De eso se encarga esta

Carlos Habsburgo-Lorena compareció ayer ante las cámaras de la tele pública y habló de lo suyo.

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LTeD 09.11.2025: Diamantes y perlas

11 de Noviembre.- El ambiente en el que uno crece deja sin duda marcas de las que uno no termina de darse cuenta. Por ejemplo, como persona nacida en una monarquía, formada con el retrato de un rey (Juan Carlos) en las comisarías y las escuelas y de otro (Felipe) en el Instituto Cervantes, lugar por el que paso con frecuencia, tengo que reconocer que hace falta un esfuerzo de imaginación para pensar cómo sería que Felipe Borbón fuera convocado al telediario de la primera cadena para responder a preguntas relacionadas, por ejemplo, con su señor padre, ese hombre que se esfuerza en destrozar la reputación de la institución que (dice) tanto contribuyó a levantar.

Y sin entrar en tantas apreturas, también me cuesta mucho pensar que Felipe Borbón o su hija, Leonor Borbón Ortiz, pudiera ser algún día pasto (sin defensa) de los dimes y diretes de cierta prensa la cual, libre de las cautelas que se imponen al hablar de un jefe de Estado y de su mujer, no se viera en la obligación de resaltar a cada paso que la reina está “deslumbrante” con un vestido absolutamente normal de El Corte Inglés o que el rey es infalible en sus opiniones (obviamente el rey es infalible porque no le conocemos, no como a su padre, que empezamos todos a conocerle demasiado bien).

Para que pasara todo lo anterior, el rey habría debido de dejar de ser rey y haberse convertido en un hombre normal, cincuentón, que fuma a escondidas y tiene los dientes hechos polvo (eso, por cierto, se ve sin que España se haya convertido en una república, toda mi solidaridad).

Hace unos días, contaba yo en este mismo espacio la historia de película de las joyas de la corona de los Habsburgo-Lorena las cuales joyas, después de haber estado en el mismo paradero desconocido que la cultura en la programación de Tele 5, han reaparecido como por arte de magia en una caja de seguridad de un banco canadiense.

Para dar explicaciones a propósito de esto, el ciudadano Carlos Habsburgo-Lorena compareció ayer ante las cámaras de la tele pública, con unos resultados, a nivel de relaciones públicas, modestos. No catastróficos, como cuando el jefe de los judíos austriacos, Oskar Deutsch, se sentó en la misma silla para hablar de la guerra de Gaza, pero tampoco para tirar “cobetes”.

A lo largo de la entrevista sucedieron varias cosas llamativas. En primer lugar, cuando Armin Wolf mencionó “la corona de diamantes de Sissi”, rápido como un relámpago Carlos Habsburgo habló de “la corona de la emperatriz Elisabeth” (al fin y al cabo, es algo pariente suya).

Después, el presentador se sorprendió un poquito de que, a pesar de que hace ya más de dos décadas que Carlos Habsburgo es el jefe de la casa de ídem, no tuviera ni repajolera idea de la existencia de las joyas que su abuela había guardado en una caja fuerte de Canadá. Un poco, con perdón, como cuando nuestro rey hizo como que no sabía nada de los trapis de su padre y de las cuentas secretas con millones de laureles (con todos los respetos, es imposible de toda imposibilidad que Don Felipe no supiera de estas cosas porque todas las familias reales, la española incluida, tienen reservas de capital en el extranjero porsiaca).

La contestación de Carlos Habsburgo a este respecto fue un poco como la de esos maridos que cuando les preguntan sobre el pollo al chilindrón que hace su mujer, dicen eso de “a mí no me digas, de esas cosas se ocupa esta”. O sea, que la abuela Zita había delegado este “secreto” en dos de sus hijos, estos dos hijos en otros dos y así, andando el siglo, el secreto había llegado a las orejas de Caros Habsburgo.

El cual, sin embargo, nada más enterarse se había puesto en marcha y había contactado a un grupo de abogados y de historiadores para que reunieran argumentos que demostrasen que las joyas, especialmente el diamantazo, no eran pertenencias del Estado austriaco sino propiedad privada de la familia Habsburgo-Lorena.

O sea, que por un lado mucha despreocupación, pero por otro, vamos a hablar con gente que entienda por si las demandas.

En último lugar, se trató de otro asunto curioso. En Austria la aristocracia se abolió en 1918. Sin embargo, el ciudadano Habsburgo es gran maestre de una cierta orden de opereta (orden de San Jorge) en cuyos estatutos se le llama con el tratamiento que tendría de ser emperador de Austria y rey de Hungría, como su abuelo. A lo que Armin Wolf no aludió -quizá por delicadeza- es que estos títulos de pacotilla de la orden famosa se venden a tanto la pieza. Y deben de ser un lucrativo negocio (no solo los títulos, sino todo el universo mágico y supersticioso que los rodea) porque hay una cierta moda entre personas del conservadurismo austriaco de hacerse con uno de estos títulos.

Habsburgo, algo divertido y haciéndose probablemente el longuis, argumentó que si hay gente por ahí que se complace en llamarle “Su Majestad”, qué puede hacer él. O sea, que es una cosa de la historia y de tal y de cual.

Armin Wolf le preguntó por último si se siente emperador de Austria y él se salió por la tangente.

-Eso no es un no, dijo Armin Wolf.

-Pero tampoco es un sí.

Qué triste es la vida del pretendiente a un trono.


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