enero.- En algún momento, alguien escribirá un libro sobre lo que de verdad ha pasado en la última semana. Una cosa está bastante clara: aunque no hemos salido del peligro, la crisis de Groenlandia ha sido una de las más duras y de las más graves a las que se ha enfrentado la Unión Europea en sus casi setenta años de historia. Austria no ha sido ajena a esta crisis que, de haber terminado mal, podría haber dado al traste con la ya de por sí frágil economía austriaca que estamos viviendo en estos momentos.

De hecho, los rastros de la errática conducta de Trump y su equipo de Gobierno la cual, digamoslo ya, ha deteriorado considerablemente la posición internacional de los Estados Unidos, son visibles y dolorosos en vínculos que eran tan fuertes hasta hace poco como los que unían al Reino Unido o a Francia con la nación más poderosa del planeta.

La cosa empezó hace algunas semanas con la publicación de la llamada estrategia de seguridad de la Casa Blanca. Un memorandum en el que se resume la lista de los objetivos de la administración Trump con relación a la política internacional. Acostumbrados al maximalismo del presidente las cancillerías mundiales, especialmente las europeas, no supieron bien como reaccionar ante el contenido del documento. Sin embargo, empezaron a temerse lo peor cuando se materializó lo que podríamos llamar la “Operación Venezuela”.

Con el objetivo de controlar las mayores reservas de crudo del mundo -y evitar que China se haga con ellas- Donald Trump secuestró al dictador Nicolás Maduro -los pretextos, que no faltaban de todas formas, son lo de menos-; una vez conseguido el objetivo de intervenir el Gobierno venezolano y de colocar a su frente a alguien afín, Donald Trump sintió que podía concentrarse en un objetivo mayor: Groenlandia.

Para comprender por qué se puede ser tan sumamente inepto, hay que tener en cuenta tres cosas: en primer lugar, que el ambiente ideológico de la cúpula del Gobierno americano es ferozmente nacionalista y supremacista, hasta puntos que, en Europa, lindarían con el neonazismo en muchos aspectos.

En segundo lugar, el Gobierno de Trump está regido por una mentalidad comercial. En una mentalidad así, por absurdo que pueda parecer, todo tiene un precio. Por eso, Trump hablaba de “comprar” la isla de Groenlandia y probablemente encontraba totalmente absurda la idea de que haya cosas, territorios, por ejemplo, que no estén en venta. En tercer lugar, también hay que tener en cuenta algo de lo que yo no tengo dudas, pero tampoco tengo pruebas. Es esto: Donald Trump es un hombre de ochenta años, sometido a uno de los estreses laborales más brutales del planeta. A pesar de que, de puertas para afuera, se comporta como un matón y aparenta la seguridad de Luis XIV, la realidad es que debe de estar sometido a una presión salvaje, aumentada, no lo olvidemos, por una inseguridad personal patológica. Esas condiciones de base, aumentadas por la falta de horas de sueño debido a la “operación Venezuela” solo se pueden salvar de una manera: a base de medicamentos. Yo apostaría por las anfetaminas, pero probablemente estén combinadas con otros psicofármacos (no es el primer caso, hay pruebas de que Hitler se pasó gran parte de la segunda guerra mundial puestísimo, gracias a los malos oficios de su médico, el doctor Morell).

Si yo estoy en lo cierto -ya digo: no tengo dudas, pero tampoco pruebas- esto explicaría por un lado la “desinhibición” de Donald Trump a la hora de hacer determinadas declaraciones -hoy, por ejemplo, ha humillado a los veteranos británicos que lucharon en Estados Unidos- típica de las personas con un “subidón” de sustancias (es conocido por todos el momento en el que a los borrachos se les suelta la lengua). Por otro lado, en los momentos “bajos”, cuando ya no está “high”, la incoherencia de las frases y de su hilo de razonamiento en sus últimas comparecencias públicas, como la macarrónica rueda de prensa en la que “celebró” el primer año de su vuelta a la Casa Blanca con un revoltijo difícil de seguir de autoalabanzas, mentiras, medias verdades y e insultos de boxeador sonado, o su discurso en Davos.

La alarma empezó a cundir en la Unión Europea cuando lo que, al principio, parecía una bravata, no parecía borrarse de la mente de Trump (todos los borrachos tienen un momento peligroso de obstinación). Durante varios días (!Varios días!) estuvo incluso en el aire la posibilidad, absolutamente abracadabrante, de una intervención militar de los Estados Unidos contra un país de la OTAN (bloque, por cierto, del que Austria, en tanto que país no alineado, no forma parte).

Los daneses pidieron socorro y los aliados enviaron a Groenlandia soldados. Fue un gesto simbólico, que suscitó algunas burlas incluso, pero seguramente debió de encender las alarmas donde quiera que aún quede un poco de sentido común en los pasillos del poder de Washington. Aquí funcionó el aspecto comercial de Donald Trump, que amenazó con su arma favorita, las tasas aduaneras, a los países que habían enviado soldados a Groenlandia (una de sus formas de ningunear a la Unión es hacer como si comprase productos franceses, alemanes o italianos y no productos comunitarios). Sorprendido debió de darse cuenta de que la Unión no cedía terreno. Antes bien, algunos países, como Francia, incluso mandaban más soldados a Groenlandia.

Hace dos días llegó el momento más bochornoso y que, de alguna manera, también es un indicio de la impotencia de Donald Trump en todo este asunto. Fue cuando publicó dos pantallazos de mensajes personales de Macron, presidente de Francia y de Rutte. Mi teoría es que Donald Trump creía que, de esa manera, podría desatar una ola de indignación popular (!) que obligara al Gobierno francés a cambiar su posición con respecto a Groenlandia. No fue así. Es más: las declaraciones de Macron se hicieron más duras aún. Trump le amenazó de nuevo con aranceles del 200% a los quesos y vinos franceses.

Entre bastidores y con Davos a la vista (una de las citas internacionales más importantes del año, una especie de reunión de comunidad de vecinos a nivel mundial) la Unión Europea tomó una decisión que era un mensaje claro: suspender la validez del acuerdo arancelario adoptado el año pasado como medida para apaciguar a Donald Trump. También se estudió la aplicación del llamado “instrumento anticoerción” que se concibió para reaccionar ante una guerra comercial con China.

Parece ser que aquí fue en donde Donald Trump (o sus asesores) empezaron a darse cuenta de que, por esta vez, había pinchado en hueso. Alguien debió de explicarle -quizá entre dos psicofármacos- que, si bien Estados Unidos es una de las economías más poderosas del planeta, la Unión no es Trinidad y Tobago, precisamente, y que la aplicación del instrumento anticoerción tendría consecuencias en un punto especialmente sensible: la promesa de Trump de bajar los precios de los alimentos en los Estados Unidos.

Y así, hace tres días, Donald Trump empezó a recoger cable.

Primero, descartó públicamente el uso de la fuerza para tomar Groenlandia (algo absolutamente descabellado, que hubiera supuesto la quiebra de la alianza e imprevisibles consecuencias en puntos teóricamente alejados, como Ucrania) aunque insistió en el tema Groenlandia.

Ayer, se supo que Rutte había conseguido convencerle de que podía conseguir lo mismo, o sea, tomar el control de Groenlandia, sin mandar a tomar por saco el orden mundial.

Aun no se sabe exactamente en qué consiste el plan de Rutte, lo cual, ciertamente, no es un buen presagio, pero de momento lo peor de la crisis parece haber pasado.

Algo ha quedado claro y es que los daños en la relación transatlántica están muy cerca de estar irreparables y que, a pesar de que Estados Unidos tiene a su servicio a los gobiernos ultras europeos, que admiran su “estilo” en Bruselas y en Estrasburgo parece haber calado la noción (!A buenas horas!) de que Europa se tiene que poner las pilas.

A ver si es verdad.


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Comentarios

Una respuesta a «Orgullo UE (3): no era nada lo del ojo»

  1. Avatar de Anselmo
    Anselmo

    Lo mejor que podríamos hacer es salirnos de ese cortijo.

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