En su época, tan oscura o casi como la nuestra, Stefan Zweig entendió que, para un intelectual, mejorar el mundo significa escribir.
7 de Septiembre.- Habíamos dejado a Stefan Zweig volviendo de Suiza y cruzando la frontera al mismo tiempo que el depuesto emperador Carlos, el cual partía al exilio porque se le había acabado el contrato que tenía para gobernar el imperio Austro-Húngaro (vamos, se le había acabado porque la empresa se había disuelto).
También contamos que Stefan Zweig se había establecido en Salzburgo. En 1920, con un mundo y una Europa que trataba de encontrarse a sí misma sin conseguirlo demasiado, Stefan Zweig se casó con una señora separada, la periodista Friederike Maria Zweig, la cual aportó al matrimonio dos hijas de un matrimonio anterior.
El Stefan Zweig de después de la guerra mundial es un intelectual comprometido que pone su pluma al servicio de intentar que el mundo sea un lugar un poco menos bárbaro. Se rebela contra el nacionalismo y contra el revanchismo y aboga, como su paisano Coudenhove-Kalergi (quien quiera conocer su fascinante historia no tiene más que pinchar aquí) por una Europa unida. Stefan Zweig, a pesar de los sinsabores de su época, que invitaban poco al optimismo -ya dije en el primer capítulo que era un escritor muy de actualidad- escribe durante este tiempo incansablemente y en todos los géneros. Poesía, teatro, narrativa. A finales de los años veinte da a las imprentas otra de sus obras cumbre: „Momentos estelares de la Humanidad“. En 1928, como todas las personas intelectualmente inquietas de su época, Stefan Zweig siente la llamada de lo que, en aquel momento, se consideraba el experimento social más importante de todos los tiempos (eso era experimentar y no Gran Hermano): la Unión Soviética. Como Tintín haría más tarde, Stefan Zweig recorre el país de los soviets, en donde sus libros habían aparecido traducidos al ruso por iniciativa de Gorki. En 1933 da otro salto mortal literario y escribe el libreto de la Ópera „La mujer silenciosa“ para Richard Strauss.
Sin embargo, como cantaba Bob Dylan (aunque quizá en otro sentido) los tiempos estaban cambiando en Europa y el mundo estaba volviéndose más feo y más chungo por momentos. En 1933, los nazis, que representaban lo contrario de lo que Stefan Zweig más amaba en el mundo, o sea, la cultura y el refinamiento intelectual, llegan al poder y, aunque en Austria el nazismo es ilegal (aunque hay muchos afiliados en secreto) la influencia del reinado del terror que se ha instalado pasada la frontera de Salzburgo se hace sentir también en Esta Pequeña República. Los nazis están decididos, ya en este periodo temprano de su siniestra historia, a desestabilizar la frágil república austriaca (la cual, por cierto, necesitaba poco para que la desestabilizasen, esa es la verdad).
Desde su retiro Salzburgués, Stefan Zweig, que era un hombre refinado pero no tenía un pelo de tonto, se dio cuenta de que lo de Hitler iba en serio y empezó a correrle un sudor frío por la espalda (vamos, es que el tito Adolfo era su vecino casi: le tenía a tiro de piedra en el Obersalzberg). Durante la corta guerra civil que marcó el auge del llamado „austrofascismo“ los muy austrofascistas de ellos (valga la rebuznancia) registraron la casa de Zweig, que era un pacifista confeso (o quizá solo la registraron por fastidiar, como suele suceder con gente de semejante calaña).
El registro, aunque solo fue superficial, afectó mucho al pobre Stefan Zweig, el cual, sin pensárselo dos veces, se cogió el tren y se marchó a Londres a vivir. Sus libros fueron prohibidos en Alemania, en donde se habían publicado desde antes de la primera guerra mundial con enorme éxito con la editorial Insel y solo podían ya imprimirse en Viena. Par la editorial Insel, por cierto, el hecho fue una catástrofe económica, porque Stefan Zweig era su autor de más éxito. En 1935 sus libros fueron quemados en Alemania y la mención de su nombre fue prohibida (por judío pero, sospechamos, porque había pocos nazis que supieran leer). En 1938, después de la anexión de Austria al Reich alemán, las versiones alemanas de los libros de Stefan Zweig se imprimieron en Suecia. A pesar de las tremendas dificultades, Stefan Zweig tenía un público fidelísimo, y permaneció como uno de los autores más leidos de su tiempo.
El exilio terminó sin embargo con su matrimonio. Fue una historia clásica. La del jefe con la secretaria. En el caso de Zweig la chica se llamaba Charlotte Altmann y, cuando se separó de su señora en 1938, Zweig se casó con Altmann. A pesar de lo cual el escritor y su primera mujer hicieron eso tan difícil que es conservar una buena amistad. Hasta la muerte del escritor hubo intercambio constante de cartas y confidencias, y no solo: también encuentros personales.
Sin embargo, la evolución del mundo y de la Historia iba poco con estas ternuras y la suerte de Stefan Zweig y de su època, parecía estar echada. Pero de eso nos enteraremos en el tercer y último capítulo de esta historia.
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