
Hace exactamente un año, van der Bellen le engargó a Kickl que formara gobierno. Nos libramos pero ¿Cómo hubiera sido el primer año de un Gobierno ultra?
6 de Enero.- Parece que fue hace un siglo, tal es la velocidad a la que discurren los acontecimientos, pero tal día como hoy, hace exactamente un año, el Presidente Van der Bellen se reunió con el líder del partido más votado en las últimas elecciones, Herbert Kickl y le encargó la formación de Gobierno.
Acto seguido, la extrema derecha inició las negociaciones con el siguiente partido más votado, el ÖVP. Antes de hacerlo, Kickl advirtió en una comparecencia pública sobre “jueguecitos, trucos o sabotajes”. La amenaza estaba implícita.
Todos sabemos lo que sucedió después. Y habría que añadir “a Dios gracias”.
Las negociaciones entre el Partido Popular austriaco y los ultras fracasaron en buena hora y se extendió por el setenta por ciento de la población del país una sensación de alivio que, más o menos, dura hasta hoy. Había estado cerca.
El nuevo Gobierno a tres nació como un mal menor. Desde entonces, la coalición trata de imponerse como puede a una realidad económica francamente adversa.
Sin dar grandes escándalos, pero ofreciendo una fachada con la que, aceptémoslo, nadie puede ilusionarse demasiado. La inflación hace que los sueldos ya no cundan como cundían y los ahorros pierden valor en el banco, desgastados por el alza de los precios. El ÖVP intenta (bastante inutilmente) mandar mensajes a los votantes ultras intentando tocar temas tradicionalmente caros a la extrema derecha, como por ejemplo la inmigración.
La pregunta es ¿Hubiera sido 2025 muy distinto de haber llegado Kickl al poder? Es muy probable que no. O, mejor dicho: la música hubiera sido la misma, pero la letra hubiera sido muy distinta.
Solo podemos hacernos una idea de cómo hubiera sido un año de Gobierno ultraderechista observando lo que han hecho los ultras en otros países y lo que Kickl dijo proyectar durante las negociaciones que fracasaron, pero probablemente hubiera incluido un masivo deterioro de la conversación pública y, por lo tanto, de uno de los pilares de la democracia: unos medios de comunicación efectivamente independientes y libres. Los ultras habían anunciado que, de llegar al poder, entrarían a saco en el medio más importante del país, la radiotelevisión pública, que probablemente sería troceada y luego malvendida entre sus competidores (singularmente Servus TV, patrocinada por empresarios afines).
La excusa hubiera sido, al “Trumpiano” modo, que la ORF es un nido de extremistas de izquierda deseosos de sabotear las buenas intenciones de los auténticos “patriotas”.
Es muy probable también que un Gobierno Kickl se hubiera entregado a la tarea de hacer la vida imposible a los extranjeros, con restricciones a todos los habitantes de Austria sin nacionalidad austriaca, incluyendo a los ciudadanos comunitarios (las instituciones europeas habrían ofrecido resistencia, naturalmente, pero entre estate quieta y ponte bien el daño hubiera estado hecho).
Es muy probable que, en el curso de este primer año de Kickl como canciller se hubiera resucitado un proyecto que ya había surgido durante la última edición del pacto entre conservadores y ultras, esto es, que hubiera de facto dos sistemas sanitarios. Uno, con más recursos y calidad, para los austriacos (Austria first) y otro, de segunda categoría, para los extranjeros.
También es muy probable que, en este campo, el Gobierno hubiera iniciado una serie de medidas destinadas para deteriorar masivamente la sanidad pública e iniciado algo parecido a una “gestión compartida” (el déficit público hubiera sido una excusa perfecta). O sea, empresas privadas gestionando hospitales públicos. Antesala de un modelo que diera más “libertad” para elegir, naturalmente, médico privado de pago, solo al alcance de los ricos.
Bajo pretexto de que las ONGs son otros tantos nidos de peligrosos izquierdistas, un gobierno ultra a la Orbán habría terminado con todos los programas destinados a igualdad, inclusión o integración. Se hubieran prohibido, como en Hungría, cualquier mención pública de la homosexualidad y se hubiera demonizado la transexualidad, incluyendo, por ejemplo, ventas de libros o cuotas de discriminación positiva (por ejemplo, la paridad entre hombres y mujeres en las empresas o las medidas para reducir la brecha salarial). Se hubieran recortado subvenciones para programas educativos o para la realización de películas que tocasen cualquiera de estos temas. Estas dos últimas bajo el pretexto de que dichos programas pretenden “sexualizar” a los niños de la infancia.
Es muy probable que se hubieran reducido las ayudas públicas a la ciencia y que algo parecido a un antivacunas hubiera sido nombrado ministro o ministra de sanidad. Recuerde el lector que, a falta de referentes extranjeros, a la República Austriaca le cabe el dudoso honor de haber tenido una ministra de sanidad (ultraderechista) que, con todo su coño moreno (con perdón), defendió en el Parlamento la “libertad” de los fumadores para causarse un enfisema y causárselo, además, a todos los que están a su alrededor.
En política exterior, es asumible que se hubiera producido un acercamiento a Rusia y una sucesión de intentos de torpedear cualquier iniciativa comunitaria en este sentido.
Es muy probable que la falta de mejora inmediata de la economía y la resistencia que en la población hubiera provocado estas medidas hubieran conducido a un gabinete Kickl a lanzar diferentes maniobras de distracción, “a la Trump”, en forma de declaraciones más o menos cazurras de Kickl mismo o de gentes de su “entourage” que solo hubieran aumentado el ruido ambiente.
Por suerte, nos libramos. Pero la próxima vez puede que no lleguemos a librarnos. Puede suceder en cualquier momento. Este año también.
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