
El Gobierno español sigue la estela del austriaco y del francés y planea prohibir el acceso de los menores a las redes sociales.
4 de Febrero.- En mi último artículo, hablaba de mi profesor de marketing de la universidad. Un gallego muy gracioso (no sé si dije que era gallego, lo digo ahora). Otra de sus enseñanzas fue explicarnos el caso Pan´s and Company. Lo explico, porque viene muy a cuento.
Para los españoles de mi generación, Pans and Company era una alternativa digamos que saludable (y castiza) a las hamburguesas americanas. La cadena tuvo su auge en los noventa del siglo pasado pero de pronto, inexplicablemente, comenzó a decaer, a pesar de que P&C tenía un marketing novedoso y unos locales estratégicamente situados. ¿Qué sucedía? La decadencia no se debió a que C. Tangana les echara mal de ojo (estuvo trabajando para Pans and Company, aparentemente en condiciones de semiesclavitud) sino que la cosa tuvo más que ver con que Pans and Company perdió su conexión con el público joven.
Y así, mientras los adolescentes y jóvenes se ponían como el quico en Burger King, los bocatas de pechuga de pollo del Pans languidecían, los locales desaparecían y, en general, el futuro de esta cadena de comida rápida abordaba un horizonte más complicado que la biografía del artista antes conocido como príncipe Andres de Inglaterra, hoy Andrés Moutbatten-Windsor.
Los expertos llegaron a la conclusión de que mientras Burger King favorecía por todos los medios la celebración de cumpleaños de niños en sus instalaciones (la famosa corona de cartón) a Pans and Company llegaba la chavalería cuando ya ganaba sus propias perras (aunque fuera en empleos semiesclavos). Por ello, no se creaba esa costumbre, ese vínculo emocional inconsciente que hace que muchos españoles, cuando llegan a Austria, busquen, primero de todo, puntos de venta del (asqueroso) tomate frito Orlando para poder hacer arroz a la cubana como el de sus madres y abuelas. De manera que, al final, los balances del “burriquín” engordaban, mientras que los del Pans rodaban por la pendiente de la oscuridad.
Hace unos días, el Gobierno de Austria, siguiendo la estela del de Australia y del de Francia, anunció que iba a prohibir el acceso de los jóvenes a las redes sociales. Ayer Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, anunció que iba a hacer lo propio en la piel de toro.
El hombre más rico del mundo, Elon Musk, propietario de la red social antes conocida como Twitter (bueno, y ahora, a ver quién la llama X) reaccionó con una virulencia que tiene un punto sorprendente. Llamó de todo a Pedro Sánchez, incluso “fascista” (le dijo la sartén al cazo).
Musk no es tonto. Sabe, como las Iglesias, como los aficionados a la tauromaquia que, si uno quiere que los mayores acepten según qué cosas de adultos, hay que empezar a trabajar sus mentes de críos, cuando no tienen el espíritu crítico para que les parezca raro que un padre invisible e hiperpoderoso envíe a la tierra a su hijo para que se lo maten, pero no mucho, para que luego, en contra de todas las reglas de la física y de la biología, pueda resucitar.
Claro: si eso te lo cuentan de crío, en la edad del pensamiento mágico, pues te lo crees sin problema, lo mismo que el milagro de los panes y los peces o las apariciones de Fátima. Pero ¡Ay, amigo! Vete tú a decirle a un hombre (o mujer) hecho y derecho y con pelos en el…Pecho, que un señor polaco con Parkinson, llamado Karol Wojtyla le curó un tumor cerebral a una monja después de muerto y (lógicamente) te toma por majara
Cae por su peso: a ver cómo, debe de pensar Musk, engaño yo a los jóvenes si no me los he podido trabajar de niños.
Todo esto está muy bien pero nosotros también haríamos bien en tener miedo.
Al mismo tiempo que el Pans and Company, llegó a España, a los hogares de España, internet. Y con ella el sueño de la libertad y del anonimato. Un anonimato que puede irse perfectamente a la porra con la necesidad de identificarse a la hora de entrar en, pongamos, Instagram, con todo lo que eso significa. En malas manos, un Gobierno “malo” (no hay que ir muy lejos, ver Washington hoy por hoy) podría ejercer la censura de forma eficaz, privando a la gente de medios para publicar su opinión. Por ejemplo, yo tengo amigos iraníes en Instagram y kurdos, que reivindican sus cosas cada uno (las pobres criaturas iraníes, lo que están pasando). También tengo amigos refugiados, o personas racializadas, u homosexuales, o personas con minusvalías. ¿Qué pasa si llega un bicho como Kickl (Dios no lo quiera) al poder y se encuentra con esa perita en dulce?
Dicen que el infierno está empedrado de buenas intenciones. Y este sería un caso perfecto para probarlo.

Deja una respuesta