Permíteme que insista

Chonismo¿Qué sucedería si en Austria, una democracia relativamente sana y relativamente respetada por la crisis económica, reinase el estado de cosas que reina en España en ciertos ámbitos? Una distopía.

13 de Octubre.- Madrid. Nueve y media de la mañana. El bloguero se toma el café mañanero delante de la televisión. Por ella, sale un grupo de personas que discuten (o sea, hablan todas a la vez y muy alto) a propósito de un crimen. Actualmente, los presuntos delincuentes, el padre y la madre de una niña de origen chino, se sientan ante el juez.

Ni la presentadora, afectando un aire serio, como de actriz de grupo de aficionados, ni los presuntos expertos, utilizando profusión de falsos cultismos („ahora que el asunto está „judicializado“ ¿Pero qué c*jones es eso?) ahorran en detalles espeluznantes a propósito de la muerte de la criatura.

Una y otra vez, regurgitan las mismas informaciones con la paciencia de una vaca que estuviera mascando la hierba de su prado. La pantalla, dividida en dos, muestra, en „loop“, las mismas imágenes mudas montadas para servir de apoyo visual a lo que dicen los que están „en plató“ (gilipollez que se ha puesto de moda, igual que lo de „en sede parlamentaria“).

Sin ningún respeto por el concepto de „presunción de inocencia“ los charcuteros del periodismo ya han condenado al padre de la niña muerta y el bloguero siente que el estómago se le revuelve cada vez más.

Este mismo procedimiento, esta misma manera de hablar de las cosas (pantalla partida, etcétera) se utiliza para informar de las idas y venidas vaginales de las de Hombres, Mujeres y Viceversa o para informar de la romería cotidiana de los testigos de los casos de corrupción que cercan al agusanado partido en el poder.

Ante este panorama, el bloguero, residente en Austria, reflexiona que, en España, más que un cambio político (que también) lo que se ha producido es una pérdida de contacto entre la realidad y la ficción (representada esta última por la que, constantemente, mana de los medios). Los mismos presentadores que, antiguamente, afirmaban decir siempre la verdad, cruzan la frontera fluida entre lo real y lo falso de manera constante, utilizando los espacios informativos o su reputación, para anunciar cosas productos.

¿Qué pasaría si…?

El bloguero apaga la tele y, todavía con el vaso en la mano, se dedica a reflexionar qué sucedería si en Austria, una democracia en principio sana y relativamente respetada por la crisis económica, reinase el mismo estado de cosas que en España.

De momento, probablemente Strache, el político ultraderechista, tendría una tribuna abierta veinticuatro horas en alguna cadena de televisión con una línea editorial puesta a su servicio (un poco como lo que pasa ahora con los periódicos gratuitos que se reparten en Viena, que son un non-stop de propaganda ultra).

Después, en este hipotético mundo, la ORF, en tanto que cadena pública llamada a velar por la formación y la información de los austriacos, estaría reducida a la insignificancia. Sus infomativos, desmantelados y reducidos a boletín oficioso del Gobierno, y Armin Wolf estaría en la ATV anunciando, con buena suerte, algún producto bancario o alguna aseguradora („Permíteme que insista“); con mala, tampones o preservativos o chicles de nicotina. Ingrid Turnher, otrora sabia moderadora de sesudos debates, presentaría un programa en el que viejas glorias del cine austriaco desnudaran sus antiguos amores o se dieran sorpresas recíprocas y Barbara Rett mandaría a tomar por retambufa sus amables tertulias con cantantes de ópera y se reciclaría en reina de las mañanas, sacándole todo el partido posible a historias de interés humano sobre personas enfermas de cáncer que buscan cura en Houston o padres que descubren tardiamente que su hijo está sanísimo pero que ellos, lamentablemente, nacieron con medio cerebro.

Se informaría constantemente de crímenes horribles (reales o no) con todo lujo de detalles truculentos. Naturalmente como, en esta, lo mismo que en otras industrias, la materia prima no es inagotable (por suerte, no hay crímenes tremebundos todos los días), se trataría de amplificar hasta el infinito los que se produjesen.

Los antiguos programas de televisión serían sustituidos por „mesas camilla“ (Encarna Sánchez, esa visionaria) en la que los antiguos políticos quedarían reducidos al triste estado de tertulianos a tanto el cuarto y mitad de opinión. En un hipotético póker de ases, Ursula Stenzel, Stefan Petzner, Maria Vassiliakou (ahora que se ha ido) y, por poner la cuota gay de progresismo, Alfons Haider, se sentarían una vez al día delante de una cámara a discutir sobre la portada del Österreich. Richard Lugner se convertiría en el referente de la tercera edad austriaca y anunciaría, entre tertulia y tertulia, pañales para adultos o préstamos al minuto.

La pregunta es ¿Qué pasa cuando uno de los pilares fundamentales de la sociedad moderna, los medios de comunicación, se convierte en un entramado enfermo que tiene perdida de vista su responsabilidad social y, por supuesto, la ética? Planteada queda.

 

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Un comentario a Permíteme que insista

  1. Ah, sí, ya me acuerdo por qué no quería yo volver a España.

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