
Este fin de semana una estrella de fama internacional iba a actuar en Viena. No lo hizo. Hay distintas versiones de por qué.
25 de junio.- Ven conmigo que te voy a llevar de viaje en el tiempo, hasta el verano de 1999.
Ese chico que estás viendo ahí, delgadito y tal, con gafas, soy yo. Son las once y media de la noche más o menos. Está callejeando y llega a un bar en donde va a encontrarse con su amigo Manuel. Manuel y este chico llaman al bar, “el bar de las copas baratas”, básicamente porque lo que se bebe ahí es alcohol de quemar con un poco de Coca-cola. Pero sus hígados son jóvenes y aún se lo pueden permitir.
El local consiste en un pasillo largo. A la derecha, según se entra, esta la barra. Los camareros tienen, como suele suceder en estos sitios, problemas crónicos de audición, porque la música está a todo lo que dan los altavoces. Por eso, cuando te están echando el alcohol de quemar en el vaso de tubo tienes que repetirle al camarero bastante alto que pare, que no quieres quedarte ciego y/o que te salgan pelos en las palmas de las manos (¿O eso era por otra cosa? No sabe una,ya).
La pared izquierda del local esta ocupada por las imágenes que emite un proyector (artefacto novedoso aún, en aquella lejana época paleozoica). Cuando el chico de cuerpo juncal entra en el bar, se le cae la mandíbula, porque está sonando una canción alemana y quien la canta es un tipo con pinta de extraterrestre. Lo describo. Tiene el pelo amarillo pollo (obviamente, no es su color natural), lleva gafas negras y traje. La canción (ahora lo sé) es “Blau, blau, blau, blüht die Enzian” y el artista se llama Heino.
¿Cómo hubo alguien lo bastante loco para poner a Heino en un local de Madrid, en donde Heino es un absoluto desconocido? La cosa tiene su explicación, porque el diyei se llama Yann, un chaval medio alemán medio celtíbero, al que el autor de estas líneas encontró en otra Pacoaventura.
Cuando yo llegué a Austria, Heino siguió siendo para mí una presencia lejana. Todo lo más, me reía mucho citando que su mujer (q.e.p.d.) se llama Hannelore. Mi primo Nacho, el que ahora está sirviendo en Venecia, y yo, nos partíamos la caja hablando del “Jáino y la Janelore” que, a nuestros oídos, sonaban como unos tíos lejanos de Farruquito (es que a mi primo y a mí se nos va mucho la cabeza).
Cuando “Janelore” pasó a mejor vida por su extrema ancianidad, “Jaino pasó un tiempo triste pero, pasado el duelo, se volvió a colocar las gafas y la dentadura postiza, por ese orden, y fichó a un nuevo mánayer. Este nuevo representante era, también, ex yerno de Richard Lugner. El muchacho estuvo con la chica a la que su padre llamaba “Yaqueline”. Yaqueline, por cierto, se ha casado con uno de los políticos del FPÖ que más cringe dan.
Bueno: pues resulta que “Jaino” ha sido siempre un hombre muy de derechas. Pero mucho. Lindando unos límites que ayayay y oyoyoy. Ha grabado canciones de las que cantaba el tito Adolfo cuando se duchaba (arios, arios, ¡qué superiores son los arios!) y, en general, nunca ha disimulado mucho sus querencias (lo del pelo amarillo pollo puede verse como una alusión a la “rassa arria”). Por esto quizá, el FPÖ quería que cantase en su septuagésimo aniversario. A partir de aquí, difieren las versiones: Jaino y su representante, el ex novio de la chica Lugner, dicen que Jaino declinó la invitación porque no le apetecía que le asociaran con el FPÖ. Los del partido ultra afirman que fue el FPÖ el que no quiso que Jaino actuara, porque pedía un caché “absurdo” (100.000 jEur).
El cantante y su representante insisten en su versión de los hechos, mientras que el FPÖ ha amenazado con querellarse por “calúrnias”.
Y la moraleja de todo este cuento es: ¿Quién me iba a decir a mí en 1999, que yo llegaría algún día a saber tantas cosas de Heino?

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