Un enemigo del pueblo

puñoEn Europa en general y también en Austria se libra una batalla: la del populismo contra la inteligencia ¿Quién la ganará? Hoy, contamos un episodio de esa guerra.

18 de enero.- Parafraseando, que es gerundio: un fantasma recorre Europa y ese fantasma es el fantasma del populismo.

Los europeos estamos inquietos, vivimos inseguros, algunos (sobre todo en el sur) no tienen otra cosa que hacer que estar sentados en su casa, mano sobre mano, pensando (y quien dice pensando, dice buscando culpables a ese estar suyo mano sobre mano). Los europeos –la actual parálisis en la que vive España es un claro ejemplo– viven en la inquietud de temer que el sistema en el que han vivido desde el fin de la segunda guerra mundial está entrando en barrena y esa sensación de fracaso general, como ha sucedido en otros momentos de la Historia, hace que ese fracaso, como una profecía autoconclusiva, se haga presente y efectivo. El pez teleósteno que se muerde la cola, o sea.

En estas condiciones, naturalmente, surge el populismo que no es ni más ni menos que la moneda falsa de la política; o sea, decirle al personal lo que el personal quiere oír, darle un clavo ardiendo al que agarrarse, convencerle de que la solución a sus problemas estaría al alcance de la mano si tomase una medida drástica, la cual suele coincidir con adherirse a un movimiento, a los seguidores de un caudillo(s) providencial que sabe lo que hay que hacer y cómo hay que hacerlo.

Atrévete, dice el populismo, vótanos y te libraremos de tus yugos. Del Estado opresor que te roba o del político inútil que se pega una vidorra con el dinero que sale del sudor de tu frente mientras, con su pereza, hace que la situación se deteriore cada vez más. Vótanos, nosotros tenemos las soluciones, y son fáciles. Y si los otros no las ponen en práctica es que son tontos o malos (o tontos y malos, que no se sabe qué es peor).

El deterioro del sistema educativo y las pocas luces del personal, hacen el resto.

En Austria, los reyes del populismo, perfeccionados por décadas de uso, son los ultraderechistas del FPÖ.

Todos los años –alle Jahre wieder– por estas fechas, tienen los del lado salvaje de la política austriaca su reunión anual a la que es de suponer que los asistentes más avezados tomarán la precaución de llevarse un cojín, porque los discursos de Strache suelen ser largos en estas ocasiones y conviene tener algo suave sobre lo que descansar el porompompero.

Naturalmente, Strache, consciente de que es su gran momento se encarga, todos los años, de proporcionar suculentos titulares.

Está crecido, naturalmente, habla para un auditorio caliente (las malas lenguas dicen que por exceso de zumo de cebada, pero preferimos pensar que es de ardor patriótico). Un público bravucón y convencido, como en la canción de Tequila „sabe lo que quieren y está dispuesto a dárselo“. Y vaya si se lo da.

En la última el que, si nada lo remedia, Strache llamó al actual canciller, Werner Faymann (un hombre que, aceptémoslo, cada vez se parece más al guiñol de sí mismo) „enemigo público“ (Staatsfeind). También le llamó „Burgerfeind“ (o sea, enemigo del pueblo, como en aquella obra de Ibsen) y „Österreichsfeind“ (enemigo de Austria).

Y no solo lo hizo una vez, sino que, preguntado por diferentes medios (particularmente por el Österreich, ese periódico que se dirige al estrato más berroqueño de la población de Esta Pequeña (pero salada) República) se reafirmó y pintó un panorama de llanto y crujir de dientes en el que los pobres refugiados que vienen de Siria y de otros lugares igual de paradisíacos le quitarán el pan de la boca a los niños y le robarán la pensión a todas las viejas por el conocido procedimiento del tirón.

El calentón del político ultraderechista ha motivado que el presidente de EPR -por poco tiempo aún- señor Heinz Fischer, le hayaa leido la cartilla al eterno candidato y, con una desusada dureza (para lo que es él) se haya puesto en su función arbitral y haya emitido un comunicado en el que viene a decir que, en un país civilizado y pacífico, como este en el que vivimos, esos calificativos no tienen ninguna cabida. Y que modere su lenguaje, coñe ya.

En el lenguaje poligonero que se ha puesto tan de moda, „un zasca“.

Al que han reaccionado por cierto, dolidos, mas altivos y orgullosos, los ultraderechistas. No la víctima de la colleja del „Bundespresi“ por cierto, sino el que pasa por ser el cerebro de Strache, la eminencia gris en la sombra, «his mamporro man», Herbert Kickl, el cual primero ha dicho que el discurso de su amo no había sido para tanto y después ha descrito en colores muy crudos la actitud del Jefe del Estado austriaco y le ha acusado de actuar no ya como autoridad suprapartidaria, sino como un miembro del Partido Socialista y le ha reprochado, naturalmente que no haya tenido las mismas palabras de condena para los millones de euros que Austria le ha dado a los países del sur (que ya se sabe que se los gastan en Ouzo y en sangría, en vez de utilizarlos para cosas útiles) o la supuesta invasión de los pobres desgraciados que vienen de Oriente Medio con una mano detrás y otra delante.

En fin: nada nuevo bajo el sol.


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