Gusto por el susto

Hombre con la nariz tapadaLos votantes de Alta Austria se han pronunciado en el sentido que se esperaba (Jesús María y José, residentes en Belén). Una reflexión sobre el tema.

27 de Septiembre.- Cuando yo era (más) joven(cito) que ahora, trabajé en una empresa muy grande y, en apariencia, muy sólida.

Esta empresa contaba con varios departamentos, uno de los cuales aquel en el que yo me esforzaba por ganarme las proverbiales habichuelas. Un día, la empresa en la que yo trabajaba se fusionó con otra que hacía más o menos lo mismo y que tenía un departamento prácticamente gemelo al mío. Estaba claro: las funciones estaban duplicadas, ergo sobraba gente.

La empresa, al objeto, naturalmente, de ejercer cierta presión psicológica sobre los trabajadores para reducir las indemnizaciones al mínimo imprescindible, dejó pasar el tiempo y, con el tiempo, se extendieron las cábalas. O sea, el clásico radio patio ¿Qué haría la empresa? ¿Nos echaría a todos a la vez? ¿Se fundirían los dos departamentos y todos seríamos felices y comeríamos perdices? (esta posibilidad no se la creía casi nadie, claro, era el wishful drinking del que yo hablaba ayer). Cuando el ambiente fue propicio y todos estábamos con las gónadas de corbatín, la empresa empezó a despedir a gente. Pero no a todos a la vez, sino que, de manera mucho más inteligente, un día, por ejemplo, sonaba un teléfono en una mesa a las cuatro de la tarde. A las cuatro y dos, otro. A las cuatro y cinco, otro. Y así, hasta diez finiquitos por tanda. Bastaba considerar el asunto friamente para darse cuenta de que la empresa no estaba considerando en ningún momento las necesidades del trabajo, sino que estaba echando a gente al azar más completo. O sea: „donde hoy está usted trabajando en su mesita y con su ordenadorcito, mañana habrá un poto (o potito)“. Y así.

Los trabajadores, presos de la misma histeria que tienen que sentir los ratoncitos blancos que se usan para los experimentos en los laboratorios cuando están encerrados en sus cubículos esperando la vivisección, tratábamos de buscarle una explicación racional a los despidos. No era raro escuchar conversaciones de esta forma:

-Pues a mí no me pueden echar, porque si me echan a mí y de mi departamento ya han echado a fulanito y a zutanito pues tú verás: esto se va a tomar por c*lo.

Naturalmente, el que así defendía su importancia de obrero imprescindible (como en La Lista de Schindler) era uno de los candidatos más firmes a que le dieran por estribor en la oleada siguiente.

Como en el caso este que comento, al desmenuzar los resultados electorales de comicios cualesquiera existe siempre la tentación de atribuirle a la masa votante una racionalidad de la que carece. Por lo menos, en tanto que masa. Naturalmente, para no tirarnos a las vías del ferrocarril suburbano más próximo, hemos de pensar (la caridad cristiana y la buena educación también lo indican) que nuestros semejantes y, al mismo tiempo, conciudadanos,meditan la dirección de su voto antes de introducirlo en la urna. Uno se imagina esas corrientes de papelitos blancos (o sepia) comportándose con la sincronía de un banco de peces que fuera de un lado para otro siguiendo un impulso interior de naturaleza desconocida (algunos dicen que movidos por la Historia).

Hoy, sin embargo, en Viena Directo no tengo más remedio que cometer la relativa falta de educación de dudar de la racionalidad de un treinta y tantos por ciento de los que, en Alta Austria, han ejercido su derecho al voto y han hecho que la ultraderecha doble el porcentaje de sufragios que obtuvo en las últimas elecciones.

Como en el caso de Cataluña, mucho más al sur, es más que probable que los austriacos que han votado a la ultraderecha hoy lo hayan hecho más con las tripas que con la cabeza; entre otras cosas porque basta considerar con un poco de frialdad las propuestas de la ultraderecha y su concepto de lo que es el mundo y de cómo funciona, para darse cuenta de que dicho concepto no podría funcionar (no podrá funcionar) nunca en la Europa del siglo XXI entre otras cosas porque es intentar taponar una manguera metiendo el dedo por la punta.

Los ciudadanos de Alta Austria, como harán los de Viena el día 11 (día, por cierto, del décimo aniversario de mi aterrizaje definitivo en Esta Pequeña República, que ya es tener mala pata, joé, para que le den a uno semejante disgusto) han votado con la esperanza (insensata, como sabemos) de que si la ultraderecha consigue imponer su concepto del mundo, ese mundo iba a retroceder en el tiempo, se iba a quedar parado ahí.

La ultraderecha, durante la campaña electoral, ha utilizado todos los medios a su alcance para mantener el debate público en el terreno de la emoción y no de la razón. No ha utilizado emociones positivas, sino que ha utilizado, como suele, la histeria dolorosa, chillona, pegajosa y fría, la presión en el pecho que provoca el miedo (en un país, sobre todo, con tanto miedo a los cambios como es Austria). Un miedo que responde totalmente a la descripción de la neurosis que hacía Freud, un austriaco que conocía bien a sus paisanos, esto es: un miedo que no tiene una causa real porque solo está en la mente del neurótico. Es el mismo miedo que provocaban los nazis hacia los judíos, dirigido esta vez contra otra minoría: los refugiados o los extranjeros en general (aunque los españoles nos contemos entre los „extranjeros buenos“ no dejamos de ser gente que habla raro y, por lo tanto, sospechosa). En cualquier caso, una minoría de lo más impotente para provocar más catástrofe que la de recordarle a los austriacos que aquí al lado hay personas que viven en unas condiciones mucho peores que las suyas y que, hoy por hoy, la única respuesta posible es arrimar el hombro.

Mañana, una vez el confetti se haya convertido en una sopa parduzca en el suelo, el dinosaurio de los refugiados, para sorpresa de los votantes del FPÖ seguirá ahí, inamovible (porque la realidad, se le tenga miedo o no, es inamovible) ¿Qué pasará entonces? Ahí va a empezar la parte divertida de todo esto.


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