Caballeros de San Jorge

El pretendiente al trono austriaco ha cosechado críticas de la ultraderecha por un discurso sobre la Unión Europea.

12 de enero.- La vida de los reyes destronados y sus descendientes es una larga travesía del desierto, para la cual se aconseja no perder la fe, porque nunca se sabe lo que puede suceder

La experiencia, que es la madre de la ciencia, nos dice que un rey destronado o pretendiente a un trono tiene que estar siempre calentando por si le toca saltar al campo. Al abuelo del Rey actual la cosa le salió mal, y se le fue la vida entre tirarle los tejos a las hermanas Gabor y su abundante consumo de ginebra en Estoril, pero al padre del rey actual le vino bien estar preparado (ver la historiografía al respecto). Se lo curró mucho y Franco le nombró heredero “a título de rey”. Y así estamos.

En esto mismo debe de estar pensando el hijo del último Sha de Persia, Pahleví, con el tema de las protestas en Irán. En su cabeza debe de rondar aquel viejo eslogan de la lotería. Aquello de “¿Y si cae aquí?”.

Uno que no tiene grandes esperanzas de recuperar el trono y, por lo tanto,volver a hacer recepciones en Schönbrunn como sus ancestros es Karl Habsburg, el que sería “emperaor” si la tortilla (Dios no lo quiera) se diera la vuelta.

El buen hombre es el invitado de la ORF cuando hay que hablar de cosas reales -por ejemplo, la coronación del rey Carlos de Inglaterra– o cuando salen a la luz joyones escondidos de su familia. Si no, se pasea por la vida vestido de político del ÖVP -aunque no lo sea- y hace como que es muy importante, pero solo se creen esa importancia en su propia casa, la cuota de pelotas que tienen todos los pretendientes a su alrededor y una serie de personas que, pensando que eso aumenta su valor añadido, le compran títulos de nobleza al pretendiente. Títulos que valen lo mismo que los billetes del Monopoly, naturalmente.

Uno de estos títulos de pega es ser caballero de la orden de San Jorge. Médicos de familia con pretensiones, abogados amantes de la ley y del orden, gente sin muchos estudios pero que tuvo un abuelo que hizo la mili en tiempos del emperador Paco Pepe, gente a la que le gusta el brilli brilli de las medallas, conservadores del ala extrema pero no del ala neonazi -los nazis eran ateos y, como le sucedía a los falangistas, republicanos-. En fin toda esa gente, se gasta los cuartos en comprarse un diploma que el propio Karl Habsburg “in person” entrega en unas ceremonias que huelen convenientemente a naftalina y en donde se saca en procesión a la virgen de Maria Zell.

Uno de los compradores del título de caballero de San Jorge, fue Norbert Hofer. Le recordará el lector por haber sido el candidato tróspido que casi le arrebató la presidencia a Van der Bellen (esa suerte tuvimos, de librarnos). También porque, después del escándalo de Ibiza, Hofer fue “la sonrisa del régimen” sobre todo en comparación con el rictus hemorroidal de Herbert Kickl.

Pues bien, Hofer ha devuelto su medalla. Lo mismo que otros políticos ultraderechistas del FPÖ

¿Y por qué? Pues porque Karl Habsburg le ha defraudado. Mira tú por dónde. Nuestro pretendiente a “emperaor” da todos los años una charla “sobre el futuro de Europa” (el angelico no debe de tener muchas más cosas que hacer, aparte de administrar su cuantiosa fortuna) en el curso de la cual dijo que en las filas del grupo ultra en el Parlamento Europeo no había “patriotas” sino “brutales nacionalistas” que lo que querían era destruir la Unión Europea y reducirla a un mero espacio de trabajo de Gobiernos nacionales sin instituciones propias.

Karl Habsburg nunca ha sido famoso precisamente por su sagacidad pero la verdad es que su descripción de la situación, en este caso, ha sido muy objetiva.

Los ultras, sin embargo, ofendidísimos, no lo han entendido así. Incluso Dominik Tepp (digoooo Nepp, que cabeza) el candidato ultra a la alcaldía vienesa y jefe del grupo de la extrema derecha en el Parlamento regional incluso ha achacado las declaraciones de Habsburg a las taras producidas por siglos de “incesto”. No ha inventado nada: es un tópico muy extendido en esos círculos desde hace casi un siglo. De hecho, los falangistas españoles, en los cuarenta, ya cantaban aquello de “no queremos reyes idiotas, que no sepan gobernar, lo que queremos e implantaremos: el estado sindical”.


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