70 años del FPÖ

Ayer el FPÖ celebró el septuagésimo aniversario de su fundación. La cerveza era gratis.

21 de Junio.- Hace noventa y siete años y algunos meses, a finales de enero de 1933, Alemania se encontraba sumida en el periodo más triste de su historia. La República de Weimar era como un avión que, cayendo en picado, daba vueltas imitando las espirales de un sacacorchos. Al frente de la nave del Estado, el chocheante Hindenburg, apoyado por el gran capital alemán un político austriaco al que todos esperaban manejar: Adolf Hitler.

Fue en ese momento cuando Hindemburg nombró a Hitler canciller del Reich alemán. Apenas un mes más tarde, en marzo de 1933 la democracia alemana había dejado de existir. Las consecuencias las sabemos todos. La que había sido la cultura más floreciente y prolífica de Europa occidental fue sustituida por una cáscara vacía confeccionada a la medida de Adolf Hitler, un hombre que, culturalmente, apenas llegaba a lo más mediocre de su tiempo, millones de judíos fueron obligados a exiliarse o fueron deportados y asesinados. Se instaló un clima de corrupción generalizada que benefició a los jerarcas del régimen nazi, y el país, sumido en un clima de histérica represión en todos los órdenes, fue reconfigurado para lanzarse a una guerra expansionista que costó, finalmente, el colapso total del país.

Después de la guerra, en 1956, en Austria todavía quedaba un número grande de nazis acérrimos que habían conseguido pasar el coladero de la historia. En 1955 las fuerzas aliadas “desintervinieron” el Estado austriaco y, por fin, los habitantes de la nueva república se quedaron solos, tranquilamente, en su casa. Fue entonces cuando un ex alto cargo de las SS decidió, junto con otros ex nazis, fundar el FPÖ.

Desde el principio, la cosa estuvo clara. Hasta el punto de que el color corporativo de ese partido naciente fue el mismo color pardo de las camisas pardas que usaban Hitler y sus secuaces.

Durante la larga amnesia de la posguerra el FPÖ fue una fuerza marginal en la política austriaca. Esa marginalidad acabó con Kreisky, que utilizó al FPÓ de muleta parlamentaria. A principios de este siglo, Haider hizo que el Partido Popular austriaco conservase el poder. El hecho de que un partido fundado por ex nazis y que no se escondía nada en sus apoyos llegase, por primera vez desde la segunda guerra mundial, a tocar poder, causó una conmoción no solo en Austria, sino en toda Europa. El juramento de los cargos de aquel Gobierno fue un bochorno nacional.

Miles de personas se apretujaron en la Heldenplatz y el Gobierno tuvo que llegar al Hofburg por un paso subterráneo.

Luego vino el Gobierno de Strache y de Kurz, que terminó con el escándalo de Ibiza. Y hoy el FPÖ es el partido más fuerte en Austria. Las últimas encuestas le da un incomprensible, treinta y siete por ciento de intención de votos.

Como ya contaba aquí el otro día, el FPÖ ha empezado a utilizar vocabulario neonazi o directamente calcado del nazismo. Como por ejemplo la palabra Remigración. La diferencia es que años de propaganda, de deshumanización del contrario, de intentos de “apaciguamiento”, de ruptura de tabúes, han hecho que a nadie parezca irritarle, sorprenderle o indignarle.

Ese partido celebró ayer sus setenta años de existencia con una doble fiesta. La primera, en el Hofburg. En el antiguo salón de baile imperial se congregaron no solo los cargos del FPÖ que hoy tienen responsabilidades de Gobierno en varias regiones de Austria, o el propio líder del partido, Herbert Kickl, sino también políticos internacionales afines, como Weidel, la líder de AfD (Alternativa por Alemania), el depuesto Viktor Orbán o Geert Wilders, el líder de la extrema derecha holandesa.

En el curso de ese acto, como sucedía en los cincuenta, los líderes del FPÖ no se escondieron en ningún momento, ni trataron de disimular sus intenciones. De llegar al poder, el FPÖ quiere “destruir el sistema” lo cual, vista la historia, la antigua y la reciente (por ejemplo, la húngara), solo puede querer decir una cosa: destruir la democracia o vaciarla de contenido hasta que quede irreconocible.

Durante el tenso proceso de negociación que impidió en 2024- 2025 que el FPÖ llegase al poder, ya tuvimos un aperitivo de lo que el FPÖ haría con Esta República si llegase al poder. Entraría a saco en las libertades, condenaría a Austria a una catástrofe económica al discriminar abiertamente a los extranjeros y, por lo tanto, a suprimir a una parte importante de la fuerza laboral que mantiene funcionando el país; destrozaría los derechos de las minorías y de las mujeres, y se aseguraría un control de los medios de comunicación que nos condenase a décadas de oscuridad y schlagger.

Lo malo de todo esto es que se ha instalado en los ámbitos del poder austriaco un derrotismo que da como inevitable que Herbert Kickl llegue a ser, más pronto o más tarde, canciller. Y el derrotismo es lo peor que hay, porque paraliza y da como inevitables cosas que, a lo mejor, no lo son.

La segunda parte de la celebración fue pública, en la plaza de la catedral de San Esteban. La cerveza era gratis. Creo que no se puede decir más con menos.


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